Del avance al plan

7 de agosto, 2020

Por Carlos Leyba

El avance en el camino de salida del default, un logro, mejora nuestras posibilidades de futuro. Bien por ello.

Convengamos que la situación más insustentable, de las imaginables, era la de agregar a todas las plagas (pandemia, estanflación, pobreza, etcétera) la del default, que sería el heredado de la gestión de Mauricio Macri y de Juntos por el Cambio.

Aclarémoslo también: los economistas del radicalismo, que no son pocos y gozan de acceso a los medios, callaron ante las barbaridades de los ministros y presidentes del BCRA designados por Mauricio. Comparten la responsabilidad. Volvamos.

En default las posibilidades de futuro serían obscuras. Lo que ha logrado Martín Guzmán es poner más claridad en un escenario de mucha penumbra.

La luz ayuda a ver. Pero no desvanece la realidad que debemos enfrentar. Pensar qué hacer para cambiar el balance futuro, porvenir, requiere claridad presente. No es fácil. Falta mucho para el amanecer.

El ministro Guzmán, por aquello que un gráfico dice más que mil palabras, en su breve conferencia de prensa, sintetizó la propuesta argentina en unas barras color naranja que evidenciaron el alivio notable en nuestras obligaciones inmediatas.

La comparación se realizó contra otras barras que graficaban, año a año, las obligaciones de imposible cumplimiento tomadas por Macri.

El cuadro de la presentación, llamado “Perfil Comparativo”, marca, primero, que los compromisos originales establecían, para este año 2020, pagos por US$ 12.000 millones, que bajaban a alrededor de US$ 10.000 millones en 2021 y 2022, respectivamente; a US$ 9.000 millones en 2023 y a casi US$ 7.000 millones en 2024. El primer escalón estaba mas arriba que el último.

Ese calendario de pagos identifica con claridad la dimensión de lo imposible y de la catástrofe comprometida por Mauricio y sus “brillantes CEOs”, habida cuenta que nadie nos prestaría una moneda para hacernos cargo de esas deudas impagables. En ese flujo no se registra la deuda con el FMI y las que rigen en el orden interno.

Los pagos de la propuesta, finalmente aceptada por los principales acreedores, empiezan recién en 2022 (poco en 2021) y esas obligaciones crecen rápidamente hasta 2025 (US$ 7.000 millones) cuando se tornan “pesadas” hasta 2030 (casi US$ 9.000 millones por año). “La escalera” propuesta se normaliza suponiendo que el tiempo proveerá. Lógica del optimismo.

Guzmán logró (o logrará), con su gestión, un alivio enorme de las cargas financieras en dólares que, no hay que olvidarlo, seguirán siendo enormes por muchos años.

Guzmán no redujo el valor nominal del capital de nuestra deuda externa. Una estrategia, si se quiere una formalidad, de enorme valor.

Vamos a devolver el capital: cada lámina de 100 seguirá valiendo casi 100. Los suscriptores originales no experimentarán una pérdida de capital. Los especuladores, que compraron por monedas esas láminas, estarán haciendo una ganancia extraordinaria.

No tengo la menor idea de la fecha en que los “fondos” se hicieron de nuestra deuda. Pero esta vez “los justos” no pagarán por los “pecadores” si bien estos estarán festejando.

El principal logro de Guzmán está en haber reducido el nivel de la tasa original de interés pactada a la mitad o menos. Según el ministro, la nueva tasa se encuentra en el entorno del 3% anual sobre el capital adeudado.

Una muy buena tasa para quienes colocan en inversiones financieras seguras. EcoGo, la consultora de la brillante economista Marina dal Poggetto, en un informe, previo a la conferencia de Guzmán, señaló que “en el último mes colocaron deuda Perú, Chile, Uruguay, Brasil, Colombia, México y Paraguay con tasas entre 2,5% y 4,5%”. La negociación de Guzmán nos hizo volver, como prestatarios, a los niveles de los países vecinos; al promedio latinoamericano de tasas de interés: un indiscutible éxito.

Una aclaración: la tasa de descuento del 10% aplicada sobre los flujos de la negociación determina como valor presente que por cada 100 dólares devolveremos 54,8. Pero si aplicamos como tasa de descuento el 3%, entonces la pérdida, con respecto al valor original, se aproxima a cero.

No es lo pactado. Pero lo pactado era imposible e irracional. Volvemos a lo racional y posible. Gracias. Lo inexplicable es cómo pudimos haber viajado a la zona del doble de la tasa de interés de los vecinos, habiendo sido presentados al mundo de las finanzas por el equipo PRO de funcionarios públicos que fueron, antes de eso, operadores, funcionarios, asociados, amigos de los colocadores. ¿Los conocían, los respetaban, les confiaban?

Esta vez, el joven Guzmán, que califica como parte del staff académico y no como conocedor del medio de las finanzas, bajó la tasa a menos de la mitad. Son hechos. Hechos que nos han conducido al mismo nivel de confianza que ofrecen los países vecinos.

Claro que fue gracias a una amenaza de no pago y cuando los prestamistas ya estaban en “cuarentena financiera”. Dejo de lado las invocaciones al Papa Francisco, a los amigos de la city y recuerdo que los dueños de las finanzas sólo ven números y no piensan en sus postrimerías. Simplemente los números señalan que lo propuesto no es un mal negocio.

El segundo logro, que sin el primero (la baja de la tasa) sería como aplazar la fecha de la silla eléctrica, ha sido el desplazamiento del calendario de vencimientos. Un alivio enorme en términos de lo que estaba establecido.

Si todo sale bien, además de pagar menos (a la tasa de 7% anual la deuda se duplica en 10 años y a la de 3% en 23 años), durante el mandato presente solo se deberá oblar, a los acreedores privados de ley extranjera, sumas manejables, dejando para los próximos mandatos las importantes y crecientes hasta 2028 que, según el “Perfil Comparativo” bajan en 2030.

Una mirada gráfica, como lo propuso Guzmán en su conferencia, nos señala que los tres años que le quedan a este mandato presidencial deberán ser, para no volver a lidiar con la sombra del default, unos en los que habrá que ganar la confianza de los mercados internacionales para que, a partir del próximo Gobierno, el país sea acreedor de la “confianza” o el crédito que es la misma cosa.

Confianza y crédito para renovar gran parte del capital ya que se supone que estaremos en condiciones de cancelar los servicios de intereses pactados e inclusive bajar parcialmente el stock de esa deuda, no de cancelarla.

La lógica de las finanzas es que existiendo enormes masas de capitales, que aspiran a obtener rendimientos financieros, existen deudores capaces de pagar esos rendimientos y mantener la confianza en la colocación. Lo que está implícito en las palabras de Guzmán es que posee un programa que necesariamente incluye las consecuencias que a continuación menciono.

Para los próximos años tenemos que tener capacidad de generar la cancelación de servicios (para no aumentar la deuda), reducir la deuda en parte y además, fundamental, generar la confianza de los mercados para la refinanciación a la misma tasa (3%) o tasas menores. Más allá de la no exposición de proyecciones sólidas de las cuentas necesarias lo que está implícito es que todo eso ocurrirá (cancelación y confianza).

En otras palabras, Guzmán asegura que las condiciones que él habrá de generar para el funcionamiento de la economía de ahora en más, harán posible, no sólo en 2022 y 2023, cumplir con los acreedores privados externos y con las exigentes condiciones de los años que van hasta 2030.

Cumplir significa atender los servicios y generar la confianza para la refinanciación y esa tiene que empezar una vez firmado el acuerdo.

Debemos agregar que, en esas mismas cuentas que tienen que ver con la generación de dólares netos, deberán computarse las que resulten de la negociación con el FMI que, en dólares, son cantidades casi equivalentes considerando que, en el caso del FMI, difícilmente haya quitas o cambio de tasas pactadas.

En el arreglo con el FMI podemos computar alargamiento de plazos e inclusive (si así lo requiriera el país) más fondos. Naturalmente nadie desconoce que el FMI, a contrario de los financistas privados que exigen tasa, exige condicionalidades. Es decir medidas y programas, que en la concepción del staff del FMI suponen la manera de permitir el cumplimiento de esas obligaciones y “ordenar” la economía para que no resulte en un demandante permanente de fondos.

Las “condicionalidades” o las “supervisiones” programáticas del FMI fueron las que Néstor Kirchner quiso evitar cancelando US$ 9.500 millones de deuda de un plumazo (2006) y a los pocos años (2009) el mismo Martín Redrado accedía al swap chino cuyas condicionalidades no se hicieron esperar. Cuidado con las condicionalidades. Guzmán ratificó en la conferencia la “visión” de Alberto Fernández al afirmar que no deberíamos esperar un plan” y si objetivos que Martín sintetizó como un “desarrollo inclusivo, dinámico y sostenible” y luego repitió “inclusive, dinámico y estable”.

En una presentación en la Universidad de Columbia, Guzmán hizo pública una proyección de su mirada de largo plazo en términos de objetivo y señaló una tasa de crecimiento del PIB de 1,7% anual hasta 2030. Es obvio, no lo duda Guzmán, que a esa tasa de crecimiento, y dejando de lado las obligaciones externas, es imposible incluir al 60% de los que estarán excluidos en la pandemia, según anunció Unicef.

A la tasa de 1,7%, nuestro producto se duplicaría en 41 años. Y descontando el crecimiento de la población, a ese ritmo, el PIB por habitante se duplicaría en 116 años. No se lo ve ni inclusivo ni dinámico. Tal vez pueda ser estable. De ninguna manera sostenible.

Así como Guzmán comprendió y ejecutó que el programa de endeudamiento era insostenible, excluyente y pasivo y por eso lo rectificó, su proyección de crecimiento es absolutamente insostenible. Su gran desafió, aunque no enuncie un plan o un programa, es convocarnos a crecer “en serio” a tasas chinas, incluyentes, dinámicas, sostenibles.

¿Cómo nos convocará?

La respuesta, aunque no lo diga, es un plan. Y ese plan es muy difícil ejecutarlo con la grieta estúpida que “la política minúscula” agiganta cada día. Con los financistas nos hundimos. La economía no alcanza. Toda política es plan. Aunque no nos demos cuenta.

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