El día que estalló la realidad política de Estados Unidos

5 de octubre, 2020

donald trump

Por Atilio Molteni  Embajador

El boletín Market Watch del último sábado destaca que un distinguido profesor de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Brown, el doctor Ashish Jha, sugirió que la Casa Blanca delegue en especialistas de la medicina, ajenos al staff del Presidente Donald Trump, el proceso de transparente comunicación de su estado de salud.

No sólo el test de rutina que se le practicó para detectar el Covid-19 dio positivo, sino también igual resultado surgió de los que se efectuaron a su esposa y a por lo menos ocho funcionarios cercanos a su actividad, entre ellos algunos legisladores republicanos.

Ese y otros enfoques no responden a la malevolencia popular. Obedecen a la importancia política de su salud, a su condición de persona de riesgo tanto por su franja etaria como por su notoria obesidad, insumos que se agregan a la baja confiabilidad que suele adjudicarse a las declaraciones y diagnósticos oficiales que emergen de su gobierno.

Cuando el viernes 2 de octubre Trump informó que él y su esposa se habían contagiado el coronavirus, lo que es un desarrollo dramático después de meses de no respetar las medidas preventivas aconsejadas por el propio Gobierno, la gente y los observadores vieron ante sus ojos un período de incertidumbre. Según evolucione la enfermedad, ésta puede afectar su campaña electoral por más de dos semanas, en las que el Presidente no podrá viajar ni participar en reuniones públicas ante su público simpatizante de ciudadanos de tez blanca y bajos ingresos, que carecen de estudios universitarios.

Esta novedad se agrega al caos registrado el pasado 29 de septiembre, cuando se grabó en la memoria del planeta como el día en que los dos candidatos que disputan la presidencia de Estados Unidos exhibieron, en un insólito debate televisivo, los escasos talentos reales y las pocas ideas que emergieron en el primer debate preelectoral de los líderes que pugnan por sentarse el 20 de enero en el sillón de Primer Mandatario. El espectáculo fue tan anárquico, que veinticuatro horas después la comisión bipartidaria que organizó esas contiendas optó por modificar el formato de las dos futuros debates que se harán en los próximos días.

El permanente e infantil asedio del presidente Trump a su oponent, dejó por el suelo el prestigio de ese foro de la democracia, al transformar en una sesión inmanejable, virulenta y muchas veces incoherente que desbordó los intentos del experimentado moderador, Chris Wallace, de controlar su desarrollo. El ejercicio preveía seis segmentos temáticos y 90 minutos de duración que, en lugar de interesar, agraviaron la lógica del espectador normal.

Trump no respetó las normas convenidas. Éstas determinaban que cada participante era dueño de la palabra por dos minutos para contestar a las preguntas formuladas por el moderador, a fin de que luego se pudiese alternar el mismo formato con su oponente. A pesar de todo, el ex vicepresidente Joe Biden tuvo algunas posibilidades de expresar ciertos puntos de vista.

Al final del día los analistas dictaminaron que el debate careció de entidad para modificar el resultado de la elección. Sólo permitió ver que los candidatos tenían opiniones muy divergentes sobre las crisis que afectan a Estados Unidos, como la pandemia, la actividad económica y la desigualdad racial.

Trump mantuvo la escena en permanente tensión, utilizando una y otra vez el ataque personal y familiar a su contrincante. A pesar de ello, Biden procuró ningunearlo con racionalidad, hasta el momento en que reaccionó con equivalente agresividad, pidiendo que se callara y al calificar su gobierno la peor gestión de la historia de Estados Unidos. El exvicepresidente debe haber extrañado sus largos años en el Senado, donde rigen normas parlamentarias estrictas y los legisladores tienden a convivir educadamente con las reglas de juego.

El candidato demócrata también optó por mirar a las cámaras en vez de a su contrincante y dirigirse a los electores. Esos esfuerzos le valieron puntos para disipar las dudas acerca de su capacidad de lucha y efectividad personal, ya que no pocos observadores tendían a considerarlo muy anciano y muy gastado para asumir la primera magistratura.

El debate minimizó la importancia real de los aspectos vinculados con la seguridad y la política exterior. Los únicos dos asuntos que escaparon a esa frivolidad fueron el diálogo sobre la pandemia generada por el Covid-19 y la relación bilateral de Estados Unidos con China.

Trump reiteró que la responsabilidad de la pandemia surge del “virus chino”, al responder al moderador sobre el alcance de su gestión frente a la presente debacle sanitaria. También reiteró que, a corto plazo, estará disponible una vacuna y Estados Unidos podrá volver a la normalidad pues, según él, la terminación de la pandemia está a la vista.

La reacción de Biden fue apelar a la sensatez. Cuestionó la falta de liderazgo del primer mandatario, quien nunca dio real prioridad a la cuarentena ni a la peligrosidad del virus, con la supuesta finalidad de no afectar el desarrollo de la economía ni sus posibilidades de ser reelecto. Las revelaciones del influyente periodista Bob Woodward demuestran que el 7 de febrero el Jefe de la Casa Blanca ya conocía la peligrosidad de la pandemia que hasta el momento ocasionó 207.000 muertos en suelo estadounidense, el número más elevado del planeta. Debido a ello, el desbarajuste sanitario devino en un tema central de la movilización política del Partido Demócrata.

El debate se concretó a cinco semanas de las elecciones presidenciales del 3 de noviembre, fecha en que las encuestas nacionales seguían favoreciendo por más de siete puntos a Biden (50,5%) sobre Trump (42,9%), aunque la diferencia a su favor se reduce a la mitad en algunos de los Estados que donde el voto oscila pendularmente entre republicanos y demócratas. La excepción estaría dada por Texas, Iowa y Georgia, en los que Trump aún estaría en condiciones de prevalecer, sin que entonces se supiera cómo habría de reaccionar el público ante la enfermedad de la pareja presidencial. Lo que pase tales regiones es muy importante para condicionar la decisión del Colegio Electoral.

Paralelamente, el voto latino en algunos Estados cruciales (como Arizona y Florida) que originalmente se proyectó como atomizado, estaría ahora favoreciendo a Biden, quien también puede salir más fortalecido por el voto mayoritario de las mujeres. El otro elemento crucial, es la pelea a brazo partido de ambas fuerzas políticas por quedarse con la mayoría en el Senado, en un ciclo en el que los Demócratas controlan sin dificultad la Cámara de Representantes.

La otra disputa de fondo es la vacante que acaba de registrarse en la Corte Suprema tras el fallecimiento, el 18 de septiembre, de la singular jueza Ruth Bader Ginsburg. Esa magistrada fue una pieza clave en la defensa de los derechos de género y de la lucha por una nación más justa e igualitaria. El Jefe de la Casa Blanca, con el respaldo de un grupo crítico de senadores republicanos, propuso su inmediato reemplazo por una jueza de perfil antagónico como Amy Coney Barrett, a quien desea ver confirmada a menos de un mes de las elecciones en una movida que no tiene precedentes e implica una visión tóxica de la majestad de gobierno.

La Corte estadounidense está compuesta por nueve miembros, seis de ellos propuestos por presidentes republicanos (tres por Trump), por lo que la eventual designación de la doctora Barrett consolidaría al sector conservador y mayoritario que, en general, ha sido hostil a las ideas progresistas en lo social y económico y a las propuestas del Poder Legislativo que no reflejan ortodoxamente la letra de la Constitución.

Por ello, su nombramiento adquiere especial importancia para asegurar la mayoría conservadora de la Corte en el caso de que se deban resolver problemas relacionados con las próximas votaciones, asunto que pueden incluir el voto por correo en algunos Estados, muy objetado por el actual Presidente a pesar de que es una práctica bastante tradicional.

Biden se expresó en contra de Barrett por entender que, debido al corto plazo que media hasta la elección presidencial, un juez del Tribunal Supremo debería quedar entre las atribuciones del Presidente que surja de las próximas elecciones.

Cuando se le preguntó a Trump acerca de la integridad del sistema de votación, se negó a aceptar una transición pacífica en caso de que pierda las elecciones, por considerar que el sistema de votación por correo, auspiciado por los demócratas, hace posible el fraude. Tal comentario se puede interpretar como una auto-asignación de poder de arbitraje sobre el resultado de la votación, lo que supone un insulto al moderno régimen político del país.

El Jefe de la Casa Blanca llegó a sugerir que sus partidarios deberían controlar los lugares de votación para evitar abusos. Al mismo tiempo acusó a Biden de haber adoptado el programa del senador Bernie Sanders, quien representa la diezmada ala izquierdista del Partido Demócrata (no pasó de las primarias). Biden dejó claro, sin mucho esfuerzo, que el ganó las primarias y ahora es quien representa, sin vacilaciones, a esa agrupación política.

En la parte de las deliberaciones que se destinó a los muy sensibles vínculos raciales y la violencia, el coordinador Wallace le preguntó a Trump si estaba dispuesto a condenar a los grupos supremacistas blancos, tema sobre el que el mandatario no quiso pronunciarse.

A renglón seguido, cuando Biden mencionó a un grupo violento de extrema derecha llamado “Proud Boys”, el Presidente se dirigió directamente a ellos al decir “Proud Boys retroceded y quedaos a la espera”, para luego subrayar que alguien debía hacer algo respecto a Antifa (movimiento antifascista) y la izquierda, a quien asignó la verdadera responsabilidad de la fuerte violencia que hoy impera en los Estados Unidos.

Los antedichos comentarios resultaron tan extremos, que sus propios legisladores evaluaron, contrariados, que ese desliz de lengua podía dañar la suerte del Partido Republicano en las elecciones. A esa altura, los televidentes no podían creer lo que estaban viendo.

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