Sufridos consorcistas, con o sin pandemia

13 de septiembre, 2020

Por Daniel Muchnik

La clase media de la que estaba muy orgullosa de tener la Argentina ha descendido muchos escalones. Algunos sectores  de esa clase ya ingresaron en el mundo de los marginados.

Es un proceso que forma parte de la decadencia social y económica de la Argentina. Y de ese dilema se ocuparon poco todos los gobiernos, ahora más acentuado.

Esa clase media que venía agrandándose desde antes de la crisis de 1930, encontró un techo apropiado en los departamentos de propiedad horizontal. Llegar a ellos costaba un especial esfuerzo económico y mayores niveles de ingreso. Hasta hubo momentos en que los bancos  y cooperativas ayudaron con préstamos o hipotecas. Un milagro en un país que padece ciclos de depresión económica e inflación desde hace más de 70 años.

Paralelamente, aquella clase media que se nutrió con la primera  y segunda generación de inmigrantes que llegaron al país, se acostumbró a vivir con mayores comodidades. Más: fue el motor para que la construcción  de edificios beneficiaran al sector de la construcción que desde la década de 1960 no paró de crecer. Y motorizando a otras industrias que aportaban muchos de los elementos imprescindibles para que los inmuebles se estiraran hacia arriba, cada vez más altos.

Todo eso implicaba movilizaciones masivas de dinero y trabajo continuo a los obreros de la construcción. Pero con el paso del tiempo cambiaron los procesos, los instrumentos, la tecnología y la estética. Impulsaron a  estudios de arquitectura y de ingeniería a viajar al exterior y obtener información para mejorar la solidez de sus trabajos.

Aquello  tomó un ritmo tan rápido que cambiaron las características de las zonas y los hábitos de sus habitantes. Barrancas de Belgrano, Barracas, Caballito, Saavedra, el Barrio Norte, Nuñez, Coghland, Parque Patricios, Villa Crespo, el sur, el norte y el oeste de la inmensa Capital en general lograron un nuevo rostro, nuevos hábitos. Junto con el cambio también se expandieron los barrios cerrados más allá de la General Paz. Es notable como crecieron Vicente López, Olivos y mucho más allá.

Se hacían edificios de acuerdo al poder adquisitivo de cada comprador. Con calefacción central  o individual, con agua caliente o con termo tanque, una entrada con lujo o más modestas. Con porteros (más que uno) y vigilancia nocturna como si fuera la oscuridad las que facilitan los robos. Porteros que conocían los hábitos de cada propietario y oficiaban de nexo con
un administrador externo.

En vez de porteros con departamentos propios y el pago de los servicios que usaban, los edificios muy nuevos los desecharon y contrataron  empresas de limpieza que arribaban dos veces por semana y una empresa de vigilancia, sin compromisos legales de por medio. Se comprende el nuevo fenómeno: el o los porteros fijos, algunos muy bien pagos,  absorben entre el 60% y hasta el 70% de las expensas mensuales.

Durante la pandemia gran cantidad de edificios con porteros fijos recibieron ayudas económicas considerables del Estado. Eran los ATP (el 95% de las contribuciones patronales al Sistema Integrado de Provisional Argentino) .Fue un aporte de gran valor, todo un respiro.

Los propietarios con títulos universitarios no podían ir a sus estudios, sus ingresos menguaron y se mantuvieron de pie en base  a sus ahorros. Junto con la pandemia,  hubo escasez de fondos propios.

Además los que pagaban personal de servicio doméstico en blanco que quedaron en sus domicilios  fueron obligados a  seguir pagando la mensualidad desde marzo hasta ahora.

Fue un imperativo oficial. Algunos propietarios no cumplieron. Cada vecino mantuvo como pudo  limpias sus casas. El lampazo a cargo del propietario se puso de modo. Eso abasteció al humor colectivo.  Se vieron obligados a comprar a crédito elementos e instrumentos que colaboraban en esas tareas. Mucho más gastos de todo tipo que ingresos monetarios genuinos. Almacenes de barrio y supermercados registraron una baja importante en la  venta de productos básicos en la canasta de alimentos familiar. Los usuarios adquirieron  segundas marcas, desconocidas pero más accesibles.

A partir de septiembre las expensas subieron 40%. Los consorcios no recibirán más asistencia del Estado (por las ATP). Los porteros fueron en extremo favorecidos por unas de las paritarias más gruesas e importantes entre la masa de trabajadores.

El impacto no sería muy alto en los edificios con encargados que no tienen mucha antigüedad. Por el contrario, un portero con varios años de trabajo puede ganar, aproximadamente, $120.000 mensuales, más todos los servicios a cargo del consorcio.

En las paritarias los porteros (que integran el gremio SUTHER) son representados por Víctor Santamaría, sindicalista a través del legado de su padre. También es dueño de una radio, de importantes edificios, del diario oficialista Página 12 y con una participación en Canal 9 de Buenos Aires. Es, además, Presidente del Partido Justicialista de Buenos Aires.

En las paritarias no participan los propietarios-consorcistas por disposiciones que vienen del túnel del tiempo. Los administradores lo hacen por ellos. No es lo mismo. Los consorcistas lucharían más por sus derechos, las negociaciones serían más equilibradas, más sensatas.  El equilibrio entre protagonistas es una línea frágil. Es así desde siempre.

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