“Hay que”

23 de octubre, 2020

pesos

Por Carlos Leyba

Hay problemas “no económicos” que minan la confianza en la capacidad del Gobierno.

Confianza que cada día es más delgada y a la que el gobierno no le presta atención. Nadie imagina que abogue por la desconfianza. Sin embargo, algunos de sus miembros cada día demuelen parte de los cimientos que la soportan.

Lo económico es un taladro que perfora lo que esta gestión ha podido acumular de confianza con el triunfo y con la inicial gestión de la pandemia. No la confianza de todos, pero sí la de los que más decisiones de impacto toman.

El taladro económico remonta a muchos años atrás, pero, en los días que corren, la perforación ha alcanzado mayor intensidad lo que se traduce en la magnitud de la brecha entre la cotización del dólar oficial y los mercados liberados. Niveles de menor confianza en la capacidad de solventar los pagos externos.

Detrás está la fuga del excedente económico, un mal que se remonta a muchos años y que ha castigado por igual al futuro, los años de Cristina Kirchner y los de Mauricio Macri.

El castigo al futuro es la materia prima de la desconfianza.

Hoy, el hecho nuevo, es lo “no económico” como agente que erosiona confianza. Problemas que no se resuelven por decisiones de esa cartera.

Todos los problemas tienen su costado económico.

Pero el abordaje de estos problemas se dispara desde otros ámbitos a pesar que detrás de ellos (es probable) se amontonen cuestiones sociales que arrastran la necesidad de decisiones económicas. Veamos.

Es sorprendente que el Presidente no reacciones en pos de custodiar la “confianza” ante rupturas sencillas de reparar, algunas de ellas alentadas por aliados del Gobierno.

Toma de terrenos suburbanos (¿participación de organizaciones sociales próximas al gobierno?) o la reivindicación de tierras, en el paraíso sureño, por autopercibidos pueblos originarios apoyados por organismos públicos; o la ocupación del campo y la casa de una sociedad, en la que es accionista el exministro Lui Miguel Etchevehere, convocada por una organización próxima a la vicepresidente de la Nación.

“Rupturas civiles” que minan la confianza en la capacidad del Estado para garantizar el ejercicio de unos derechos (los de los actuales propietarios y ocupantes) y en garantizar, a la vez, el trámite judicial pacífico sea de las reivindicaciones de los pretendientes de usucapión o de los que alegan ser verdaderos propietarios, mapuches o Dolores Etchevehere.

Las tres cuestiones forman parte de una trama de renuncia de la autoridad ante la “acción directa” en la que debemos incluir la pretendida “justicia por propia mano”. En los últimos días un asesinato a puro golpe, por parte de una multitud, a un sospecho de una violación de una menor. La ausencia policial, la morosidad de la justicia, el muro de silencio ante el reclamo de los más débiles y la ligereza en el trato de los poderosos, expresan el desleído de la confianza pública.

Un mal que expresa el desamor a lo que es común y establecido como regla. Dice Gabriel García Márquez que “el amor se aprende”. La pérdida de la confianza es el aprendizaje del desamor a lo común.

¿Cómo volver a enamorarnos del bien común? Esa pedagogía se forma de los actos de gobierno.

Fernández acusa morosidad en decisiones restauradoras de la confianza y que no implican decisiones económicas.

Las económicas son muy difíciles sino imposibles si el Gobierno no restaura la normalidad de las reglas. No se puede permitir la justicia por mano propia, las reivindicaciones por mano propia, por justas que fueren. Muchas veces son consecuencia del desamparo de un Estado que no acompaña y que no da señales de real escucha.

Estas decisiones y gestos referidos a problemas no económicos, que están minando la confianza, son políticos y no requieren de otros recursos que la decisión política.

Esa restauración política implicará reordenamiento de la coalición que gobierna, encenderá bulla y lo más probable (si eso ocurre) es que la administración recupere la lógica de las prioridades que responde a las necesidades y a lo que la opinión pública viene señalando: empleo, pobreza, seguridad.

Es la construcción de un piso de acumulación que las sostenga, hija de la confianza que es la negación de la fuga y, no olvidarlo, de la zanahoria creíble.

El gobierno está muy lejos de haber encontrado el camino a la la confianza. Es una cuenta pendiente y se acaba el tiempo de oblarla.

¿Los opositores o críticos, en lo económico, han propuesto ese camino? ¿Refieren a algún camino previo exitoso que hayan transitado? Definitivamente no. El pasado no los prestigia.

Toda oferta sólida debe ser considerada: de proposiciones se forman los caminos.

En el escenario de los críticos la frase “hay que” es hoy la más repetida como respuesta, en los medios de comunicación, al interrogatorio que se le realiza a los más famosos colegas economistas y a dirigentes políticos y sociales.

Que estamos muy mal no hay duda. Y que podemos estar aún peor, tampoco.

Por eso la pregunta y la generación de propuestas acerca de aquello que deberíamos hacer para salir de esta situación, es la actividad prioritaria de la Nación y a ella deberían estar abocados todos los ámbitos de reflexión. La crítica independiente, la oposición, lo que no es oficialismo, tampoco ofrece respuestas transitables, productivas para salir de la encerrona económica.

Pero, ¿el Gobierno convoca al aporte de ideas vinieran de dónde vinieran? ¿Acaso las provee?

Los hechos son la caída en picada de todo lo que debe subir y la suba encendida de todo lo que debe bajar. No son las acciones que esta administración ha generado, cualquiera sea la razón, las que han cambiado la dirección.

Lo que estamos haciendo, no de ahora sino desde hace muchos años, no nos está dando resultados. El PIB por habitante de 2020, medida de productividad y posibilidades de bienestar, será igual al de 1974. Desde entonces hasta hoy, el número de personas pobres se multiplicó por 20. Estancamiento exitoso en la fabricación de pobres y en la aplicación de pinzas Burdizzo al futuro.

Hemos estado sometidos a décadas de una obstinación terapéutica que, siguiendo al concepto médico, es la aplicación de métodos desproporcionados que, por el previo deterioro del paciente, no suministran beneficio alguno y prolongan, en este caso no la agonía, sino la repetición del tratamiento sine die.

Los “milagros” económicos, desde 1975 a la fecha, han sido, sin excepción, las bonanzas de consumo ( el Deme 2) que alentó la salvaje obstinación terapéutica del endeudamiento externo.

La política económica de la deuda externa con anclaje cambiario seguida de aliento al consumo de productos importados o con alto contenido importado, ha sido el colmo del populismo. Cada uno de esos períodos de endeudamiento y atraso cambiario, produjo la desaparición acumulada de actividades productivas garantizando así el crecimiento del déficit estructural del comercio exterior, la fuga del excedente y la maduración del default.

La historia de la deuda externa, comenzada en la Dictadura, es la historia del verdadero populismo argentino: políticas irresponsables que generan un período de bienestar transitorio seguido de una catástrofe cuando la deuda se torna impagable.

Las voces críticas, muchas veces por haber participado, reivindican las políticas del endeudamiento. A los economistas de estas concepciones me refiero con la expresión “hay que”.

Interrogados por los medios afirman “hay que”.

Abren una lista de deseos. Esto es lo primero a tener en claro. Se trata de “deseos”. Los “deseos” no son propuestas, consejos y ni siquiera recomendaciones, sólo “aspiraciones”. En los medios habitualmente se solazan y apoyan con mirada de profunda atención o silencios considerados al “hay que”.

¿Cuáles son esos “deseos”? Entre los más habituales y referidos a la economía, están “hay que reducir el déficit fiscal”, “hay que reducir la emisión monetaria”, “hay que aumentar las exportaciones”, “diseñar e implementar una política macroeconómica coherente y consistente”.

Esos deseos de “hay que” se pronuncian con gesto de solvencia y sabiduría, con el que se pretende responder a la pregunta que a todos nos moviliza: “¿frente a esta situación, cuyas consecuencias son inflación, pobreza, recesión, desempleo, qué hay que hacer, que nos recomienda, que nos aconseja?”

La traducción de la respuesta que ya listamos es, palabras más palabras menos, el equivalente a “hay que terminar con la inflación, la pobreza, en recesión, en desempleo”.

Nunca la repregunta obvia: “dígame, ¿cómo, qué haría concretamente?”. Estamos consagrando la circularidad propia de las preguntas que se responden con lo que no son más que preguntas disfrazadas de deseos.

Se disparan inventarios de deseos, objetivos, condiciones, todas o la mayoría, indispensables para conformar un escenario sobre el cual pueda interpretarse la gran obra del progreso.

Pero, ¿cómo se construyen esos escenarios previos a cualquier modificación de las condiciones de malestar que nos envilecen la vida cotidiana?

Los economistas y políticos del oficialismo describen, enumeran, listan lo que hicieron y los pesos asignados a cada una de esas realizaciones.

Las cifras son monumentales. Los resultados, difíciles de verificar, en general no son satisfactorios: el número de personas bajo la línea de pobreza sube, el valor monetario de la canasta también lo hace y mucho, mes a mes; los ingresos populares van por detrás y las oportunidades de trabajo declinan; y hasta se puede hilar un cierto éxodo del capital físico porque las cortinas del comercio y de la industria bajan más que suben. Ni mejora social, ni mejora económica, ni perspectivas.

La actual situación es inédita aunque no única. Muchos países han generado situaciones similares.

No es disculpa para que los críticos del presente, que critican con razón, no superen el período infantil del “hay que” y que de una buena vez propongan, por ejemplo, cómo terminamos con el déficit fiscal y la emisión monetaria, sin que el remedio sea peor que la enfermedad. No digan “hay que”, digan cómo. Eso contribuiría a la confianza.

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