La política exterior de Donald Trump

24 de agosto, 2020

Por Damián Cichero 

El próximo 3 de noviembre serán las elecciones presidenciales en EE.UU. dentro de un contexto de total incertidumbre respecto a quién ocupará la Oficina Oval durante los siguientes 4 años. Uno de los mayores argumentos de Donald Trump para permanecer en el cargo ha sido su política exterior, la cual es destacada por muchos especialistas, tanto como criticada por otros.

Históricamente, los presidentes de EE.UU. han alternado entre dos ideologías: el idealismo (como George W. Bush) y el realismo (como Barack Obama). La primera se encarga de promover la libertad y la democracia por toda la Tierra, intentando alcanzar la paz mundial. Por su parte, el realismo argumenta que la política exterior debe asegurar los intereses nacionales: hay una inevitable tensión entre preceptos morales y los requerimientos de una exitosa acción política. Por ende, no puede justificarse ninguna política nacional con ideas morales, ya que cualquier medio es lícito para lograr los intereses establecidos.

En el caso del actual presidente de Estados Unidos, él mismo ha nombrado a su política exterior como “realista con principios”, alejándose de la idea de que su país debe difundir la democracia por el mundo, para priorizar los objetivos de su país (America First), pero sin desviarse cien por ciento de los principios morales para lograrlos.

La nueva interpretación sobre Medio Oriente

Una de las mayores controversias de su gestión fue la salida en 2018 del acuerdo nuclear con Irán firmado por Obama, donde Trump intentó restablecer el poder de Washington y limitar las capacidades nucleares del régimen islámico. El argumento fue que, según expertos, Irán podría adquirir armas nucleares, aunque cumpliera lo pactado. Los realistas interpretan que los Estados siempre están en la búsqueda de aumentar su poder y seguridad, ya que el sistema internacional es anárquico: no existe una autoridad superior que decida en caso de conflictos y solo el uso de la fuerza permite imponer la propia voluntad de los Estados. Esto los obliga a estar siempre preparados para un conflicto dada la constante desconfianza. Como el país asiático es, desde la Revolución Islámica de 1979, ideológicamente antiamericano y nada indica que vaya a cambiar su postura en poco tiempo, resulta enormemente peligroso que adquiera armas nucleares.

El acuerdo tenía fallas estructurales, por lo que la decisión de imponer sanciones no es desacertada. El problema es no plantear ninguna alternativa a esto, a excepción del continuo choque. Sin embargo, debemos aclarar que, con estas acciones, no se ha buscado un cambio de régimen ni democratizar Irán, sino que Estados Unidos apunta a reforzar la seguridad del país y sus aliados en la región.

La guerra de Irak, uno de los peores errores de la historia norteamericana, generó un desbalance de poder en Asia. La muerte de Saddam Hussein en 2006 y el intento estadounidense de democratizar Irak solo aumentó el poderío iraní. Consciente de ese fracaso, Trump comprendió que “imponer” la democracia en Medio Oriente no es viable debido a factores culturales y religiosos. De ahí que se aleje de la visión idealista de Bush e intente no entrometerse en gobiernos locales, iniciando el retiro de tropas de la región como en Siria, Irak y Afganistán. En 2020 firmó un acuerdo con los talibanes por el cual se compromete a reducir sus tropas de 13.000 a 8.600 soldados y cerrar 5 de sus 20 bases. En 2017, EE.UU. envió un mensaje a la humanidad luego de bombardear una base aérea en Siria como respuesta al inadmisible ataque contra civiles del Gobierno de Bashar Al Assad con gas sarín. Además, en 2019, lideraron una coalición que provocó la derrota más importante de ISIS. Actualmente, se ha retirado un gran número de solados por el poco interés en participar en conflictos regionales, otorgándole mayor protagonismo a Turquía, aliado en la región. Por último, en el caso de Irak, el Primer Ministro iraquí se reunió con Trump, donde se acordó llevar las fuerzas norteamericanas al más bajo nivel lo más pronto posible.

Sus logros más importantes

El mayor logro de la actual administración es su nueva forma de relacionarse con China. Finalmente, EE.UU. ha aceptado el increíble ascenso chino y son conscientes de los peligros que esto puede generar, definiendo así su principal desafío estratégico.Tanto la guerra comercial como la negativa a reconocer los reclamos de soberanía china en el Mar de la China Meridional le han demostrado al país asiático que su comportamiento dentro del sistema internacional, su autoritarismo en Hong Kong y su “abuso” en la OMS y la OMC no serán tolerados por los países occidentales.

En los últimos años, Estados Unidos ha reforzado sus alianzas con países clave en la región para contener a China. Por ejemplo, en el Océano Pacífico, se han reafirmado las alianzas con Japón y Australia, catalogándolas como “cruciales” e “inquebrantables” para asegurar la libertad en el Indo-Pacífico, donde ambos países se han comprometido a aumentar significativamente su presupuesto militar para compensar el aporte norteamericano. En la zona continental, India continúa aumentando su poderío militar y económico, lo que la convierte en un aliado contra China y por ello este año se firmó un acuerdo militar por US$ 2.600 millones.

Otro logro de Trump se relaciona con Corea del Norte, que es uno de los grandes conflictos que su país arrastra hace años. Históricamente, las políticas no han sido positivas respecto a la resolución del problema en la península. En este caso, el actual Presidente ha cambiado la estrategia, lo cual no asegura completamente el éxito, pero sí ha tenido grandes avances.

En 2018, Trump se reunió con Kim Jong-un en la cumbre de Singapur, en lo que constituyó el primer encuentro oficial entre mandatarios de estos países. La declaración conjunta firmada por ambos suspendía las maniobras estadounidenses en la península coreana y fomentaba la cooperación. Pero es el pragmatismo de Trump lo que debemos remarcar. En 2019, el G20 fue realizado en Corea del Sur, y el Presidente estadounidense logró, con un simple tweet, generar un nuevo encuentro histórico con el líder norcoreano en la zona desmilitarizada del paralelo 38. Se convirtió en el primer mandatario de su país en traspasarlo, y envió así un mensaje de paz al mundo. En este contexto, no parece un dato menor que la última prueba nuclear de Corea del Norte fuera en septiembre de 2017.

El Covid-19 y las futuras elecciones no han sido un gran aliado en esta cuestión, ya que Estados Unidos ha tenido que correr su atención de este conflicto por sus problemas políticos y sociales internos, lo que ha generado algunas tensiones. Pero, ante una posible reelección, no deberíamos descartar nuevas negociaciones que logren la desnuclearización de la península.

¿Y su peor error?

La mayor crítica al actual dirigente norteamericano, desde luego, ha sido su falta de interés en mantener el orden liberal y el multilateralismo, creado justamente por su país. En un mundo cada vez más complejo e interconectado, donde los actores no gubernamentales cobran cada vez más importancia, parecería errada la estrategia de alejarse de estas bases.

El ya mencionado acuerdo con Irán fue uno de los triunfos de la diplomacia multilateral de la historia pero, en un abrir y cerrar de ojos, Trump lo abandonó sin ningún resquemor. Aunque hubo otra decisión de mayor impacto: fue en 2017, cuando EE.UU. abandonó el Acuerdo de París sobre el cambio climático. La importancia de dicho acuerdo se refleja en que 195 países forman parte del mismo. El país americano aportaba el 21% del reposicionamiento (replenishment) para el Fondo para el Medio Ambiente Mundial, por lo que su salida imposibilitará cumplir muchas de las metas pautadas.

A esto debemos sumar el poco interés por parte de Washington en prorrogar el New START con Rusia respecto al control bilateral de armamento nuclear y las constantes críticas a la OTAN, a la que acusa de no invertir el 2% de su PIB en gastos de defensa, algo que según Trump debe implementarse de inmediato.

Pero cabe preguntarse si la actual unilateralidad de EE.UU. y su desinterés por seguir liderando el sistema internacional han convertido al mundo en un lugar más peligroso. Durante la gestión de Trump, se han firmado numerosos acuerdos de defensa y comercio con países como Brasil, Taiwán, México, Canadá, Corea del Sur, además de los ya mencionados. Recientemente firmó, junto con Israel y Emiratos Arabes, el histórico acuerdo para normalizar sus relaciones, un paso fundamental para solucionar el conflicto de Medio Oriente, ya que Israel solo tenía acuerdos de paz con países de la región: Egipto y Jordania.

También se ha informado que representantes de Serbia y Kosovo se reunirán el 2 de septiembre en la Casa Blanca en busca del reconocimiento mutuo de estos dos países. Los países balcánicos, justamente, se han mostrado muy disconformes con la falta de interés de la Unión Europea, mediadora hasta el momento y símbolo del multilateralismo. La participación de la Casa Blanca rememora los acuerdos de Camp David de 1978, cuando, gracias a la mediación de Jimmy Carter, se logró la ya recordada paz entre Egipto e Israel.

Vivimos en un mundo bipolar, con posibilidades de convertirse en multipolar, donde cada vez surgen más potencias. Es probable que las capacidades de Estados Unidos de liderar el mundo resulten cada vez más limitadas. Donald Trump está tomando decisiones por motu proprio, que seguramente sus sucesores tendrán que determinar obligados por la realidad y, por el momento, parecen haber sido acertadas.

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