Memorias de la pandemia

14 de octubre, 2020

covid

Por Pablo Mira (*)

La pandemia ha desperdigado un conjunto de teorías de amplio alcance sobre el futuro de la humanidad. La versión progresista plantea, con tono optimista, que lo vivido traerá como consecuencia una formidable toma de conciencia acerca del funcionamiento del sistema económico. Tras esta experiencia, se señala con ingenua esperanza, el mundo habrá comprendido que la búsqueda obsesiva del lucro es efímera, que la salud es más importante de lo que pensábamos, y que debemos pensar en clave de conservación de la vida y el medio ambiente. La economía que se corresponde con esta idea no sería demasiado dinámica, pero este objetivo se opacaría ante la prioridad por una mejor distribución del ingreso y una renovada coordinación internacional de políticas.

La visión pesimista ve, en cambio, una sociedad quebrada, carcomida por el egoísmo creciente y el “sálvense quien pueda”. La crisis económica que trajo la pandemia y las políticas de aislamiento castigarían duramente la pobreza, la justicia económica y la estabilidad política. Con un comercio exterior golpeado y cadenas de valor con disrupciones, la aprensión al intercambio crecerá y los países se volverán más cerrados.

Estas son, desde luego, caricaturas de posiciones extremas. En un terreno algo más serio, los eventos traumáticos han sido objeto de estudio por parte de los analistas para determinar sus impactos de mediano y largo plazo. Dejando a un lado los eventos exógenos al funcionamiento del sistema económico como las guerras o los desastres naturales, el acontecimiento más dramático vivido por un país desarrollado fue con pocas dudas la Gran Depresión.

Varios estudios estudiaron las consecuencias del drama de los años 30, y la evidencia sugiere una mixtura de las posiciones extremas esquematizadas anteriormente. Todos sabemos que la crisis contribuyó a alentar el sentimiento nacionalista de algunos países europeos que derivó luego en la segunda guerra mundial. Al mismo tiempo, el aprendizaje de la experiencia permitió mejorar las políticas públicas, que se volvieron notoriamente anticíclicas ante cada contracción, buscando evitar que se repitieran los errores del pasado. La creación de redes de protección social también vieron un antecedente en los desarrollos de los años ‘30. Un aspecto interesante refiere al comportamiento frente el riesgo de los individuos: tras experimentar varios años de desempleo y desesperación asociados al crack de la Bolsa, muchas familias y empresas decidieron durante varias décadas que era mejor ahorrar más en bonos y menos en acciones.

Se podría pensar que, al igual que con la gran depresión, esta pandemia remodelará ampliamente algunas actitudes políticas, económicas y sociales. Pero este podría no ser el caso.

En primer lugar, la pandemia contagia a las personas, pero no a la economía. La depresión de los ‘30 traía consigo la semilla de su propia multiplicación, pero la pandemia, una vez removida, dejará de afectar nuestra vida económica. Habrá costos de readaptación, pero éstos serán transitorios.

Segundo, salvo para teorías conspirativas demasiado sofisticadas como para ser ciertas, la pandemia no constituye un fallo del sistema en sí mismo. Se trata simplemente de un virus en el sistema, y como tal, removible con el antivirus correspondiente (que el propio sistema se está encargando de desarrollar). Esto implica que no habrán mayores justificaciones para realinear en exceso las políticas globales o nacionales, sea a favor de políticas más liberales, o bien más progresistas.

Tercero, es difícil que las familias decidan arriesgar menos en el futuro porque, en la práctica, hoy día el mundo en su conjunto no se arriesga tanto. Las tasas de interés globales están en la actualidad en niveles históricamente muy bajos, lo que sugiere que hay más fondos compitiendo por ser colocados que por ser demandados. Eso sí, el uso de estos ahorros está claramente segmentado: están los activos seguros de muy bajo rendimiento, y los activos por los que solo un puñado se arriesgan a prestar sus fondos.

Finalmente, el vaticinio de que esta pandemia hará recapacitar a las autoridades del planeta sobre los peligros ambientales, la extinción de la biodiversidad y el cambio climático no parece que vaya a confirmarse. No solo que pocos encontrarán una relación clara entre pandemia e impacto ambiental, sino que tras una crisis económica como la vivida, la necesidad política es recuperar crecimiento a toda costa, aún a cambio de empeorar la calidad del medioambiente en el mediano plazo.

Todo esto invita a pensar que Argentina no se topará al salir de la pandemia con un panorama global demasiado diferente del que enfrentaba antes de que el Covid se presentara. No se enunciarán demasiadas “lecciones” para aprender tanto en lo político como en lo económico, y sí habrá ansiedad por recuperar el terreno perdido lo antes posible.

(*) Docente e investigador de la UBA

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