La payasada que antes era un verdadero debate presidencial

5 de octubre, 2020

trump biden

Por Jorge Riaboi  Diplomático y periodista

Tras observar noventa minutos de insultos, interrupciones, mentiras y balbuceos de los dos septuagenarios que intentan quedarse con la presidencia de Estados Unidos en las elecciones del 3 de noviembre, sólo parece útil hacer dos cosas. Explicar y complementar la síntesis que elaboró el Washington Post de la primera patoteada que protagonizaron Donald Trump y Joe Biden, mientras deseamos suerte a quienes deberán aplicar el bozal electrónico que se concibió para conducir los dos restantes debates televisivos.

Algo de esto se le ocurrió a Elaine Kamarck, Directora del Centro de Estudios sobre Gobernabilidad del Instituto Brookings. Ella anticipó que los moderadores deberían ser autorizados a cortarle el micrófono al candidato que no sepa callarse cuando habla su oponente. En su reflexión calificó de tiempo perdido la teatralización de este mecanismo democrático, que permitió desnudar la falta de talento e ideas que hoy aqueja a Washington y al resto del exmundo Occidental (esto último es agregado mío). De hecho el candidato demócrata calificó de payaso a Trump, al hartarse de su constante y compulsivo esfuerzo por embarrar la discusión.

La presente columna es una mera síntesis de los acuerdos y desacuerdos “sustantivos” evidenciados por los candidatos en el ámbito de la política económica, comercial, ambiental y climática. Por razones de brevedad, se da por supuesto que los lectores conocen las opiniones del actual jefe de la Casa Blanca, las que no difieren de sus insomnes delirios gubernamentales. Por esa razón se pondrá mayor énfasis en definir la parte medular de los enunciados que Biden trató de exponer en el debate y otros surgidos de fuente confiable.

Mientras el candidato demócrata alegó su intención de llevar el salario mínimo de los trabajadores a 15 dólares por hora, Trump se atuvo a una especie de no sabe/no contesta. Esto es llamativo, por cuanto al negociar el USMCA (el nuevo NAFTA), su Gobierno obligó a que México acepte la regla de pagar US$ 16 o más la hora en al menos el 40% del valor agregado por las plantas dedicadas a la exportación del sector automotriz que aspiren a gozar de los beneficios de la desgravación arancelaria del nuevo Acuerdo de Libre Comercio. Ambos candidatos respaldaron ese Acuerdo y las reglas sobre el Made in America (Hecho en Estados Unidos), o sea una forzada sustitución de importaciones como las que la Cepal solía recomendar en la década del ‘60 para América Latina.

Mientras Biden propuso una licencia laboral paga de doce semanas por cuestiones familiares, Trump sólo la aceptó con reservas. Ambos respaldaron la noción de no permitir el desalojo de quienes no puedan atender sus obligaciones habitacionales mientras dure la pandemia originada por el Covid-19.

Asimismo, exhibieron una posición poco clara sobre la posibilidad de extender el suplemento salarial de 600 dólares mensuales como ingreso especial de pandemia. Sin embargo, en tanto Biden no quiere recortar los beneficios originados en la seguridad social, Trump mostró indecisión.

En el ámbito fiscal el Jefe de la Casa Blanca pretende mantener la fuerte rebaja que dispuso en 2017 para desalentar la tercerización y reinstalar en territorio estadounidense la producción de sus empresas. Y si bien el candidato demócrata respaldó tal objetivo, exhibió gran inquietud por el descomunal aumento del déficit del presupuesto, el que pasó de los ya gigantescos US$ 1.000.000 millones a por lo menos US$ 3.500.000 millones (cifras calculadas con un método bastante “sarásico”).

Similares ideas se esbozaron acerca de las futuras propuestas vinculadas con la cobertura, el escalonamiento y los coeficientes de los futuros impuestos directos (a las ganancias y corporativos). En Estados Unidos las grandes fortunas se las arreglan para escapar al impacto de esos gravámenes apelando, entre otras medidas, a la localización de las casas matrices en paraísos fiscales, una tendencia que empieza a perder oxígeno.

Según un trabajo elaborado por el equipo presupuestario de Penn Wharton (PW) que distribuyó el pasado 28/9/2020 el Instituto Cato, los enfoques del Gobierno de Trump y del equipo que parece tener Biden, discrepan en cómo tratar los gravámenes a los grupos de altos ingresos. El cálculo muestra el tratamiento a ocho quintiles o categorías de percepción, los que en el nivel más bajo está en cero ingresos; el segundo en US$ 17.083; el tercero en US$ 33.568; el cuarto en US$ 74.410; luego el grupo que se ubica en el 80-90% con US$ 135.893; el quinto con 90-95% con US$ 197.982; el sexto 95-99% con US$ 252.663; el séptimo del 99% al 99,9% con US$ 710.028 y, finalmente el octavo del 0,1% a partir de US$ 3.293.826. Para esas dos últimas categorías tope, Biden propone aumentar el nivel de tributación Trump del 30,2 al 37,4% y para el último escalón del 30,6 al 43%.

Paralelamente, en tanto Trump cree que la Reserva Federal (el banco central de Estados Unidos) debe coordinar sus políticas monetarias con la política de reactivación económica del Poder Ejecutivo, Biden está a favor de no interferir con la independencia de las decisiones ni la gestión de esa entidad.

Algo similar ocurre con el Acuerdo de Asociación Transpacífica de Comercio e Inversión (TPP), ya que mientras Trump renunció a dicho compromiso apenas llegó al poder, y recientemente negoció un minitratado consuelo con Japón, Biden sugiere renegociar la vuelta plena al TPP modificando algunas partes de sus actuales disposiciones (ese acuerdo ya entró en plena vigencia y agrupa a los once países restantes donde se destacan Canadá, México, Perú, Chile, Australia, Nueva Zelandia y Japón, o sea las naciones aliadas que Washington acostumbra a exprimir “amistosa” y hegemónicamente).

Al abordar los espinosos y complejos vínculos económico-comerciales con China, Trump reivindicó los aumentos unilaterales del arancel de importación que su Gobierno impuso a esa nación asiática (los que gatillaron la actual guerra comercial que acaba de renegociarse parcialmente), sin renunciar al enfoque que acaba de ser declarado ilegal por la OMC (ver mis columnas anteriores). Biden propone revisar el estilo de las relaciones sin tocar los objetivos centrales de esa política. Ambos reflejan el consenso de una opinión pública que desea frenar de cuajo las mañas e irregularidades distorsivas de Pekín en el plano del comercio y la inversión.

En el sensible campo energético los hechos son mucho más complejos. El actual Jefe de la Casa Blanca no ve problemas con el fracking (el método de perforación inventado por Estados Unidos que hoy se aplica en Vaca Muerta), en autorizar el oleoducto Keystone y en usar tierras públicas para explotaciones de minería sucia. Tampoco acepta imputar el Cambio Climático a las actividades humanas, no obstante la relación de causalidad hallada por el mundo científico a las sequías, los huracanes y los persistentes incendios que se esparcieron en los últimos años por vastas zonas de Estados Unidos, un paquete que incluyó el retiro de Washington del Acuerdo de París.

Biden (y su volcánica compañera de fórmula) tienen una visión muy diferente. Proponen acotar o revertir todas las medidas que afectan al medio ambiente y distorsionan el clima del país, lo que incluye la reincorporación al Acuerdo sobre Cambio Climático de 2015.

Al explicar sus ideas, el candidato demócrata reiteró que, de alcanzar el gobierno, luchará a brazo partido contra la deforestación nacional y global, así como respecto de otros enfoques que generan masivas emisiones de carbono, lo que incluye el establecimiento de un fondo plurilateral de 20.000 millones de dólares destinado a financiar el replanteo de la política de Jair Bolsonaro tendiente a promover “más economía y menos selva” en la vasta región amazónica de su país. Esa formulación levantó una inmediata polvareda en Planalto y en el ámbito de las fuerzas armadas brasileñas.

El boletín extra 22 de Defesa Net (Red de Defensa) del 30/9/2020, que por lo general refleja sin maquillaje el pensamiento técnico, sustantivo y estratégico de las fuerzas armadas, titula su nota principal “Biden amenazó con significativas consecuencias económicas si Brasil no cuida su región amazónica”. El texto enfatiza el duro tono del candidato demócrata estadounidense acerca de la preservación de la región selvática de ese país advirtiendo que, ante un eventual desacuerdo, su gobierno aplicaría sanciones a la indolencia ambientalista y climática de nuestro socio del Mercosur.

La Unión Europea no se quedó atrás. Tanto el primer mandatario francés, como el nuevo Comisionado de

Comercio de la UE (audiencia parlamentaria del 2/10/2020) anunció el intento de renegociar el capítulo de desarrollo sostenible que incluye el borrador del Acuerdo de Libre Comercio birregional UE-Mercosur. Sugestivamente Trump se limitó a echar más leña al fuego al reiterar que el Acuerdo de París es un desastre.

Ante esos datos, urge un homenaje nacional a la racionalidad. El futuro de la región amazónica, integrada por ocho países soberanos de América del Sur y por una posesión francesa de ultramar (la Guayana), no permite soslayar el serio debate sobre la preservación y uso de estos patrimonios de valor común, lo que no implica deslizarnos al concepto de soberanía compartida. No parece lógico ningunear derechos existentes o dar rienda suelta al capricho. El tema debe someterse a un ejercicio de cooperación y diálogo, sin dar pie a reyertas hegemónicas. Va de suyo que preservar la región amazónica es un problema de interés nacional, regional y global, donde cada quién tiene que atenerse al juego que le corresponde y respetar la conservación y desarrollo sostenible de ese pulmón del planeta sin desatender todos los intereses legítimos, bajo la obvia perspectiva de que el equilibrio y los efectos de los sistemas ecológicos no se rigen por las demarcaciones fronterizas. El tema no admite vulgares chantadas ni perpetua inacción.

Finalmente, sólo podemos advertir que los demócratas no van a simplificar con equidad los conflictos de política comercial. Algunos de sus especialistas intentan propagar nuevos estándares plurilaterales con guiones similares a los que petrificaron el mundo bajo la “ducha mercantilista” de Trump. Washington quiere liderar aumentando las obligaciones del resto del planeta y bajar el nivel de las suyas. Quiere universalizar su receta mexicana. Me propongo reflexionar sobre el tema dentro de siete días.

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