Empleo joven: ¿círculo vicioso entre salarios bajos y desocupación?

24 de septiembre, 2020

DESEMPLEO JOVEN EN ARGENTINA

Por Julián Leone, Jorge Lo Cascio y Federico Favata

Tras la crisis de 2001, la tasa de desocupación logró perforar el techo del 20%, convirtiéndose en uno de los episodios más complejos de la Historia Argentina. La posconvertibilidad se caracterizó por una fuerte reducción del desempleo, al tiempo de una intensa creación de puestos de trabajos formales. Este proceso, desarrollado sostenidamente hasta 2011, no pareció ser homogéneo para todos los tramos etarios de la población.

Sistemáticamente, el arribo al mercado laboral supone una tasa de desempleo que llega hasta triplicar al promedio de la distribución de trabajadores. Por ejemplo, en 2004, entre los más jóvenes (16 a 20 años) superaba el 40%, alcanzando el 22% para los de entre 21 y 25 años, mientras que el resto de la población se ubicaba en el orden del 11%. A lo largo de la década, el descenso sostenido en el desempleo joven se produjo hasta alcanzar la mitad de estos valores en 2012. La vigorosa recuperación escondía un complejo desafío para el segmento: la férrea caída en la desocupación no obedecía a una creación de empleo, sino que respondía a un drástico descenso en la tasa de actividad. En efecto, era la movilidad hacia tareas formativas lo que explicaba tanto este proceso como la caída de la participación joven en los presupuestos familiares. La creación de empleo sobresalió por su debilidad en el segmento joven y redujo el alcance del proceso de formalización, que en el período fue significativamente más bajo para los recientes ingresantes.

A todo esto, las tasas de desocupación, aunque con cambios en los valores, seguían triplicando al promedio. Su particular elasticidad frente al ciclo económico hacía que en momentos de crisis los indicadores laborales se desplomen, mientras que los períodos de expansión representaban tenues y erráticas recuperaciones.

Ello supone una de las grandes dificultades para alcanzar un empleo. La ralentización de la economía implica una reducción en las contrataciones, impactando de lleno en el segmento de mayor aporte en nuevos ingresantes. Al mismo tiempo, el gradiente de vulnerabilidad laboral joven se verifica también en una inserción en puestos más precarios, de menor calificación y en actividades que exhiben menor estabilidad.

Definidas sus características de ingreso, un nuevo interrogante deviene en torno a qué características individuales resultan de mayor poder explicativo en las remuneraciones. El tipo de contratación resultó el aspecto que mayor capacidad explicativa, por lo que el menor alcance del proceso de formalización laboral se volvió nodal para la dimensión joven-adulto. A su vez, se produce un marcado perfil de inserción sectorial, en industrias intensivas en trabajos inestables, con menores calificación ocupacional y mayor desempeño en puestos secundarios para los cuales la formación en el puesto de trabajo se vuelve marginal. A la escasa dotación de capital humano específico (experiencia), se adiciona una inserción en tareas periféricas y de menores requerimientos, que potencia un peligroso circuito para el empleo joven. La propia dinámica de contratación genera un círculo vicioso que reduce aún más los costos de despido: a los menores costos directos de indemnización, la propia matriz ocupacional ubica a los jóvenes en tareas prescindibles volviendo indirectamente también más bajo su precio de salida.

Por otro lado, se observa un notorio clivaje por género, mostrando las remuneraciones femeninas un mayor castigo para el segmento joven, y tasas de empleo significativamente más bajas frente a la presencia de menores. Son las mujeres quienes absorben las tareas reproductivas y de cuidado, posponiendo su ingreso al mercado laboral y, en muchos casos, sus actividades educativas.

Marcadamente, se enunció un notorio gradiente de fragilidad laboral para la temprana edad. La evidencia observada nos lleva a concluir en la importancia de la creación de puestos de calidad y el diseño de políticas públicas que atiendan las particularidades del segmento joven.

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