Unicornios, camiones, el Zoom de AEA-CGT y la demanda del plan

24 de julio, 2020

Por Alejandro Radonjic

La semana arrancó con la tensión laboral entre dos colosos, por potencia y simbología: Mercado Libre y el Sindicato de Camioneros. En las redes, donde todo se multiplica, se dijo de todo, más que las propias partes. Unos criticaban la medida de fuerza camionera contra la empresa más valiosa del país, con un “market cap” de US$ 50.000 millones y con un mundo que viene muy fértil para su área: el e-commerce. Decían, incluso, que el bloqueo camionero era un símbolo de la postración económica de Argentina. Un así nos va…Otros salieron a criticar el modelo de negocios del unicornio, el modelo de capitalismo que propone, sus políticas laborales draconianas. Un “por acá no…”. Lo resumió Pablo Moyano: “¿A quién se comió Mercado Libre? ¿Quiénes son para no respetar la dignidad de los trabajadores?”.

Días más tarde, otra postal: un Zoom, algo bien de estos días pandémicos. Los popes de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) y los de la Confederación General del Trabajo (CGT). Otros dos pesos pesados. El encuentro en sí, aunque llamativo, no causó tanto asombro como el comunicado conjunto. Allí pedían desde “la necesidad de reducir gradualmente la presión tributaria sobre el sector formal de la economía” y salir del default hasta tener una “inserción inteligente” en el mundo y potenciar la educación técnica. No sorprendían los conceptos, ya clásicos, desde el empresariado sino el “gancho” de la CGT en un comunicado que no decía “Estado”, ni hablaba de gravar los altos patrimonios, Vicentin o elogiaba la doble indemnización. En suma, mostró una coincidencia conceptual inédita, más allá de que sus contenidos eran postulados políticamente correctos. Los problemas políticos y económicos, ya se sabe, no aparecen con los objetivos sino con los instrumentos.

Dos postales, opuestas por cierto, de la relación entre empresarios y trabajadores. Ambas, con un Estado ausente. “No presté atención”, dijo el Presidente ante una pregunta sobre la primera postal mientras que el Estado tampoco estuvo en la segunda.

Estos días, también, se volvió a hablar del “plan económico”. No es una emergencia temática casual. Todos se preguntan cómo seguimos desde agosto o cuando el pico vaya bajando. Es algo que excede a la economía, pero el papel de esta es clave, como siempre, en lo que viene. El Presidente dijo que los planes no son de su simpatía y los privados, con mayor o menor volumen, salieron a reclamar uno.

La amenaza que enfrenta hoy el tejido empresarial vernáculo (con su obvio impacto en los niveles de empleo) es mayúscula y la proporción de empresarios y sindicalistas que creen que “esto es peor que 2001” crece día a día. O sea, peor que la peor crisis. Ese nivel. Su activismo, habitual, hoy es necesario para sobrevivir, y ya no para crecer o militar cuestiones que hoy lucen bizantinas. La AEA y la CGT se unen porque ya no hay excedente para pujar. Más aún: el propio esquema que da origen a ese excedente (hoy potencial) está en riesgo. Piden volver a Fase 1 para ponerle un piso a la crisis.

No se puede decir que el Estado “hoy no hace nada”, aunque el paquete de estímulo sobre el PIB sea pequeño en clave comparativa. El Estado está haciendo cosas. Insuficientes, sí, pero se mueve. El problema viene un poco más adelante. Cuando baje la marea y volvamos a las calles, cuando lleguen órdenes de compra en la pospandemia que sean 30-40% menores que en la prepandemia, cuándo haya que “sincerar” precios relativos, cuando haya que aspirar el bombazo monetario del BCRA. El tema casi excluyente de la agenda prepandémica era la deuda en dólares bajo Ley Extranjera. El primer semestre de 2020 no fue el planeado (para nadie en ninguna parte del mundo), pero el “deal” no está aún.

Con ese mar de fondo, los “animal spirits” están desorientados y el Estado debe tomar debida nota. Más aún si cree, con mucha razón, que la salida de la crisis será con un Estado activo, pero con privados motorizando la reconstrucción de la demanda agregada. El Estado llegará exhausto y deberá sacar el pie del acelerador fiscal. Quizás no sea un plan ambicioso (quién puede serlo hoy) o tan vinculante que encorsete demasiado, quizás no tenga nombre, pero debe estar presente de alguna forma. “Vamos a tratar de volver a la normalidad paulatinamente”, dijo el jefe de Estado. Acertado, pero esa normalidad será muy distinta y, cuanto menos en el corto plazo, peor. Todos irán planificando, a nivel personal y organizacional, sus vidas. Algunos tardarán más, otros menos, en readaptarse a ese nuevo mundo que se otea en la TV por ahora. Más allá de la readaptación privada, el Estado debe liderar con la batuta para que la orquesta toque una mejor música.

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