No Presidente, no es lo mismo un burro que un gran profesor

28 de septiembre, 2020

alberto fernandez

Por Jorge Riaboi  Diplomático y periodista

Aunque el leitmotiv de esta columna es la política exterior, hoy parece útil mirar de cerca el confuso ataque a la meritocracia que acaba de instalar el Presidente de la República, al que ciertos analistas le adjudicaron una supuesta consanguinidad con los comentarios que hizo el Papa Francisco el pasado 20 de septiembre, en la Plaza San Pedro, al comentar el Angelus. Tanto esfuerzo por atribuir peronismo al Evangelio no deja de ser un ingenioso delirio.

El tema de fondo es otro. Es la perversa manipulación de conceptos centrales. Es lo que obliga a rechazar las acciones destinadas a erradicar el factor mérito en la valoración social, una conducta que sirve para fulminar la vida democrática y empodera a los chantas y reaccionarios de todo pelaje. Es la que se propone desintegrar los estímulos a la educación, la solvencia de las instituciones públicas y la salvaje disipación de la vida civil del país, algo que implica desalentar cualquier expresión lógica de desarrollo sostenible.

Los diplomáticos deberíamos saberlo. La pasión que vienen poniendo distintos gobiernos para malbaratar el titánico esfuerzo de profesionalización que se logró en la integración y funcionamiento del servicio exterior, es un contundente ejemplo de esa cultura.

En este contexto resulta válida la aclaración del doctor en teología Víctor Manuel (Tucho) Fernández, arzobispo de La Plata, quien sostuvo que emparentar las expresiones del Sumo Pontífice con una travesura de la política, supone empequeñecer por gusto la figura del Papa y generar un obvio menoscabo de la verdad. Los datos objetivos están escritos y muestran que Francisco sólo cumplió con su rutina pastoral al reflexionar sobre la doctrina histórica de la iglesia evocando, alegóricamente, la parábola de los trabajadores llamados a jornal en una viña, donde Jesús relata la decisión de Dios de retribuir por igual a quienes hicieron esfuerzos muy diferentes, como una mera expresión de infinita generosidad, no como intento de subestimar el merecimiento de los más tesoneros y capaces, ni agigantar la figura de los vaguitos. La Iglesia no siempre tiene razón cuando se pasa de mambo al enaltecer, con exceso de estímulos, a figuras visiblemente polémicas del zoológico social. En todo caso lo que hizo Francisco es parte del dogma y materia de otra categoría de discernimiento.

Yo no dejo de preguntarme si resulta necesario apelar a los insumos de los Concilios de Orange (año 529) o de Trento (1545/63) para hablar de la meritocracia, un concepto que empieza a tener sentido bajo las normas y costumbres de ascenso social que cobraron fuerza en la etapa pre-capitalista y actualmente excluye a las jerarquías del ex mundo soviético, chino y otras formas de socialismo o de reticencia a las libertades, que se basan en la lealtad cómplice, no en el talento objetivo de los cuadros políticos y sociales.

El mérito es lo que sirve para impulsar el nuevo papel de la mujer en la sociedad, jerarquiza toda clase de recursos y da contenido al desarrollo sostenible, elementos indispensables para mitigar el deterioro climático y preservar el medio ambiente.

El mérito es también lo que hace posible escalar posiciones en todos los ámbitos de la vida, sin necesidad de paternalismos, chantajes sociales o glorificación de cualquier modalidad de nepotismo, lo que incluye a las carreras hereditarias en todos los órdenes de la vida.

En lo personal, me inclino por no mezclar los actos de fe con las decisiones humanas que deben estar respaldadas, hasta dónde resulte lícito, por la rigurosa aplicación de principios y evidencias científicas, un campo que abarca a una porción sustantiva de las disciplinas sociales. Al hacerlo, nunca está demás incorporar la ética a cada planteo.

Se requiere un alto grado de irresponsabilidad y muy escasa sabiduría para no entender lo que significa eliminar el requisito del mérito como plataforma de ascenso o movilidad social, algo que equivale a desguazar la posibilidad sistémica de poner al mando a los que más saben, a los que tienen mayor experiencia y a los que más se esfuerzan. Descartar el mérito como factor de progreso, es faltarle respeto al principio de la igualdad de oportunidades que debe imperar en toda democracia a la hora de establecer los procesos modernos de selección de dirigentes en el poder público y la configuración de la pirámide civil. Imagino que ninguno de los que predican la necesidad de abolir la meritocracia, estaría predispuesto a entrar a un quirófano donde habrá de quedar a merced del peor de los cirujanos o expuesto al más novato y torpe de los dentistas.

Al otro doctor Fernández le tocaría recordar las enseñanzas de uno de mis grandes profesores de filosofía, don Enrique Santos Discépolo. Asignarle condición de paria al mérito, supone decir que da lo mismo un burro que un gran profesor (tango Cambalache), lo que sería imperdonable en la milenaria y compleja doctrina de la iglesia católica y, sin duda, en un gobierno racional y popular. Yo no sé qué pensará el burro del profesor, pero estoy seguro que el profesor Alberto Fernández no le asigna trato VIP a los que no aprovechan debidamente sus enseñanzas.

Lo anterior también se aplica a nuestra política internacional. En los últimos días volvió a tomar impulso el rumor de que existe el propósito de ampliar aún más nuestro comercio e inversiones con la República Popular China (RPCh) lo que, condiciones aparte, no es un mal enfoque si uno recuerda que la mayor concentración va acompañada de mayor dependencia. Además, quienes esperan llevar a la práctica estos criterios, deberían estar atentos a los recientes cambios de la clase política de ese país. Históricamente Argentina concentró su comercio en pocos mercados y en pocos productos, lo que la hizo dependiente de sus relevantes socios económicos y comerciales, sean éstos el Reino Unido, Estados Unidos, Europa, Rusia y ahora la RPCh.

Como sucedió con la ex Unión Soviética durante el último gobierno militar, ninguno de los episodios volcánicos permitió construir una base sólida y estable a largo plazo, libre de conflictos. Esto lo acaba de experimentar Australia, cuyo gobierno tiene un Acuerdo de Libre Comercio con Pekín, sólo por adherir a la solicitud de explicaciones que hicieron varios miembros de la Organización Mundial de la Salud (OMS) con el fin de conocer con precisión el origen de la pandemia de Covid-19 que azota al mundo. El Gobierno chino alegó problemas de certificación sanitaria para cerrar de golpe el ingreso de las carnes producidas en ese país de Oceanía, donde cayó en la volteada un frigorífico brasileño.

Parecido tratamiento acaba de recibir Alemania, cuyas carnes de cerdo fueron prohibidas en la RPCh días antes de que se encontraran Angela Merkel con el Presidente Xi Jinping para continuar debatiendo, entre otras cosas, el proyecto de Acuerdo de Comercio e Inversión que vienen negociando desde hace más de tres años. Ello se originó por un solo caso de fiebre porcina africana (China tuvo que eliminar una porción sustantiva de su plantel porcino tras una grave epidemia).

Otro coletazo de esos tratamientos lo recibió Noruega, cuyas exportaciones de salmón quedaron paralizadas. Estas y otras medidas son parte de la diplomacia de castigo (punishment diplomacy) contra lo que Pekín considera actos hostiles, como las referencias en organismos internacionales a la situación de sus derechos humanos, la impugnación a sus medidas de falta de transparencia respecto de la pandemia o los episodios de intervención política del gobierno central de la RPCh en la vida política y económica de Hong Kong.

Otra forma de tácita manipulación de las informaciones y conceptos en nuestro país, es el eterno silencio o cuasi silencio de la prensa acerca del congelamiento de la firma y ratificación del Acuerdo birregional de Libre Comercio entre el Mercosur y la Unión Europea.

Mis pacientes lectores recordarán que el pasado 26 de mayo epilogué una serie de notas sobre la viabilidad y seriedad del borrador suscripto entre ambos regiones, con una columna titulada Un nuevo misil contra el Acuerdo UE-Mercosur. En esa oportunidad describí los resultados que forzó el Comité de Medio Ambiente del Euro-Parlamento al hacer un informe “técnico” sobre la desertificación de la región amazónica brasileña y la agresiva política de Jair Bolsonaro destinada a “lograr más economía y menos selva”. Dentro de la lógica comunitaria ese fue otro de los eslabones orientados a congelar el proceso birregional.

Nada sorpresivo. El Presidente de Francia, Emmanuel Macron, se lo había dicho con todas las letras al entonces Presidente Mauricio Macri, quien al igual que sus feligreses, quiso ver esperanzas en una advertencia. Desoyó lo que le dijeron clarito en el Viejo Continente. Con posterioridad a esos hechos, la negociadora europea, Cecilia Malsmtröm dijo (en Clarín), sin eufemismos, que las concesiones de acceso al mercado que Europa le dio al Mercosur fueron insignificantes. Y, tras cartón, el sucesor de Cecilia, Phil Hogan, quien acaba de renunciar por torpe, alegó cosas mucho peores.

Hace pocos días el propio Macron lanzó un comunicado y presentó un informe de 193 páginas donde se ratifica lo inaceptable que sería suscribir y ratificar el acuerdo con una región que no honra debidamente al Acuerdo de París sobre Cambio Climático y la lucha contra la desertificación.

Todos estos movimientos semianónimos son víctimas de la censura o confusión periodística, a veces guiados por el nivel de información de quienes establecen prioridades y gradúan los megáfonos o silencios del material que llega a la opinión pública. Otras por motivos puramente religiosos, como sucede con los que temen reconocer en voz alta la obvia muerte cerebral con la que nació el borrador de Acuerdo UE-Mercosur. Fui el coordinador inicial de las primeras negociaciones realizadas en la sede del Palacio San Martín. Estuve y estoy de acuerdo con la idea de suscribir un compromiso honorable y sólido con los europeos, no a prestar conformidad a cualquiera de los caprichos o supersticiones del proteccionismo regulatorio. Un reflejo similar al que acaba de exhibir el actual gobierno al calificar como positivo el indigno desenlace de la candidatura argentina a la presidencia del BID. Lástima. No sólo los trotskos adhieren al “cuanto peor, mejor”.

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