La gente quiere el cotejo de ideas no una riña de gallos

7 de septiembre, 2020

Por Atilio Molteni   Embajador

Todos dicen, para darle solemnidad al asunto, que la próxima elección presidencial de Estados Unidos, a realizarse el 3 de noviembre, es un punto de inflexión en la política nacional e internacional. La observación es buena pero ambigua.

Ninguno de los dos septuagenarios que luchan por mandar en la Casa Blanca a partir del el 20/1/2021 están en condiciones de hacer muchas flexiones. Otra vez la realidad nos confirma que el relato y los hechos no conviven en armonía. El martes pasado, Donald Trump viajó a la ciudad de Kenosha, Wisconsin, para descalificar, una vez más, a quienes cuestionan la actitud discriminatoria de las fuerzas del orden y la justicia hacia las minorías raciales. En especial, la animosidad que despliegan contra los ciudadanos afroamericanos (la población de color) golpeados y asesinados por los desbordes de tales fuerzas.

Los últimos episodios de violencia policial generaron un fuerte y visible descontento a lo largo y ancho de todo el país. Ello demuestra que la afirmación del presente inquilino de la Oficina Oval, y candidato a la reelección, sólo puede complacer a los supremacistas blancos, a los cogotes rojos (rednecks) y a otros sectores marginados por visibles desequilibrios económicos. Precisamente la exclusión y el racismo sistemático influyen sobre el ríspido clima de la elección. En estas horas Estados Unidos se halla asediado por un notorio clima de elevada incertidumbre económico-social.

Otra de las víctimas de la represión a las minorías afroamericanas se registró en Minneapolis con el público asesinato de George Floyd, a mano de la policía local, un episodio que arrancó oleadas de protestas contra la injusticia racial en todo el país. Y todo ello sucedía al cumplirse 57 años del gran discurso del Reverendo Martin Luther King (“Tengo un sueño”) con el que defendió la libertad y la igualdad ante el mausoleo Lincoln de la ciudad de Washington.

Con semejante telón de fondo, el pasado 27 de agosto Trump aceptó ser ungido nuevamente como candidato a la reelección presidencial a propuesta de la Convención del Partido Republicano. A partir de ese hito, y devaneos aparte, es indudable que Estados Unidos habrá de tener una muy difícil y reñida jornada electoral. Tanto que, en su largo mensaje de aceptación, el jefe de la Casa Blanca creyó oportuno dar prioridad a la consigna de luchar por la “ley y el orden”, calificando a su oponente demócrata, el exvicepresidente Joe Biden, de ser instrumento de la izquierda radical, alguien débil para enfrentar la violencia (que por cierto él propio Trump viene apañando, justificando y en cierto modo originando) y de no apoyar a las fuerzas policiales que generaron los episodios de injustificada represión que cuestionan las grandes mayorías.

También etiquetó a Biden como caballo de Troya del socialismo, por falta de músculo político para enfrentar a marxistas como Bernie Sanders (otro joven casi octogenario que tuvo la valentía de decir que era un social-demócrata a la europea) y a sus partidarios radicales, razón por la que, según él, los votantes no pueden esperar que defienda sus legítimos intereses.

En las mismas jornadas “denunció” que Biden y sus partidarios no objetaron, en la Convención Demócrata, las expresiones y actos criminales que se estaban registrando en ciudades administradas por representantes de ese Partido. Al hacerlo subrayó que en la plataforma partidaria de su oponente se socavaba la seguridad pública al sugerir que se facilite la libertad de 400.000 presos bajo proceso, con antecedentes criminales, que podrían llevar a las calles y vecindarios del país sus depredadores reflejos. Sobre todo porque en la misma plataforma se sugiere disminuir los fondos a las policías (cuando su posición mayoritaria es buscar reformas al sistema vigente). Tampoco se privó de afirmar, sin mayor argumentación, que nadie estará seguro en una presidencia liderada por el candidato opositor.

El hecho más frustrante de todo el ejercicio, es que el vértigo de la campaña impide demostrar que gran parte de las imputaciones presidenciales no tienen vínculo alguno con hechos reales. Sólo forman parte del relato que será repetido día y noche con la exclusiva intención de polarizar otra vez a la opinión pública. En 2016 esa táctica y la ayuda subliminal de las acciones desarrolladas por el Presidente de la Federación Rusa, permitieron acomodar las cosas de forma tal que con, la perturbadora ayuda del Consejo Electoral, Trump pudiera consagrarse Presidente tras perder, por más de 3 millones de sufragios, la votación presidencial de fines del aludido año.

Y todo ello sucede cuando la vida política y la nueva cultura estadounidense están muy perturbadas por una mezcla de factores raciales, las aristas del debate sobre el papel social de la mujer, la identidad de género y la genérica búsqueda de igualdad de oportunidades. Bajo tan incierta evolución de los hechos, los analistas se resisten a formular pronósticos de valor o realizar un análisis certero y profesional.

Hay quien asegura que el objetivo político de Trump es mover las piezas en los Estados influyentes en las decisiones del Colegio Electoral, un foro donde no prevalece una

tendencia definida y donde le bastaría alcanzar los 270 votos necesarios (cualquiera sean los números y resultados que surjan de la votación popular). Él apuesta sin escrúpulos al apoyo de la población blanca y de las personas de mediana edad, quienes viven atemorizadas por el clima de protesta violenta y los ataques a la propiedad privada, alegando que los males que persisten en la sociedad fueron originados por nefastos acuerdo de liberalización del comercio como los que él mismo suscribió y ratificó con Canadá, México, Corea del Sur y, en cierta medida, con Japón y China.

Al mismo tiempo condena las existencias de flujos perversos de inmigración, cuando Estados Unidos revirtió las corrientes habituales de acceso a su territorio por razones económicas, el rechazo a la población asiática para controlar la pandemia del Covid-19 y otros motivos, factores que están poniendo en jaque la salud económica de sus grandes centros educativos y académicos.

El antes mencionado episodio de Kenosha tuvo lugar el 23 de agosto, cuando el afroamericano Jacob Blake resultaba gravemente por un policía blanco que le disparó siete veces por la espalda (quedó paralítico), episodio que motivó nuevas manifestaciones y destrozos contenidos a duras penas por la policía. A esa represión se sumó, voluntariamente, un civil de 17 años que asesinó a otros manifestantes y que reconoció públicamente estar vinculado a los grupos que adhieren a la supremacía blanca, lo que no impidió el respaldo del Presidente a sus acciones.

En su visita, Trump apoyó a las fuerzas represivas y recorrió selectivamente los negocios dañados por las reacciones populares a los asesinatos, sin hacer referencia alguna a la víctima pero enfatizando su inquietud por la violencia callejera. Por si esos gestos no bastaran, responsabilizó a los políticos liberales por la existencia de esos hechos, a quienes acusó de permitir “la anarquía, la violencia y la destrucción”, amenazando con recortar los fondos federales a varias ciudades demócratas con esa clase de fundamento.

Como parte de tal campaña, el Presidente se propone crear una sensación de caos a fin de asegurar que es el único capaz de solucionar tal descalabro, a pesar de que durante su presente gestión no logró neutralizar ninguna de las rebeliones sociales.

Dos días después de esta teatralidad kafkiana, el 3 de septiembre llegó el candidato Biden a la misma ciudad (Kenosha) y se sumó a quienes protestaban por la injusticia racial, se entrevistó con la familia del ciudadano asesinado y afirmó que el actual Presidente demostró llamativa impotencia para acabar la rabia popular. Alegó que sólo un esfuerzo alternativo de unidad nacional podía neutralizar el descontento de los ciudadanos alterados por ese visible estado de cosas.

El plan político de Biden es transformar las elecciones en un referéndum sobre la gestión de Trump, sus errores y el absoluto descontrol sobre la pandemia, que hasta ahora infectó a 6,1 millones de personas y ocasionó más de 187.000 muertes.

El diagnóstico de Trump ante la evolución de la pandemia en suelo estadounidense es que se están aplicando terapias que salvan vidas y que antes de fin de año habrá una vacuna para controlar los hechos. Horas después el Centro de Control y la Prevención de Enfermedades (cuya sigla inglesa es CDC) notificó a todos los Estados que debían prepararse para distribuir la vacuna a fines de octubre o noviembre empezando la campaña con ciertos grupos de riesgo, algo que se entendió, en determinados círculos, como una mera operación de prensa para beneficiar la imagen del Jefe de la Casa Blanca.

Las encuestas que se publicaron después de las aludidas convenciones partidarias, de los disturbios raciales en Kenosha (y en Portland, Oregon) y de la campaña con el acento puesto en “la ley y el orden” por parte de los republicanos, demuestran que Biden continúa manteniendo su liderazgo en la votación general y en Estados claves como Arizona, Carolina de Norte y Wisconsin (que los demócratas perdieron en 2016), pero un escenario poco claro en el caso de Pennsylvania, lo que dio alguna esperanza a los simpatizantes republicanos.

La dirigencia demócrata sabe que el actual Presidente es capaz de hacer literalmente cualquier tipo de declaraciones en la búsqueda de la victoria, sin importar el daño que tales hechos pueden generar sobre el sistema institucional. Tampoco ignora que sus seguidores fomentan su narcisismo y su claro alejamiento de la realidad.

Lo cierto es que a fines de septiembre comenzarán a efectuarse los tres debates presidenciales, los que pueden ejercer cierta influencia en el resultado de la votación. Los analistas estiman que el margen de apoyo que alcancen ambos candidatos el 3 de noviembre serviría para evitar que los resultados sean objeto de severos cuestionamientos, ya que esta vez las elecciones estarán influidas por el voto efectuado por correspondencia. Tal factor podría demorar el conteo final y facilitar su discusión judicial, ya que Trump insinuó que si el resultado no lo favorece habrá de impugnar la votación. Este lúcido y abnegado demócrata es el que hoy preside Estados Unidos.

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