En qué nos cambia la vida el acuerdo de la deuda

14 de agosto, 2020

Por Manuel Alvarado Ledesma

El anuncio del acuerdo entre Argentina y los bonistas entró por las puertas del país como un bálsamo. El 4 de agosto, el clima cambió para los decisores económicos y la gente de a pie. De un ambiente de alta temperatura, espeso e incierto, pasamos a uno algo más fresco y un poco más previsible.

Caminábamos en una laguna, donde nadie sabía qué pisaba. Pero, ahora avanzamos sobre el barro, con la mirada puesta en tierra firme, que ya se advierte en el horizonte.

¿Qué es lo importante de esto? Es tener a la vista el piso firme, donde sí podremos construir lo que empecemos a planear. El acuerdo, además, significa un rebalanceo en la estructura de poder a favor de Alberto Fernández y en desmedro de la vicepresidenta.

El punto no es menor porque, en el contexto del problema de la deuda soberana en vías de superación, el áspero clima de negocios mejorará. Ahora, parece más factible que la hostilidad hacia la economía de libre empresa disminuya, aunque sea levemente.

Obviamente, ello debería significar un determinado giro, aunque no sea de gran magnitud, en la política económica. Si lo hizo Juan D. Perón en 1952, ¿por qué no habría de hacerlo el actual presidente? El acuerdo muestra un pragmatismo que, aunque algo tardío, es de resaltar como un logro del Gobierno.

Se trata de un pragmatismo que allanaría el camino para que la gente, el Estado y las provincias puedan refinanciarse a tasas más razonables. Especialmente en el mundo actual donde lo que sobra es la liquidez. Es que los grandes bancos centrales del mundo han puesto, a favor de la producción, gigantescas cantidades de dinero para compensar la abrupta baja del PIB global.

Argentina, a partir de este nuevo cuadro, enfrentará vencimientos de títulos externos por tan sólo U$S 4.500 millones en los próximos cinco años, en vez de U$S 30.200 millones. Y entre 2025 y 2028, los pagos ahora pasan de U$S 33.000 millones a U$S 24.000 millones. Es obvio que gran parte del problema quedará para el siguiente gobierno. Pero, al menos, el presente mejora.

¿Cuál es el beneficio de haber logrado este acuerdo? Permítanme decir que no hay precisamente un beneficio. Lo que sí, claramente, hay es la desaparición de múltiples obstáculos para el desarrollo y para poder mejorar el nivel de vida de la gente.

¿A qué me refiero con los obstáculos? Pues bien, a que ahora queda descomprimido el pesado y ajustado cronograma de vencimientos heredado.

Como no podía haber un nuevo programa con el FMI si no se acordaba con los bonistas, ahora las posibilidades de una exitosa negociación con este organismo son grandes. Argentina es el gran deudor de este organismo, debido a que en 2018 prestó al país cerca del 80% de su total. Una vez totalmente cerrado el problema de la deuda, quedará atrás el noveno default de la Aistoria Argentina, tristemente reconocida a nivel global.

Esta restructuración, junto a la de los pasivos emitidos en dólares bajo legislación local y la renegociación del crédito con el FMI, nos abren un camino hacia la tierra firme. Así, puede bajar la demanda de dólares, relajarse la presión sobre las reservas y liberarse recursos del presupuesto.

Se patea todo el paquete para más adelante. ¡Pero cuidado! La bomba queda para el futuro.

Un acuerdo final y definitivo será la llave para la reapertura de los mercados de deuda. Ello significa, empezar a recorrer la senda de la recuperación económica, después de más de dos años de recesión.

Concluidas estas negociaciones favorablemente, el país pasará a formar parte de aquellas economías en condiciones de captar dinero para crecer, luego de la cruenta pandemia global.

Pero el Gobierno no tiene margen para aventuras. Viene el tiempo de alcanzar los superávits gemelos, mediante un plan económico, que priorice la inversión fundamentalmente destinada a la exportación. Los resultados pueden ser muy rápidos por la elevada capacidad ociosa existente.

Dicen que Dios aprieta, pero no ahorca. Si resulta ello cierto, es el Gobierno el que tiene en sus manos la salida, el de la libre empresa y los derechos de propiedad asegurados. Aunque ciertamente doloroso, ésta es menos cruenta que cualquier otro camino donde cantan las sirenas de la mitología griega.

Siempre y cuando las instituciones no sean arrolladas, la verdadera salida, para un país con tantos excesos en su Historia, está en no tomar deuda. Y para ello, no tiene que haber déficit fiscal. Cualquier desmesura, sea déficit, emisión o rojo patrimonial extremo del BCRA, se paga con devaluación y licuación inflacionaria. Y lamentablemente, éste es el futuro inmediato. Resulta difícil creer que no viene una devaluación y mayor tasa de inflación.

Pero, afortunadamente, el golpe será menor cuando se alcance un acuerdo final.

(*) Las opiniones expresadas son personales y no necesariamente representan la opinión de la UCEMA

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