Los distintos mandos de nuestra política exterior

10 de agosto, 2020

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

Hay días en los que resulta difícil entender el organigrama de la política exterior. Sobre todo cuando en medio de una pandemia y una feroz crisis económica el gobierno opta por contratar como lobista, por casi US$ 2 millones anuales, a Tom Shannon, un veterano todo terreno de la diplomacia estadounidense quien estuvo, por breve tiempo, a cargo de la Secretaría de Estado. Esto se vuelve en movida incierta para quienes suponemos que una talentosa misión diplomática y un buen servicio de internet permiten detectar con rapidez los temas de agenda y los actores de interés, proceso que lleva a reducir las incógnitas. De ahí en más el asunto es detectar el origen de ciertas decisiones y las reglas no escritas aplicables al tema.

Numerosos lectores y observadores (y algún que otro colega periodista) suelen encontrar mérito en darle latitud a los hechos que se repiten o registran público de redes sociales, como si replicar una y otra vez un acto idiota fuera una regla científica (versión propia de una frase de Einstein). Para esta clase de congéneres saber que Felipe Carlos Solá es el tercero de los cancilleres que pertenece a la embrionaria dinastía ingenieril (en su caso agronómica), y el segundo de los ex gobernadores de la provincia de Buenos Aires que obtuvieron el encargo político de conducir la Cancillería, da para una sesuda polémica organizada por el Conicet o por cualquier otro foro cultor de la corrección política. Sobre todo porque antes de Felipe, otros dos ingenieros como Guido Di Tella (quien fue un notable analista teórico del desarrollo económico) y Susana Malcorra lograron acceder a los salones en los que debería formularse y decidir la política exterior que aprueba y dirige la autoridad presidencial.

Tanto lo que sucede y el cómo sucede es el punto que intriga. Al principio de la gestión Fernández se dijo que la Cancillería había logrado recuperar en serio el monopolio de las relaciones exteriores, lo que para mí es, como se verá, un asunto a verificar. Un utópico debate de esta naturaleza permitiría resolver tres preguntas: a) cuál es el modelo de país que deseamos presentar a los poderes reales de Estados Unidos, ahora con la ayuda de un lujoso abre-puertas; b) cuáles son los proyectos viables que tenemos en cartera; y c) qué responsabilidades vamos a asumir nosotros y en cuáles necesitamos y deseamos una razonable cooperación de ese país. Este bagaje implica, cuando hablamos de la promoción de exportaciones (de eso Shannon no sabe una pepa, pero imaginemos que puede subcontratar), tener una idea propia y cierta de nuestra oferta exportable y determinar cómo funciona la organización nacional para hacer el tipo de delivery que espera un comprador extranjero. La promoción del comercio y la inversión no se hace en Washington.

Esos debates no son rutina en la democracia criolla. Mucha gente no percibe la línea divisoria entre la absoluta discreción que corresponde aplicar a los asuntos en trámite entre gobiernos o con entidades extranjeras del tipo que atiende la Cancillería, con la indispensable libertad de discutir el papel y las responsabilidades que le cabe a cada área del poder. Casi ningún gobierno le pone silenciador a esta clase de debate, puesto que la gestión pública debe calificarse por sus resultados y estar sujeta a lógica transparencia.

En medio de esta vorágine nadie prestó atención a otros firuletes. Como las candidaturas en las que trabajaron estando en funciones activas de gobierno los exministros de Relaciones Exteriores y de Interior, Susy Malcorra y Rogelio Frigerio nieto, y ahora el discretísimo Gustavo Béliz quienes pretendían o pretenden llegar, con la ayuda del Gorro Frigio, a obtener importantes conchabos en la burocracia internacional. Tales ambiciones no son objetables si existe un contrato ético como el que se solía aplicar a los altos puestos de la burocracia mexicana. O como es la práctica normal de la Cancillería brasileña, sobre cuya realidad no tengo datos actualizados.

También cuesta aceptar la tesis de que si Carlos Federico Ruckauf y Solá ocuparon el sillón principal de la Casa de Gobierno de La Plata y luego aterrizaron en el Palacio San Martín, alguien piense que gobernar el AMBA equivale a un indiscutible antecedente curricular para dirigir la política exterior. Por ahora me tranquiliza el hecho de que Axel Kicillof no es abogado ni ingeniero.

Quien supone conocer la argamasa de esa política, debería ser prudente. Por empezar, es visible que el poder de firma lo tiene el ministro Solá y el punto a esclarecer es cómo y con qué reflejos se activa o condiciona su lapicera. Por deducción, me consta desde el vamos (ver mis columnas) que el Secretario de Asuntos Estratégicos Gustavo Béliz, cuyo título oficial no da pista alguna acerca de cuáles son sus funciones, estaría desempeñando un papel similar al que tenía Fulvio Pompeo en la época de Mauricio Macri, quien antaño tampoco se privó de hacer algunos pininos en la Cancillería y compartir las actividades de Marcos Peña en el terreno de mirar y recalcular papeles y asuntos teóricamente procesables por el Palacio San Martín.

En Washington nunca fue secreto que Béliz albergaba la intención de presidir el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), un puesto al que también le había echado el ojo Alejandro Werner, el actual Jefe del Hemisferio Occidental del Fondo Monetario, quien debió olvidar sus pretensiones por motivos casi públicos de política mexicana (entre ellos la candidatura a dirigir la Secretaría de la OMC que gestiona el embajador Jesús Seade, la que en este momento parece opacada por las aspirantes africanas) y Mauricio Claver-Carone, quien cuenta con el respaldo del Presidente de Estados Unidos y dice haber alineado a varias naciones pequeñas del hemisferio, que son mayoría en número (en una entidad financiera hay otros factores que inciden en estas decisiones, como la estructura del capital).

Y si bien en este tema el Jefe de la Casa Blanca y sus apóstoles hicieron otra gigantesca burrada, no creo que la inofensiva reacción política de los gobiernos latinoamericanos sirva para generarle escrúpulos o para lograr el firme respaldo de los otros accionistas “no sujetos de crédito” que detentan el otro casi 50% del capital. Por supuesto, también están en juego varios puestos subalternos en la elección de septiembre (¿cuándo hay hambre no hay pan duro?). Lo que no descarto es una eventual prórroga o impasse de esa asamblea.

Al evaluar las chances, conviene tener en cuenta que los pactos éticos no son el fuerte de la ciudad de Washington. El capital del BID es aportado en unos pocos centavos más del 50% por las naciones de América Latina; otro 30% por Estados Unidos, 4% Canadá y 16% por China, Japón y Corea del Sur más 17 Estados europeos. El conjunto de los gobiernos no latinoamericanos mira las alineaciones políticas del país que presenta candidato. Las consecuencias de tal ejercicio de ponderación puede deducirlas usted mismo querido lector.

Quizás por mala memoria, no recuerdo ningún caso en el que la Casa Blanca haya perdido una candidatura en la capital de Estados Unidos o que pudiese triunfar en Naciones Unidas si se trata de una persona o país seriamente objetado por la Oficina Oval.

En Ginebra se dicen cosas sobre el futuro del embajador brasileño Roberto Azevedo, quien dejará el cargo de Director General de la OMC este fin de mes. La que probablemente tenga un regreso laboral en Washington, es la brillante esposa de Roberto, una expresión notable de Itamaraty, con quién tuve el placer de trabajar en el Grupo CAIRNS en Ginebra. Era la época en que la Argentina entendía que la liberalización global del comercio agrícola implicaba un fuerte y legítimo interés nacional y uno de los mejores atajos para la genuina seguridad alimentaria.

Pero faltan datos. Quienes leyeron los diarios de la época no ignoran que Jorge Arguello, el actual embajador de la República en Washington y poseedor de plenos poderes para coordinar a los representantes financieros y políticos de la Argentina en esa sede, que también son voceros de otros países (ya que esos puestos son grupales) en el caso de los directorios del Fondo Monetario, el Banco Mundial y el BID, lo hace un referente integral. Arguello imaginaba que iba a ser Canciller y en cierto modo maneja con ese aura sus funciones en Estados Unidos.

La experiencia dirá como quedarán definidos los roles con Shannon y cuáles son las actividades específicas a cubrir. Se me ocurre que además de concretar reuniones o contactos sobre diversos temas, este diplomático retirado puede devenir, de hecho, en una especie de Jaime Durán Barba vocacional del jefe de nuestra misión ante la Casa Blanca.

Un cuarto y muy discreto factótum lejos del radar de la política exterior, que tiene el oído de todos, y su voz influye en el tinglado oficial, es la del excanciller y actual senador Jorge Taiana, quien hizo un peculiar aprendizaje de la profesión diplomática.

Al margen de las visiones contrapuestas sobre la noción de tener un abrepuertas en Estados Unidos, las reglas y la costumbre local establecen las cosas que puede o no hacer un lobista. Con toda seguridad el embajador Arguello conoce de memoria las líneas rojas de estos contratos. Un operador de esta naturaleza tampoco puede romper lanzas con su cartera de contactos, ya que, si aspira a seguir en el oficio, la confiabilidad y viabilidad de los proyectos que impulsa o gestiona es su patrimonio más relevante. En esa profesión importa ganar dinero, no perder prestigio y no aparecer en los diarios como los hombres del presidente Donald Trump que pasaron por la Casa Blanca desde 2017 en adelante.

Por último, una simple pregunta. ¿Qué perfil de política exterior aspira a presentar nuestro Gobierno respecto de los temas regionales? Les aseguro que la diplomacia de la Casa Blanca y las organizaciones de la sociedad civil de ese país tienen gente que sabe leer los diarios, escuchar la radio y tomar un Valium antes de ver lo que dice Luis Majul. De Jorge Lanata no hablo porque a mí sólo me interesan las muñequitas de carne y hueso.

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