Argentina y Brasil necesitan retomar el diálogo presidencial

10 de agosto, 2020

Por Atilio Molteni Embajador

Aunque Brasil no escapa a muchos de los severos problemas que hoy estrangulan el desarrollo global, su dirigencia no suele invertir mucho tiempo en culpar a terceros de sus penurias económicas ni de sus sobresaltos de política exterior. Esa singular cultura del pragmatismo podría ser una palanca útil para reactivar, hasta donde sea posible, los estímulos del comercio recíproco y los vinculados con una racional apertura hacia terceras naciones. El punto de partida sería el restablecimiento del diálogo franco y positivo entre los líderes de ambos gobiernos sobre la base de discutir los diferentes elementos de la integración comercial y económica. Ningún manual obliga a zanjar los diferendos políticos para alcanzar un vínculo positivo en el ámbito del desarrollo regional. Todo esto a sabiendas de que Planalto apunta a suscribir un acuerdo bilateral de comercio e inversión con Estados Unidos, el que por ahora está en suspenso por las elecciones presidenciales en ese país y cuyos primeros escarceos se pueden hallar en la los diálogos del ex Presidente Lula con el entonces Presidente George Bush (h).

Superar la distancia social surgida entre los principales socios del Mercosur, es un asunto prioritario para las exportaciones argentinas y por lo tanto una clara asignatura pendiente. El nuevo diálogo entre mandatarios y equipos nacionales no debería limitarse sólo a las ya frecuentes consultas sobre la inserción del Mercosur en el mundo.

El presidente Jair Bolsonaro ganó las elecciones a la presidencia de Brasil en octubre de 2018, tras vencer a Fernando Haddad del Partido de los Trabajadores (PT), una fuerza que perdió la confianza de la sociedad tras la mala gestión que siguió al mandato de Lula y por la furia que provocaron los sucesivos y diferentes escándalos de corrupción verificados en esa etapa. Bolsonaro es un exmilitar de baja graduación y de extrema derecha, quien ejerció por 28 años como diputado federal. Su gestión parlamentaria no causó gran impresión y su tendencia al autoritarismo lo indujo a proponer una muy dura represión para reducir la delincuencia.

El PT ejerció la presidencia entre 2003 y 2016, fecha en la que la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, enfrentó un juicio político muy controvertido, con el que se la destituyó. Contra lo que se esperaba, la gestión de Lula se reflejó en un sólido progreso económico a raíz de los precios mundiales de sus principales exportaciones, hecho que permitió una extensa acción social, como el programa “Bolsa Familia” que benefició y sacó de la pobreza a millones de habitantes.

A partir de 2014 Brasil enfrentó una seria crisis económica y política, alta criminalidad y numerosos casos de notoria corrupción como el denominado “Lava Jato”, que involucró a numerosos miembros de las clases política y empresarial, un escenario que culminó con el procesamiento penal del ex Presidente Lula (quien estuvo en prisión hasta noviembre de 2019), factor que le impidió presentarse a las elecciones de 2018.

Como saldo de estos hechos el conjunto de la clase política terminó desprestigiada, inclusive la Social Democracia Brasileña (PSDB) del emblemático Fernando Enrique Cardoso. Ese importante sociólogo presidió el país durante dos períodos consecutivos entre 1995 y 2002 y fue padre de la estabilidad económica y la seguridad social.

La llegada al poder de Bolsonaro tampoco se apoyó en una efectiva maquinaria electoral. Su patrimonio fue un discurso político adecuado a las circunstancias brasileñas, pues le permitió ser visto como un dirigente capaz de traer orden y estabilidad a una sociedad angustiada por la ausencia de esos básicos requisitos de convivencia social.

El triunfo de este novato se originó en la debilidad de los Partidos tradicionales, el apoyo de las iglesias evangélicas enfrentadas con el PT, la utilización intensiva de las redes sociales en su campaña, la solidaridad de los militares, el mensaje económico liberal de Paulo Guedes (el actual Ministro de Economía), así como por su lucha contra el delito y la corrupción, reflejada por la designación de Sergio Moro como Ministro de Justicia y Seguridad, factótum del “Lava Jato”.

Bolsonaro también reivindicó los logros de los gobiernos militares y designó como vicepresidente al general retirado Hamilton Mourao e integró un gabinete nacional en el que 10 de sus 22 ministros son militares y cientos de oficiales asumieron puestos de menor rango dentro del gobierno. La reciente publicación de un “Libro Blanco de la Defensa” con una visión geopolítica nacionalista, también dio pie a que muchos observadores sostengan que existe un régimen militar “de facto”.

Cuando Bolsonaro asumió el gobierno de la mayor economía de América Latina, la novena del mundo y la nación más poblada del Hemisferio Occidental (220 millones de habitantes) después de Estados Unidos, el país ya registraba una larga y persistente recesión. Sus primeras medidas de política económica y los cambios introducidos en las regulaciones del trabajo se orientaron a favorecer las inversiones extranjeras, aumentar la productividad y disminuir el gasto público, reforma que se extendió al sistema de pensiones (44% de dicho rubro) y la deuda pública (la que equivale al 78% del PIB, que en 2019 alcanzó a los US$ 1.900.000 millones). Cabe destacar que en los últimos años Brasil venía protagonizando la mayor recesión de su historia, cosa que a estas horas se agrava por el enorme daño surgido del Covid-19.

Bolsonaro es también conocido como el “Trump tropical” y se maneja con agresividad contra la prensa, las ONG, la Justicia y el Congreso. En muchos sectores, su administración es identificada con el caos y no sabe cómo lidiar con el Congreso, ya que el partido oficial es absolutamente minoritario, lo que hace difícil llevar adelante sus propuestas (sólo lo respaldan 4 de los 81 senadores y 52 de los 513 diputados).

Una encuesta de junio pasado concluyó que sólo el 32% de la población apoya al gobierno (ganó las elecciones por el 55%), el 23% lo considera razonable y el 44% lo estima malo o muy malo. Una de los principales fracasos de la actual gestión es el manejo de las políticas contra el Covid-19, pues el Jefe de Planalto tuvo una actitud negadora de la pandemia, a la que comparó con una enfermedad menor y descalificó de mala manera a la gente que se preocupa por la existencia de tal virus.

Al 8 de agosto, los contagios de Brasil superaban los 3 millones, cifra que incluye al propio Presidente y su esposa. El número de fallecidos excedía los 100.477 (cerca de la mitad de los de América Latina), o sea el país más afectado del Hemisferio después de Estados Unidos. Los costos económicos y políticos de esta situación son muy importantes, ya que se estima que su PIB va a decrecer 6,5% en 2020 y recién podría recuperarse levemente el año próximo.

Otro de los temas irritativos fue la enorme deforestación de la Amazonia, donde se registra el 40% de los bosques tropicales del planeta, tiene del 10% al 15% de la biodiversidad de la Tierra y es, o debería ser, uno de los principales antídotos del cambio climático.

Durante su campaña electoral Bolsonaro declaró que las áreas protegidas de Brasil constituían un obstáculo al crecimiento, por lo que al asumir el mando limitó el régimen legal de conservación. También desechó las numerosas críticas internacionales surgida de las fuerzas de izquierda y proclamó que esa región era un enclave soberano de su país.

Recién en julio pasado ante la presión de gobiernos europeos e inversores brasileños y extranjeros, Brasilia adoptó algunas medidas temporarias de protección y puso en marcha una operación militar para aplicarlas. Además se comprometió a permanecer en el Acuerdo de París sobre Cambio Climático.

Tampoco el “Lava Jato” está a salvo. En abril, el Jefe de Planalto despidió al titular de la Policía Federal y horas después renunció Sergio Moro, el Ministro al que acusó de interferir en una investigación para proteger a sus hijos, uno de ellos, Eduardo, por su posible vinculación con grupos extremistas de derecha que se manifiestan en favor de clausurar el Congreso y el Supremo Tribunal Federal, y a su hijo Flavio (Senador por Río de Janeiro), acusado de corrupción por lavado de dinero, ambos con gran influencia sobre el padre.

En el ámbito económico, Guedes espera retomar el ajuste del presupuesto una vez superada la pandemia a fin de continuar con las reformas estructurales que permitan captar nuevas inversiones extranjeras y proseguir la lucha contra la desigualdad.

Para ello presentó al Congreso dos propuestas con el fin de consolidar impuestos existentes y aumentar la base tributaria (actualmente es del 32,3% del PIB). Las reformas se orientan a financiar, entres otros, el programa que remplaza al “Bolsa Familia”. Sin embargo, se prevé que la negociación va a encontrar problemas en esa rama del poder.

Además, si bien en el ámbito de la política exterior Brasil se alineó profundamente con Washington, en las últimas semanas empezó a recular. El presente enfoque dista de la autonomía y el globalismo que caracterizó a Brasil, y se aleja de la figura cumbre de su diplomacia, el Barón de Río Branco, quien era una ferviente impulsor de la moderación y no intervención, buscando preservar su identidad nacional.

Planalto busca una relación económica y comercial más ambiciosa y altamente cooperativa militar y de seguridad con Washington, lo que incluye cimentar la afinidad personal entre ambos Presidentes, quienes utilizaron con éxito en sus campañas electorales un acérrimo populismo. Bolsonaro se manifestó en favor de algunas de las iniciativas polémicas de Donald Trump, desde Jerusalén a Venezuela.

Sin embargo, China es su mayor socio comercial (US$ 100.000 millones en 2019), y Brasil es el destino del 50% de las inversiones chinas en Latinoamérica. También son importantes los BRICS, que ambas naciones integran junto a Rusia, India, China y Sudáfrica, que tiene por objeto de actuar de común acuerdo en temas de su interés. En especial en que se trata de un momento en que las relaciones de Estados Unidos con China han pasado, en un período muy breve, de la cooperación a la confrontación. Este Brasil tendrá que blanquear sus vínculos con ambas potencias.

Dejá un comentario