¿Qué estamos esperando?

21 de agosto, 2020

Por Carlos Leyba

No es una novedad. Es necesario insistir que nuestros grandes problemas políticos, económicos y sociales están interrelacionados. Y que no es sencillo ni positivo, en términos de eficacia social, tratarlos como si fueran realmente independientes el uno del otro.

Es decir, ningún programa puede lograr los objetivos que se propone si no se tiene en cuenta que lo que no funciona es el sistema, la interrelación.

No hay resultados económicos ni sociales y la política no ha logrado resultados que permitan decir que “funciona”. ¿Cómo hacer? Los problemas se endurecen con el tiempo y cuando se tornan viejos, el acostumbramiento esmerila la capacidad de reacción.

Empecemos por los “problemas políticos”. Como dice José Nun, no es cierto que en 1983 hayamos retornado a “la democracia”. Digo, nuestra democracia está en construcción.

En los últimos días, “la República”, instituciones de la democracia, ha sido sometida a debate. El Gobierno trata con la mayoría de votos, que siempre es transitoria, una reforma estructural del sistema judicial incluyendo posibles modificaciones en la Corte Suprema.

Nadie duda la necesidad de revisar y reformar un sistema al que, la inmensa mayoría de la sociedad, considera “espantoso”. No por las leyes que la regulan sino por algunas actitud de quienes lo integran, sea por la morosidad o la negligencia cuando no la complicidad, frente a la violación de la leyes o los derechos que ellos debían condenar o proteger.

En cuarentena y sin horizonte, ¿es la “oportunidad” para reformar la estructura de la Justicia?

El Gobierno no ha construido esa “oportunidad”. En política las oportunidades se construyen; y la construcción de toda oportunidad democrática comienza por el respeto al otro, el que no forma parte de nuestra parcialidad.

En democracia es esencial ser consciente de la parcialidad. Nuestro primer problema político es la negación de nuestra propia parcialidad y por la tanto, al decir de Tulio Halperin Donghi, provocar la “deslegitimación del otro”.

La mayor deslegitimación fue la proscripción del peronismo de 1955 a 1973. Otras menores se producen en nuestros días cuando “deslegitimamos” la opinión de los otros. La peor ocurre cuando se trata de “eliminarlos” mediante compromisos que hablan mal de ambas partes.

En nuestro país ha alcanzado una categoría con nombre propio: la “borocotización”.

“Deslegitimación” y “borocotización” son manifestaciones de la degradación del pensamiento y del debate de ideas en la vida política; y en particular de la desaparición de los partidos y las normas que deben regirlos.

Raúl Alfonsín y Carlos Menem surgieron de compulsas reglamentarias de la UCR y el PJ. Ambos partidos vivían. Coincidiendo en el tiempo con la reforma de la Constitución, que incluyó en ella a los partidos, los mismos ingresaron en zona de desaparición. Néstor Kirchner repetía “será pingüino o pingüina”, Mauricio Macri se ungió a si mismo y designó a su vice y Cristina designó a su presidente resignándose a ser su propia vice. Todo dicho. La vida de los partidos está en proceso de extinción.

Que los partidos existan es una condición de la democracia, no porque lo diga la Constitución sino porque es esencial al sistema de alternancia.

La alternancia es lo que requiere la existencia, para cuestiones que se pretenden estructurales, de “consensos”. Esas cuestiones estructurales requieren una vida mas allá del período de la alternancia en la que se resuelven. No iré mucho más allá. Nuestra necesidad de transformaciones estructurales es tal que el consenso político es la condición necesaria para darle horizonte a esas transformaciones y por lo tanto hacerlas posibles.

El consenso “es construir un sentido común” sobre cuestiones básicas. “Ideas claras para desde el Estado construir la Nación”. La Nación es una obra cotidiana.

La violación de los derechos humanos, la exclusión social masiva de la pobreza, la cultura del estancamiento y la fuga, de capitales y talentos, la destruyen. Lo contrario, entre otras cosas, la construye.

No abordaré aquí todas las cuestiones básicas sobre las que hace falta un consenso. Pero no dejaré de repetir que estamos en una situación excepcional. Tal vez aproximándonos a un “punto de no retorno” donde ni siquiera volver a lo que fuimos será posible. Tal vez hemos llegado a un “cul de sac” donde ese retorno será imparable, inevitable.

Lo que sí sabemos, imposibe refutarlo, es que asistimos al tiempo de agotamiento de una larga decadencia. Los números hablan. El PIB por habitante creció desde 1974 a la fecha 0,2% anual (estancamiento) y, a esa velocidad, se duplicaría en 390 años.

Ricos en recursos nos estamos quedando lejos del bienestar de aquellos que hace 40 años envidiaban nuestro desarrollo. Lo hicimos nosotros. El otro número es el de los pobres: 800.000 en 1974 y 20 veces más hoy, 16 millones. Un escándalo moral. Una infamia colectiva.

En pocos años más, de seguir esta mecánica política y económica, la mayor parte de la población argentina estará en la pobreza. Los culpables estamos aquí, en esta generación y en este país, y somos de todos los colores políticos (los partidos que están dejando de existir) de todos las oleadas políticas que llegan, llámense radicales, peronistas, liberales, neo liberales. El culpable está en el espejo. Y no es el espejo sino lo él que espeja. En esa mirada nace una oportunidad (asumir la responsabilidad) y hay que cultivarla. Reconciliación.

Los problemas económicos y las reformas estructurales que debemos consensuar, necesitan algo mayor a las solas mayorías electorales o parlamentarias. Pero sin ellas el consenso es imposible. Veamos.

En los días previos a la pandemia el 80% de los argentinos trabajaba en el sector servicios. Solo el 20% produce cosas y muy pocos de ellos “cosas con alta productividad” y, de alguna manera, por eso mismo, producimos y exportamos poco. Y cuando crece el consumo, de lo que mucho no producimos, nos acosa la restricción externa. La falta de dólares.

Entonces el primer consenso debe consistir en la voluntad de constituir una sociedad de productores, una sociedad que exporta más de lo que importa y que lo logra sin caer en la dependencia de un nuevo imperio. Aumenta exportaciones y sustituye importaciones. Economía y geopolítica se cruzan y hacen necesario un consenso sobre la fundamental diversificación de productos y mercados.

Es un desafío colosal (y posible) que requiere inversiones enormes que arrastren gran cantidad de empleo y que convoquen a repoblar la geografía nacional y a desconcentrar las periferias de la pobreza hacia las oportunidades de una Nación inmensamente rica, pero más que despoblada. Eso no se puede hacer sin un inventario, de posibilidades y oportunidades, realizado con una base técnica y sistémica. Imposible sin un Estado que disponga de un organismo de reflexión y diseño estratégico.

No se puede convocar sin una propuesta fiscal que aliente la inversión en activos de reproducción destinados a sustituir importaciones y a sustituir exportaciones. Todo proceso económico es de sustitución y agregación. Basta de clichés. A pensar (y a copiar lo que allá hacen y no lo que dicen).

Las lecciones, sin traducción de tiempo y lugar, han sido inútiles y parieron el estancamiento de medio siglo. Las reformas estructurales necesarias lo son para incentivar la inversión reproductiva y así homologar los niveles salariales, las condiciones de vida, de la Argentina formal. Se trata de la productividad.

Los complementos están en las asociaciones necesarias con la ciencia y la tecnología y con las oportunidades de la globalización.

Una condición es hacer crecer nuestro acervo de capital reproductivo de manera tal que, tanto los 400 mil millones de dólares de excedente de argentinos como los cientos o miles de cerebros formados aquí por la gratuidad de la enseñanza hoy radicados en el exterior, tengan la oportunidad de retornar. Hoy son desinversión y pueden ser una oportunidad. Pero así como capital financiero e intelectual fuga, hoy 16 millones de argentinos, como expresó Carlos Auyero quieren entrar, ser incluidos. No ser “el descarte” como señala nuestro papa Francisco.

¿Qué hacer? Algunos sectores del Gobierno, ha trascendido, quieren invertir US$ 24.000 millones para urbanizar 4.000 villas o barrios de emergencia. ¿Puede el 60% de los niños y jóvenes argentinos, que son pobres, esperar “la construcción” para dejar de ser pobres? Otra vez el consenso sobre las prioridades.

La urgencia argentina, la primera, la principal, es que esos niños y adolescentes dejen de ser pobres de manera urgente, inmediata, en la brevedad de un período de gobierno. ¿ Por qué no en este? En los aspectos materiales, que no son todos, dejar de ser pobre es dormir en una cama limpia y abrigada; una ducha caliente y limpia; vestirse con ropa limpia y digna; desayunar de manera equilibrada; tener el espacios seguro para jugar y estudiar; tener acceso inmediato a una escuela de primer nivel con todos los elementos; acceder a los cuidados sanitarios y así darle a los padres (que aún no hayan salido de la pobreza para lo que se requiere un trabajo digno y bien remunerado y la transformación de la economía) la posibilidad y la felicidad de disfrutar del cuidado y la protección que solo el amor de los padres pueden brindar a los hijos.

Si esa es la prioridad de una sociedad decente, entonces los US$ 24.000 millones no deberían prioritariamente aplicarse a consagrar y consolidar las periferias, en las concentraciones urbanas que por mas asfalto que le pongan, no son per se ámbitos de creación de trabajo digno y de oportunidades sociales. Si no rescatamos a los niños ya, vamos camino a tener en 10 años una Población Económicamente Activa cuya cohorte mas joven en su mayoría habrá nacido en la pobreza y habrá sufrido las rigurosas consecuencias del sufrimiento físico y moral.

¿Qué estamos esperando?¿- Qué podemos esperar si seguimos sin consenso de las prioridades para transformar? ¿El punto de no retorno?

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