La paz

30 de octubre, 2020

guzman cristina

Por Carlos Leyba

“La paz es más difícil que la guerra. Se necesitan dos para hacer una paz, y solamente uno para hacer una guerra” (Paul Valery).

En la grieta, Cristina Fernández lanza su primer documento en favor de un acuerdo: que debería ser sentarse a tramitar la paz. Veamos.

Ella sostiene que el “agobio” está asociado a lo que llama una “economía bimonetaria” cuyo tratamiento, dice, requiere de un acuerdo político, económico, social y mediático.

La inclusión de “los medios” supone que el “acuerdo”, a su vez, demanda promoción o silencio de “los medios” acerca del contenido. Algo original. Me cuesta imaginar qué solución, a lo que llama “economía bimonetaria”, requeriría acordar con los medios.

Tal vez no haya nada que entender y que esta sólo sea una declaración de más inclusión para un “acuerdo”. Un llamado a las mesas de concertación no se le niega a nadie. Pero de tanta mención se ha ido vaciando su sentido.

Este llamado, como todos hasta ahora, no contienen lo esencial. No se trata de proponer una problemática, por otra parte no bien definida, sino de ofrecer una “solucionática”. Que es lo que hay que acordar. No hay rastros.

En política, no existe la categoría del éxito. Toda “solución” genera un problema que debe ser menos gravoso, socialmente hablando, que el problema “resuelto”. La solucionática exhibe los costos.

La invitación a un acuerdo debe incluir la “problemática” y la solucionática (A.E. Calcagno).

La problemática de CFK es “la economía bimonetaria”. Pero nada hay allí para la solución. No es la única en dibujar en la arena. Es habitual. De allí la desvalorización de la idea de acuerdo.

Se lanzan convocatorias a una “mesa”, generalmente se cita al Pacto de La Moncloa, pero el “anfitrión” no se toma el trabajo de elaborar un menú.

En base a lo que él realmente dispone (el que invita) o de lo que puede disponer, lanza el convite: eso sería lo lógico.

Tal vez, para enriquecer la tenida, alguno de los concurrentes puede que aporte aquello necesario y de lo que el anfitrión no dispone: así se construye un dialogo de soluciones.

Lo que es inútil, y es lo que hasta aquí se practica, es proponer un acuerdo sin explicitación de los problemas que lo demandan y de las soluciones que se proponen.

Respecto a esta carta el primer problema es que si lo que se dice es lo que “se quiere” decir, es necesario precisar que estamos pisando terreno poco firme: la nuestra no es precisamente una “economía bimonetaria”.

Somos una economía en la que, mientras el valor de la moneda que emitimos se desvanece, otra moneda (la estratégicamente necesaria, el dólar) desaparece, sobre todo, de las arcas del que emite la moneda que se desvanece.

El dólar es la moneda que más se produce y más se demanda en el mundo. Todos los mercados ante el menor cimbronazo económico “vuelan hacia el dólar” y el 63% de las reservas de los bancos centrales se mantienen en dólares que, desde 1971, sólo tiene el respaldo del valor material de la economía americana, que es la más creíble del planeta para las sensibles tripas del dinero.

La moneda de la gigantesca economía china, tal vez mayor que la americana, apenas representa 2% de las reservas mundiales y falta un largo camino de “la ruta de la seda” para que esa condición cambie radicalmente. De paso tengámoslo en cuenta cuando pensemos las estrategias de relaciones externas y la natural tendencia que arrastramos a la dependencia.

Mientras tanto, aquí y ahora, es cierto, vivimos una tensión desestabilizante provocada por el desvanecimiento de la moneda local, medido por la inflación, por un lado. Por el otro, por la necesidad y el apetito, que no es lo mismo, por el dólar, estamos sufriendo la ampliación de la brecha entre el oficial y los dólares de los mercados “no oficiales”.

La necesidad del dólar está configurada por la enorme dependencia de la estructura económica argentina de los insumos importados para que la economía funcione.

Cada 1% de crecimiento de la economía nacional genera un crecimiento del 3% de las importaciones.

La Industria Manufacturera de Transformación, medida por el consumo aparente, está conformada con 60% de importaciones.

El resultado es que ese sector creador de trabajo y trama social estabilizadora tiene un déficit comercial externo, en un año de funcionamiento normal, de US$ 30.000 millones y las exportaciones, que son la única moneda racional de pago, están estancadas desde 2011. La cuestión pasa por ahí.

No somos e productores de bienes transables e insensiblemente la estructura de trabajo de la población ha conformado que 80% de la ocupación real se realiza en el sector servicios que, dada la estructura de nuestra producción, se convierte en un demandante neto de importaciones.

La “demanda” real de dólares esta asociada al crecimiento y como no crecemos facturando dólares, la necesidad va teniendo cara de hereje. Así crecer es un problema.

Pero además como la participación del capital extranjero es abrumadoramente mayoritaria, respecto del capital nacional, las utilidades, los precios de transferencia, la lógica opción por lo propio, hacen del normal funcionamiento del sistema un demandante neto de dólares.

El apetito, que no es distinto en el resto del mundo, se agiganta aquí porque gran parte de la demanda de dólares procede de dinero negro, puede que sea el narco y los negocios ilegales, pero mucho es de la evasión que es la madre de los continuados blanqueos.

Como vemos “la cuestión del dólar” es una cuestión estructural que la mejor macroeconomía no puede modificar.

La escasez de producción de transables, genera la escasez de dólares, la que agranda el apetito de los locales que ahorran genuinamente y de los que además ahorran evadiendo.

Dos fenómenos lógicos en un país que, por falta de políticas e instrumentos, deslocalizó el excedente, y lleva 45 años estancado (0,2% anual promedio de crecimiento del PIB per capita) generando un crecimiento del 7% anual en el número de personas pobres en ese mismo tiempo. Estancamiento y pobreza no construyen confianza en el futuro. El estancamiento y el crecimiento de los problemas sociales sólo los puede revertir la producción creciente (trabajo productivo).

El dólar, si bien la nuestra no es una economía bimonetaria, en la vida cotidiana, desde el Rodrigazo (1975) es la unidad de cuenta y el medio de pago para inmuebles, campos y casas y departamentos.

Hasta entonces y con una inflación promedio de 30 años (1945/1974) de 26%, esas operaciones inmobiliarias se pactaban en pesos y se cancelaban en pesos y con plazos, para los departamentos y los campos. Esa era la normalidad.

El Rodrigazo, que sucedió a 9 meses de inacción de política económica de Alfredo Gómez Morales, que consideraba que todo ajuste cambiario era derogar la soberanía nacional, produjo una gigantesca devaluación y brutales cambio de precios relativos.

La inflación promedio de 1975 hasta 1985 fue de 315% anual.

Pero el Rodrigazo fue, esencialmente, un cambio de paradigma del pensamiento económico. Fue continuado y profundizado por la Dictadura y, en lo esencial, ha regido hasta nuestros días.

El paradigma que cambió fue el de un país de productores, orientado primero por la economía agroexportadora y desde la crisis del 30 y la Segunda Guerra por la industrialización sustitutiva de importaciones. En este último período la deuda externa no cumplió ningún papel fundamental.

El apetito por los dólares: Carlos Brignone, presidente del BCRA, en 1972, informó que existían depósitos de argentinos en el exterior por US$ 2.000 millones, es decir, menos de la mitad del total de la deuda pública externa de ese año. La comparación es pertinente: con una deuda pública externa de US$ 200.000 millones en 2018, la posición en el exterior de residentes argentinos es el doble de la deuda externa. De la mitad al doble.

La deuda pública externa de los 30 años de “industrialización” alcanzó su máximo nivel en 1974 con US$ 3.800 millones (básicamente con organismos multilaterales) y durante los primeros nueve meses de la gestión iniciada en junio de 1973, con la crisis del petróleo en diciembre de ese año, el “paralelo” estuvo por debajo del dólar oficial.

Con la Dictadura comienza el proceso de endeudamiento externo público con el sector privado, lo que generó la “economía para la deuda externa”, que se perfila a partir del “Rodrigazo” y se perfecciona con la “apertura” de la Dictadura que renuncia a los objetivos e instrumentos de una política económica de producción y empleo. El resultado es una estructura de economía deficitaria económica y socialmente que tendrá como soporte, entre crisis y crisis, la deuda externa.

La “bimonetariedad” de la que habla CFK, el apetito por el dólar, se materializa cotidianamente en que los precios de los inmuebles (casas y campos) se expresan en dólares y las operaciones de compra venta se cancelan en billete dólar lo que es así desde el “Rodrigazo”.

Antes de ese cambio paradigmático (1975), como hemos dicho, en las calles de Buenos Aires los Bancos privados ofrecían departamentos a pagar en pesos a 10 o 15 años. Los campos, en todo el país, a pagar a plazos y en pesos.

La cuestión del apetito y la necesidad de dólares sólo se resuelve con un replanteo de la estructura productiva que exige acuerdos sobre objetivos e instrumentos. Para eso es imprescindible el diálogo y la amistad política sincera. La paz en serio.

¿Por qué es necesaria la paz? “La paz es, acaso, el estado de cosas en que la hostilidad natural de los hombres se manifiesta por creaciones, en lugar de traducirse por destrucciones como ocurre en la guerra” (Paul Valery).

Nuestro país tiene un enorme potencial de recursos. Ha sido territorio de enormes frustraciones. País con recursos y sin ideas, ni proyectos de realización.

Tanto enfrentamiento nos ha vaciado la voluntad creativa.

Tal vez este estado tan sombrío madure el diálogo del acuerdo para resolver los problemas estructurales y no los síntomas. ¿Hay dos para la paz?

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