Utopía y progreso

16 de octubre, 2020

agustin rossi

Por Carlos Leyba

Oscar Wilde, para no dejar de sorprender a sus lectores murió profesando el catolicismo y dijo, en su ensayo “El alma del hombre bajo el socialismo”, “el progreso no es más que la realización de las utopías”.

Tiempos de catástrofes ecológicas y de pandemias, predominan las imágenes de las distopías.

Hablar de “utopías” o sueños colectivos suena carente de realismo.

¿Hemos clausurado la idea de progreso cuando las evidencias de fracasos van cercando el futuro?

Los “hombres prácticos”, al rechazar los sueños, las utopías, están renunciando al progreso colectivo. Siguiendo a Wilde, podemos saber que quien renuncia a los sueños, aún los que parecen inalcanzables, está renunciando a la marcha hacia el progreso. En economía, la proclamación del estado estacionario.

En términos corrientes esta legión de renunciantes, peligrosa cuantía de divulgadores, se agrupa en ese gran colectivo que se caracteriza por considerar los problemas de la economía y la política, bajo el filtro de control que reza “no hay alternativa”.

La oración se repite desde uno y otro lado. Sacralización del presente.

Quienes postulan, mirándonos sobre el hombro, “no hay alternativa” son quienes aceptan, consagran, justifican, que existen unas fuerzas, cuyo origen y objetivo renuncian a explicitar, que gobiernan los hechos y determinan “lo posible” que es dónde estamos, “el campo de lo posible”, no pretendan otra cosa.

De ahí en más “la política”, toda la política que determina la estructura de la economía y de la sociedad y también el ambiente (la ecología) y la salud (el enfoque escatológico de la pandemia), se convierte en una tarea de “administración”. Y en una renuncia explícita a toda tarea de transformación, porque se funda en que, “lo posible”, es sólo movernos en el margen estrecho de lo que existe. Lamentablemente lo que existe, lo que predomina, es lo que nos ha traído hasta aquí. Este lugar en que, la inmensa mayoría, bien sabemos que la continuidad, sin más, es imposible.

Nadie puede proyectar linealmente este presente como razonable: estancamiento o declinación económica y progresión acelerada de la pobreza, suman el colmo de la irracionalidad.

Aquí y ahora, en este pandemonio, por ejemplo, las relaciones de “la política” se han convertido en la tarea de administración de la grieta. No en la de transformación o superación de la misma.

Los “jefes” o los que pretenden serlo, o los que actúan como tales, verbalizan la grieta en cada gesto, en cada palabra.

Administrar la grieta, en la práctica, es alimentarla cada día, desde un lado y del otro del límite que nos divide. Tal vez cuidando que la cosa no llegue a mayores, dando cierta marcha atrás, porque no es difícil estimar el costo para cada uno del desmadre que la intensidad de la grieta promete.

Es decir no respiramos ni una gota de grandeza en los que protagonizan. Recordemos que son sus gestos los que definen la estatura de la calidad de las personas.

De la misma manera, desde un lado y desde el otro, la atroz economía que condena al sufrimiento de la pobreza y a la cancelación de proyectos de vida a la mitad de los argentinos y  a angustias inimaginables a la inmensa mayoría, no encuentra rumbo.

De un lado la sordera vocacional de los que conducen y del otro, la grita poco responsable y poco sólida, de los que disputan el torneo verbal desde la oposición.

Apunto un breve y ocasional comentario sobre el “no debate” económico predominante. Los opositores enfatizan la falta de explicitación por parte del oficialismo de un “plan”, “programa” o “rumbo” y tienen razón.

Pero, al mismo tiempo, no ofrecen ahora, no importa que no lo hayan hecho antes, nada que se parezca a un “plan”, “programa” o “rumbo”.

¿Qué sentido tiene entonces la demanda de quien no puede ofrecer lo que está reclamando?

Hay un ejemplo tan patético como cotidiano. Veamos. El oficialismo, en ausencia de alternativas, se ve obligado a financiar las transferencias sociales y el gasto destinado a la pandemia, que se suman a la estructura básica de gasto público, con emisión monetaria. Ricardo Arriazu, un economista ortodoxo, desde el primer día sostuvo que evitar la crisis social y la quiebra de las empresas, en estas condiciones, implicaba emitir. No es bueno. Pero no hacerlo sería peor.

La oposición, que convalida (cómo no hacerlo) lo inevitable de las transferencias sociales, de los gastos de la pandemia y la inviabilidad social de reducir drásticamente el gasto público, sin embargo y sin criterio, exige contener la emisión monetaria y en contrapartida no ofrece un método alternativo. ¿Lo hay?

En estas condiciones, el intercambio de discurso de los oponentes, envueltos en palabras huecas, esta empujando a nuestra historia a un permanente cul de sac”: es decir manejamos avanzando a una pared que nos retorna al problema anterior.

¿Cómo se rompe esa barrera del eterno retorno?

Romper esa barrera, aquí y ahora, puede ser la utopía necesaria para navegar hacia el progreso político.

Sin progreso en las relaciones políticas, que es la vía al consenso, es inconcebible cualquier otro progreso. ¿Es tan difícil entenderlo?

Celebremos. Hay buenas señales. El puente para traspasar ese muro de silencio, que están construyendo los monólogos crispados, es ineludiblemente la palabra. El verbo es el principio de todas las cosas. De la destrucción y de la construcción.

Las palabras de construcción son más difíciles. Las pronuncian los más generosos. Son palabras de cimientos. Que van en profundidad para sostener la construcción de las alturas. Escuchemos, al fin, una buena nueva que viene desde la Casa Rosada.

Gustavo Béliz, secretario de Asuntos Estratégicos, un hombre de confianza estrecha del Presidente, ha lanzado un puente para sobrepasar esa barrera.

Dijo: “No hay opción estratégica en un país polarizado por el odio” y agregó:Es imposible consolidar una prudencia y una sabiduría estratégica de Argentina para vincularse con el mundo exterior si no somos capaces de desarrollar una prudencia, una sabiduría estratégica entre nosotros como hermanos”. Esas palabras, pronunciadas en el CARI, y en la presencia digital de argentinos que se han ocupado de cuestiones internacionales, fueron un mensaje hacia ambas direcciones.

Hacia “afuera” señalando que hay una voz abierta a la escucha. Y hacia “adentro” llamando a una actitud civilizada.

Palabras pronunciadas por una de las cabezas más sólidas, intelectual y moralmente, de esta gestión.

Lamentablemente son pocos los funcionarios del Ejecutivo gobernante y pocas las voces de las mayorías legislativas del oficialismo, que podamos asociar a ese mensaje de Beliz, que hay que valorar. No sólo por quién lo pronuncia sino por la proximidad con el corazón del poder. Es una señal. Sin señales el extravío es más probable.

Sin embargo, que pena, en las mismas horas el ministro de Defensa, para citar a uno de los más encumbrados funcionarios, tuvo expresiones que sólo pueden ser inspiradas por una profunda vocación de explotar la grieta. Llamó a los manifestantes del 12 de octubre “cobardes y canallas”. Agustín Rossi, ministro de la Nación, llamó a los manifestantes “pusilánimes, sin valor ni espíritu para afrontar situaciones peligrosas o arriesgadas y para aclarar aún mas los llamó gente baja, ruin, personas despreciables y de malos procederes”. Es que eso dice la RAE que significa “cobarde y canalla”. Tenemos que suponer que Rossi sabe lo que quiso decir. Insultos.

El mismo ministro, el día 14 de octubre, sin arrepentirse, en “A dos voces”, dijo:Todos pensamos que hay que poner un poco de calma, parar un poco la pelota”.

¿Es compatible predicar “la calma” con el insulto liso y llano?

Las palabras no se pronuncian a sí mismas, salen de la boca de las personas. Y cuanto más encumbradas más fuertes suenan y más lejos se oyen y más profundamente hieren.

¿Y del otro lado? La incapacidad de silencio de Mauricio Macri, la insólita disposición a poner la culpa de su fracaso en la cabeza de sus colaboradores, la incapacidad manifiesta de asumir la responsabilidad indiscutible de su ineptitud para el cargo, es lo que nos colocó en la dificil situación que heredó este gobierno. Pero no es menos cierto que la gestión del PRO recibió, en terminos sociales, una pobreza de más de 30% de la población, reservas negativas de libre disponibilidad en el Banco Central, un déficit fiscal abultado, un importante atraso cambiario y una economía en recesión. No sólo no resolvió los problemas heredados sino que les agregó una colosal deuda externa exigible en el corto plazo que antes no teníamos. Todo se agravó.

No es menos cierto que esta gestión, antes de la pandemia, nada había dicho y hecho como para abrir un horizonte, por escaso que fuera, y que la pandemia terminó por estrecharlo de manera, ayer no más, inimaginable.

Rossi, en “A dos voces”, respecto a la oposición, dijo que “estuvieron gobernando hasta hace diez meses y no están gobernando hoy porque gobernaron mal y los argentinos decidieron otra opción”. Valiosa contribución. Lo mismo pasó con su gestión junto a Cristina Kirchner que perdió las elecciones justamente porque, Rossi dixit, Cristina gobernó mal. ¿Y si reconcemos eso?

El problema del presente es que muchos miembros encumbrados del oficialismo “se hablan demasiado”.

“Se hablan” porque sus discursos están dirigidos – no puede ser de otra manera sino es inentendible – a la propia tropa: denostamos, insultamos, a la oposición para fortalecer el núcleo duro de nuestros feligreses. Por eso es que “se hablan demasiado”. ¿Está bien, sirve?

El discurso de Béliz es todo lo contrario y es, al menos hasta hoy, la primera vez que lo escucho, sea del oficialismo o de la oposición.

Lo repito: “No hay opción estratégica en un país polarizado por el odio”. Propuesta: desarrollar “una sabiduría estratégica entre nosotros como hermanos”.

Beliz está diciendo con Wilde que realizar la utopía del consenso estratégico de largo plazo es abrir las puertas al progreso que nos debemos. Sólo falta convocarlo.

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