Hay que ordenar el Estado para que nuestras crisis cambiarias queden en el olvido

15 de octubre, 2020

exportaciones

Por Jorge Colina (*)

La fuerte presión sobre el dólar no cede. En el mercado cambiario oficial se manifiesta por la pérdida de reservas del Banco Central y en el mercado paralelo por una brecha del 100% con el dólar oficial. Las autoridades económicas abordan el problema con medidas coherentes. Por un lado, se permite un deslizamiento del dólar oficial para aflojar en algo la presión y, a su vez, se redujeron los impuestos a las exportaciones para incentivar la liquidación de divisas.

Los analistas señalan que estas medidas no son suficientes y sugieren que posiblemente el desdoblamiento cambiario ayude a aliviar la presión. El desdoblamiento no es una idea novedosa. Es lo que había en Argentina en las décadas de los ‘70 y los ‘80 cuando las casas de cambio tenían sus pizarras donde exponían el valor del dólar oficial y el paralelo. Los ahorristas en lugar de ir al “arbolito” y las empresas a las “cuevas” hacían las transacciones de dólares de manera legal y transparente en las casas de cambio.

De todas formas, aun el desdoblamiento no es la solución de fondo. En el corto plazo la presión cede, pero la inestabilidad cambiaria vuelve en la medida que la emisión monetaria continúe con la magnitud que está ocurriendo. Pero daría tiempo para pensar alternativas de control de la expansión nominal del gasto público, que es lo que está en la raíz de la emisión. No hace falta una caída del gasto público sino una senda de reducción de la tasa a la crece al gasto público.

Aquí vienen los desafíos estructurales. Hay que hacer un ordenamiento del Estado para que con una presión tributaria razonable pueda sostenerse el gasto público sin déficit. Este ordenamiento implica ordenar el sistema previsional, no para bajar las jubilaciones actuales, sino para eliminar inequidades como los regímenes especiales y la doble cobertura que se multiplica con la posibilidad de acumular jubilación por vejez con pensión por sobrevivencia. Un ordenamiento impositivo para simplificar el sistema tributario y recaudar más con menos presión tributaria. Una revisión de la coparticipación para tender hacia un esquema en donde lo que se distribuye son potestades tributarias entre la Nación y las provincias, en lugar de concentrar recaudación a nivel nacional para luego repartirla entre las jurisdicciones con reglas muy intrincadas.

El cuarto ordenamiento –del que nadie habla, pero es igual de importante– es el ordenamiento funcional del Estado. Se trata de eliminar los solapamientos que se producen en la Administración Pública nacional y provincial. El Estado nacional preserva estructuras burocráticas, como ministerios, reparticiones y programas en funciones que no son de su competencia, y que se superponen con funciones provinciales. Estas son las áreas nacionales de seguridad, salud, educación, vivienda, urbanismo, medio-ambiente, desarrollo social, las cuales son funciones de las provincias. La duplicación de estructuras burocráticas de la Nación con las provincias genera un doble daño.

En primer lugar, duplica gasto público que deriva en la duplicación de impuestos: la Nación cobra IVA y las provincias Ingresos Brutos, sobre un mismo hecho imponible (ventas), justificados en que hay que atender la seguridad, la salud, la educación, la asistencia social, etcétera. O sea dos jurisdicciones cobrando dos veces impuestos para hacer lo mismo.

En segundo lugar, diluye responsabilidades porque cuando la seguridad, la salud, la educación, la asistencia social terminan funcionando mal, los ciudadanos pierden de vista quién tiene la responsabilidad. Por esto, el Estado da malos servicios. El ordenamiento funcional es bajar la presión impositiva mejorando la calidad de los servicios del Estado.

Con un Estado equilibrado, una presión impositiva razonable y servicios públicos que funcionen con calidad, la competitividad sistémica de la economía aumenta. Esta es la base para que el sector productivo pueda multiplicar las exportaciones. Con más exportaciones se produce un círculo virtuoso. Más exportaciones permiten más importaciones, lo que posibilita expandir la producción, para seguir exportando más.

De esta forma, Argentina podría generar dólares genuinos que le harían olvidar las crisis cambiarias. Este es el camino que emprendieron Chile y Uruguay. Chile exporta U$S 3.700 y Uruguay U$S 2.600 por persona, mientras que Argentina apenas U$S 1.500 por persona.

Las medidas cambiarias son la aspirina. El remedio son las exportaciones.

(*) Idesa

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