Ni Wimbledon ni Roland Garros, pero volvió el tenis en CABA

20 de agosto, 2020

Ni Wimbledon ni Roland Garros, pero volvió el tenis en CABA

Por Nicolás Piñon

Día 151 de la cuarentena. Más allá de que el Gobierno de turno insista con dejar de utilizar esa palabra, Juan ya la siente como la “cuareterna”. Pero el lunes, para él fue un día distinto. Y no porque fuera feriado y así pudiera gozar de la potestad de romper la rutina y hundir la cabeza en la almohada. Es que, como los rayos del sol por su ventana, ese lunes también se coló un entusiasmo que tenía olvidado hacía rato. Un entusiasmo desconocido. Un entusiasmo que lo hizo sentirse casi un adolescente nuevamente. Claro, es que volvió a encontrarse con la raqueta, su querida amiga de toda la vida. Todos esos meses de cuarentena la vio, día y noche, tan cerca y tan lejos, y tan inmóvil. Soñó con estar pasándola bien allá, en ese rectángulo naranja de 22 por 10 diez metros, donde más feliz él era: en una cancha de tenis. Y este bendito lunes, ese sueño se volvió realidad nomás.

Con las aperturas graduales que el Gobierno de la Ciudad ha concedido le permitieron a Juan revisar sus cajones más recónditos, donde aún conserva lo que tenía en estado de abandono. Pero las zapatillas blancas estaban más que enteras, tal cual las dejó hace meses. Volver a ponerse el pantalón corto con bolsillos, la otra nueva búsqueda. Claro, porque para una mera corrida de runner no los necesitaba. Por eso vuelve a sonreír su cara. Y su cuerpo, su postura corporal, más enderezados, también exaltan una felicidad que Juan lucía olvidada, cubierta de polvo. Y así fue en busca de su compañero de turno, Horacio, para reinaugurar su renacer tenístico a todo protocolo.

Porque al llegar al club, el dúo se encontró con la primer rareza: para atravesar la puerta del club de toda la vida, una mujer vestida completamente con mameluco médico y un tanque de alcohol en la espalda cual buzo a 30 metros bajo el nivel del mar, lo rocío de pies a cabeza con spray desinfectante. Primero de frente, y luego más desinfectante desde los talones hasta la nuca. Terminado el rocío, un medidor de fiebre electrónico indicó que con los 35,9° que marcaron su cuerpo, los tenistas estaban habilitados para volver a despuntar el vicio. Y luego, mientras atravesaron el hall de entrada del club, poblado por caras viejas y conocidas, decorado con carteles protocolares para cuidar a sus socios del amenazante Covid-19, encontraron finalmente aquello por lo que fueron. El polvo de ladrillo impecable, bien naranja: gran obra de mantenimiento de los cancheros, trabajadores invisibles e incansables de la pandemia. Todo fue magia en esos segundos para Juan y Horacio. El tiempo, la cuarentena, la angustia del inagotable encierro, todo se detuvo en la cabeza de Juan. Segunda rareza: la ausencia de las puertas de las canchas. Sí: para minimizar al máximo el contacto físico, otro de los temores que el virus instauró. El club decidió removerlas, al menos momentáneamente. Ningún problema, pensó Juan, dando cada pisada hacia la cancha con una calma inhabitual. Como si estuviera entrando a la principal de Wimbledon, o al Suzanne Lenglen de Roland Garros. El encanto de la novedad se había apoderado por completo de él.

Un problema mayor, sí, sería volver a la práctica después de detener tanto tiempo su maquinaria corporal. Por eso, antes de tomar la raqueta, dio dos vueltas al trote y sumó algunos movimientos corporales. Cumplido el protocolo interno, empuñó finalmente su herramienta de juego. Si previo a la cuarentena se preocupaba por usar alguna raqueta más que otra, ese lunes Juan dejó esas rigideces en el pasado. Donde también fueron sus primeros diez minutos de peloteo con Horacio. Es que entre la técnica oxidada y la inevitable falta de ritmo de juego, se sintió como un fisicoculturista utilizando una raqueta de tres gramos (la mayoría rondan los 300), y así sus primeras pelotas terminaron en la red o excediendo el perímetro reglamentario de juego. La memoria muscular tiene su límite, por más que Juan se sintiera de nuevo Superman.

Porque la ocasión, el renacer, superó toda exigencia y así Horacio y Juan aprovecharon cada minuto de los 75 que el club les permitió jugar. Decisión tomada para que todos los socios aprovechen la buena nueva. Buena nueva con el mejor de los polvos.

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