¿Qué quiso transmitir Cristina a seguidores, aliados y adversarios?

30 de octubre, 2020

¿Qué quiso transmitir Cristina a seguidores, aliados y adversarios?

Por Oscar Muiño

Hay mensajes para todos. La reciente carta de Cristina Fernández es multipropósito. Escribe a sus seguidores, al presidente, a sus aliados, a los gobernadores, a la oposición, a los radicales, a Macri, a los empresarios, a los medios. A los que la aman y a quienes la detestan.

A los destinatarios personales, hay que agregar la intencionalidad temporal. Abre un camino para el futuro y anhela influir en el juicio histórico sobre ella misma.

Ayer, hoy y mañana

Militante siempre y jefa de facción, CFK le habla a sus seguidores con la convicción habitual, remarcando las bondades de los doce años de gobierno K. Resalta la administración 2003-2015. Aquí no hay novedades: insiste que el kirchnerismo reconstruyó el Estado y rescató al pueblo del derrumbe del 2001. Omite el rol de Duhalde-Alfonsín, el ajuste de Jorge Remes Lenicov, y los fantásticos (e inigualados) precios de la soja argentina en aquellos días. El propósito transparente, marcar la necesidad que atribuye a la aparición y consolidación del proyecto K.

A los peronistas no-K y anti-K trata de convencerlos que erraron. La oposición a su Gobierno se originó por las medidas contra los factores de poder económico y no por el estilo presidencial (el suyo, claro). En otras palabras, que ellos estaban equivocados en rastrear en los modales y las formas el origen de la resistencia de algunos sectores sociales a la gestión 2007-2015. Fue atacada –insiste- por progresista y reformista y no por autoritaria ni intolerante.

Admite la desconfianza empresaria hacia el peronismo. También ellos estarían equivocados: los convoca a reconocer que sus negocios marchan mejor cuando gobierna el PJ y/o el kirchnerismo. Luego les recrimina haber inspirado el programa de Mauricio Macri. En cuatro líneas descarta la gestión macrista: endeudamiento externo más “años de tarifazos impagables en los servicios públicos, cierre masivo de pymes, pérdida del salario y jubilaciones”.

Para evitar un segundo mandato de Macri, CFK confiesa que sintió “la responsabilidad histórica” de reunificar al justicialismo. El rol de Gran Electora (es evidente que fue ella quien construyó una alianza triunfante) para “resignar la primera magistratura para construir un frente político con quienes no sólo criticaron duramente nuestros años de gestión sino que hasta prometieron cárcel a los kirchneristas. Deberán esforzarse mucho para encontrar en la historia argentina ejemplos similares”. Cierto. Son pocas las personas que decidan resignar su candidatura con un tercio del cuerpo electoral. También es cierto que en 2017 había sido vencida personalmente –por primera vez, dicho sea de paso, en un historial de victorias sucesivas en Santa Cruz y Buenos Aires y la Nación toda- por Esteban Bullrich, un candidato que no se distinguía por su carisma.

Alberto manda, pero…

Hay caricias y silencios para el Poder Ejecutivo. El apoyo surge de “segunda certeza: en la Argentina el que decide es el Presidente”. Alberto Fernández lo necesitaba. Más allá de la orientación, valoración o juicio, la Casa Rosada precisa desesperadamente –la ocupe quien la ocupe- que se perciba que el poder está en manos del Presidente y de nadie más. Ante eso, las críticas (“funcionarios que no funcionan”) son secundarias respecto de develar quién manda.

Llama la atención cierta lejanía con la gestión oficial. Es vicepresidente pero habla como si su misión hubiera quedado consagrada al evitar otro mandato macrista. Al pasar hay justificaciones (la herencia y la pandemia) pero faltan referencias positivas a la gestión albertista.

La Argentina tiene una tradición donde los vicepresidentes suelen secundar al presidente. Cuando eso no ocurrió (las sonoras renuncias de Alejandro Gómez y Chacho Alvarez) tanto Arturo Frondizi como Fernando De la Rúa quedaron dañados. El gobierno actual exhibe la peculiaridad –única en la historia peronista- donde el vice ejerce el mayor liderazgo político y, cuando se armó la fórmula, poseía más votos que el presidente.

El silencio de Cristina sobre los primeros diez meses no condena a Alberto pero tampoco lo ayuda. Ella no lo ataca porque sabe que lo lastimaría irremediable y comprende que una debacle oficialista probablemente arrastraría al conjunto del Frente de Todos, ella incluida.

¿Por qué no respaldar con más decisión, entonces? Aquí sobrevive, seguramente, la líder de facción. Sabe que sus votantes (los de ella, las franjas de excluidos y sectores vulnerables) no están conformes con la gestión y empiezan las desilusiones. En suma, podría interpretarse que el gobierno no es el mejor porque no conduce ella sino los aliados, que fueron indispensables para evitar el doblete de Mauricio. Pero como a sus votantes no les gusta, tampoco desea inmolarse en la defensa de un gobierno que, seguramente, no hace muchas de las cosas que ella sí promovería.

Más endeble parece el abordaje de tribunales: “Con la articulación de sectores del Poder Judicial, los medios de comunicación hegemónicos y distintas agencias del Estado, durante el gobierno macrista se perpetró una persecución sin precedentes contra mi persona, mi familia y contra muchos dirigentes de nuestro espacio político”. No hay referencia a las evidencias recogidas sobre la corrupción durante los años K. Silenzio stampa.

El proyecto de acuerdo

CFK marca, como tantos economistas, que “Argentina es el único país con una economía bimonetaria”. Va más lejos: “ el problema de la economía bimonetaria que es, sin dudas, el más grave que tiene nuestro país, es de imposible solución sin un acuerdo que abarque al conjunto de los sectores políticos, económicos, mediáticos y sociales de la República Argentina”.

Es indudable que el dólar es un problema, discutible que sea el principal y evidente que hay muchas cuestiones graves a resolver que parecen precisar una gran convergencia que desplace la Grieta.

La novedad estriba en la propuesta de acuerdos por parte de quien nunca los prestó. Aunque lo limite a la solución del tema bimonetario. Lo relevante es que CFK abre la posibilidad de un acuerdo con la oposición política, los empresarios y los medios (léase Clarín en primer lugar). Una suerte de pacto social y político donde ella parece imaginarse como representante de las medidas populares y la defensa de los sectores vulnerables que ofrece –por necesidad, cálculo o convicción- un pacto al resto de la sociedad. De modo que pone a la oposición política en la línea de convergencia con los grupos empresariales y los principales conglomerados mediáticos. Otra vez, mensaje ambiguo: ofrece pactar con aquellos a los que señala como defensores del statu quo y los grupos privilegiados.

¿Es un permiso explícito a Alberto para explorar acuerdos? De hecho, reconoce en el presidente sus dotes dialoguistas con “todos”, lo que lo diferencia de Néstor y de ella misma.

También podría interpretarse como una sugerencia firme al propio presidente. Y un tiro con perdigones hacia el conjunto de la oposición, incluyendo al propio Macri. El acuerdo se hace, siempre, entre rivales. Un indicio de lo que ve indispensable.

Las respuestas opositoras hasta ahora fueron pueriles. Ninguna intentó meterse en cuestiones estructurales, en males históricos ni menos en la verdadera sorpresa de la carta: el mensaje de Cristina asumiendo que hay problemas que requieren de un acuerdo. Con sus omisiones y ambigüedades, CFK parece jugar en una liga sin rivales.

No escribe para la cátedra ni habla como académica. No pretende serlo y sus acciones tienen la dureza propia de quienes se saben protagonistas. Está hablando, entonces, no desde la teoría sino para la práctica. Presidente dos veces, esposa del presidente, diputada nacional, senadora nacional, presidente de la República, hoy vicepresidente. ¿Será cierto que las personas anhelan lo que no son, construir lo que nunca sugirieron y reconvertirse?

Acaso vislumbra la posibilidad de una situación que termine en crisis. No está Alfonsín para apuntalar una solución. Tal vez ella, veinte años después, sienta que es el rol que le falta, el papel central capaz de garantizar un lugar respetado en la historia por venir.

De hecho, CFK acaba de sorprender a propios y extraños al promover a la alfonsinista ortodoxa Lucía Florencia Saborido -abogada y militante radical de larga trayectoria en el Congreso, respetada por su probidad- como directora de la Junta de Evaluación de Licitaciones del Senado. Los actos también pueden ser mensajes y señalar objetivos.

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