Ciencia en tiempo real

29 de septiembre, 2020

ciencia covid

Por Pablo Mira (*)

El Covid-19 nos puso frente a frente con la ciencia. Con la ciencia real, no con esa la de las películas, donde profesores pedantes de universidades aristocráticas reprimen a jóvenes rebeldes en aulas de madera señorial y pizarrones repletos de ecuaciones sin sentido. La pandemia hizo que el proceso de descubrir la verdad se volviera esencial para la vida diaria.

Lamentablemente, hasta ahora este encuentro con la ciencia no se ha vivido con curiosidad y asombro, sino más bien con desencanto. Frente al desafío urgente que trajo la pandemia, la ciencia se mostró vacilante, oscilante y falible. A la jactancia de los intelectuales le llegó su Aldo Rico, podría decirse, y no son pocos los que han señalado varios fallos en la investigación en torno al Covid-19.

Pero la culpa no es de la ciencia, sino de su interpretación cotidiana. La ciencia no es una disciplina que expectora una verdad tras otra. No es una colección de exactitudes, sino una colección de errores, aunque con el objetivo de corregirlos. Obligados a resumir en qué radica el éxito de la ciencia, se podría afirmar que avanza gracias a sus fracasos.

Por eso, cuando la OMS se contradice sobre el virus, no es porque quiera engañarnos, sino porque estamos viendo operar a la ciencia en tiempo real. Imaginémosnos participando en vivo del proceso de un grupo de científicos tratando de descubrir la vacuna contra el Covid. Veríamos personas normales fallando todo el tiempo, proponiendo teorías a posteriori absurdas, y por supuesto asistiríamos a variadas peleas internas. La percepción de la ciencia como una disciplina infalible tiene mucho que ver con que a menudo solo accedemos a sus resultados finales. Pero a menudo los caminos de la ciencia son largos y sinuosos. En salud, sobre todo, los resultados tardan porque es importante estar seguros. Parece raro acusar a la ciencia de vender medicamentos (incluso vacunas) sólo para lucrar y al mismo tiempo quejarse de la tardanza en sacar al mercado una rentable cura contra el Covid-19.

Tampoco es cierto que todos los científicos sean jactanciosos. Contra la percepción general, la mayoría de los artículos científicos tienen por regla el uso del potencial, y están obligados a remarcar los límites de lo que afirman, nunca a sentenciar verdad. Seamos francos: mucha de esta humildad es fingida (un vicio que Borges hizo famoso), y por cierto a nadie le gusta estar equivocado, pero los científicos se la aguantan. Einstein estuvo errado respecto de la mecánica cuántica, pero jamás usó su autoridad y su fama para detener la investigación. La experiencia científica está lejos de ser esa lamparita que se prende en la cabeza de una persona mientras se está bañando. La ciencia es la sumatoria penosa de progresos lentos y persistentes de un grupo, basados en la prueba y el error.

Por otro lado, es cierto que la ciencia es poco paciente (y seguramente mucho menos modesta), con las teorías que carecen de coherencia lógica o nula (o falsa) evidencia. La ciencia es un proceso que llega a conclusiones útiles gracias a la duda, la discusión y la paciencia. Pero esta no es la forma natural de razonar del humano medio. Frente a una situación dilemática, todos sentimos la necesidad de tener “nuestra propia teoría” lo antes posible, al menor costo posible. Incluso es común considerar que tener una posición definida sobre todos los temas es un símbolo de valentía y bien pensar, y que esta actitud debe ser respetada.

Hasta las personas informadas (y algunos científicos) caen en esta falacia, pero nadie lo hace a propósito. Por ejemplo, entre los consejos para combatir las “fake news” figura este: “Antes de formarte una opinión, mirá ambos lados del debate y sacá tus propias conclusiones”. Esta parece una recomendación sana y de sentido común, pero para la mayoría es muy difícil de lograr, en especial si se trata de evaluar cuestiones científicas. Los atajos cognitivos que usamos para tomar decisiones diarias pueden conducir a fracasos estrepitosos al teorizar sobre vacunas, sobre el cambio climático o sobre la estrategia contra el Covid-19.

Todavía hay mucho que aprender sobre el virus, y la ciencia seguirá tanteando y equivocándose. Pero hay consensos básicos. En cuanto al diagnóstico, sabemos que la enfermedad se transmite fácilmente de persona a persona, que se propaga más en lugares cerrados, y que los mayores tienen más probabilidades de enfermarse gravemente. Y también hay consensos respecto de las acciones para enfrentar la pandemia, como la de circular lo menos posible, cuidar la distancia social y lavarse las manos.

Una frase famosa de Charles Darwin dice que la ignorancia genera mayor confianza que el conocimiento. Viendo a la ciencia funcionar en tiempo real, esta debería ser una buena oportunidad para entender realmente cómo funciona, cuáles son sus métodos, sus limitaciones y sus tiempos. Quizás entender esto nos pueda volver un poquito más científicos a quienes no lo somos.

(*) Docente e investigador de la UBA

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