Una pantalla

21 de julio, 2020

Por Federico Recagno  Secretario General de la Asociación del Personal de Organismos de Control (APOC) y Secretario General de la Organización de Trabajadores Radicales-CABA

La reclusión en cuarentena nos forzó, sobre todo en las ciudades, a transitar el aislamiento casi como una prueba de supervivencia urbana.

El mundo de los afectos redujo sus límites de encuentro, la educación abandonó las aulas. Los festejos, las celebraciones religiosas, las consultas médicas, psicológicas, legales, sufrieron transformaciones impensadas.

La gastronomía, el turismo, la construcción, el comercio y tantas actividades sufrieron un golpe demoledor, y a las que no noquearon les siguen contando. La economía y, particularmente, el trabajo, ven sus horizontes desdibujados por la niebla de la pandemia.

Todo el afuera se fue achicando y debimos encontrar en la tecnología, una herramienta que ya estaba, el soporte para esquivar y sobrellevar, en parte, el encierro.

Las TIC (tecnologías para la información y comunicación) se metieron de lleno en todas nuestras relaciones sociales y el trabajo no resultó la excepción. Las y los trabajadores aportaron toda su buena voluntad para intentar cumplir las tareas desde sus hogares, pusieron a disposición sus propios equipos, su conectividad, sus horarios inciertos, compartiendo dificultades con otros miembros del grupo familiar y con sus organizaciones y/o empresas.

Todo este desorden laboral resultó un gran ensayo para avanzar en la posibilidad del teletrabajo. Así fue que la Cámara de Diputados dio media sanción a un proyecto consensuado al respecto.

La discusión del teletrabajo en Diputados fue abierta y con participación de diversos espacios políticos, representantes de los trabajadores, empresarios y técnicos. El resultado, positivo, ha dejado algunas consideraciones pendientes.

En principio, no incluye el teletrabajo en el sector público ni para el universo docente, ambas omisiones dan para futuras publicaciones. Pero, a pesar de estas exclusiones, avanza de modo satisfactorio, en varios aspectos, a saber, iguala en derechos y obligaciones a los teletrabajadores con los trabajadores presenciales, el empleador debe suministrar los elementos para realizarlo o, en su defecto, compensarlo, como así también procurar la capacitación pertinente.

Legisla en tareas del cuidado, sumando perspectiva de género. Cabe señalar que los roles de jefatura son los más sencillos de llevar al teletrabajo y el 70% de los puestos directivos actuales están a cargo de hombres.

La adhesión del trabajador, previamente presencial, al teletrabajo debe ser voluntaria y reversible. Es decir, debe haber conformidad del trabajador/a a su nueva tarea a distancia y puede ser revocada por el mismo trabajador en cualquier momento de la relación.

Esta reversibilidad enfrenta los mayores cuestionamientos, sobre todo en los contratos que se pactan al inicio del vínculo laboral. La media sanción determina que, si el trabajador es tomado de la calle para, desde el comienzo, realizar teletrabajo puede pasar a presencial si lo establece la negociación colectiva. Los empleadores interpretan que esta posibilidad es desvirtuar el pacto inicial con las consecuencias negativas sobre la planificación de recursos humanos de la empresa.

Legisla el proyecto en materia de derecho de desconexión, que los trabajadores no puedan ser requeridos en cualquier momento, principio que es aceptado en general, pero que algunos interpretan de difícil cumplimiento exhaustivo. Algo similar ocurre en cuanto a accidentes de trabajo, alcances y coberturas de los mismos, privacidad e inspecciones, invasión de la intimidad y demás. Estos temas y otras interpretaciones quedan a ser ampliadas en los convenios colectivos respectivos.

La Argentina viene padeciendo el trabajo precario (en negro) desde hace muchos años y de manera creciente, en detrimento del trabajo registrado. Esta situación coloca a las/os trabajadores en una aceptación muy poco libre de su posibilidad laboral, debiendo consentir, producto de la necesidad, condiciones que rozan lo indigno. No parece que la economía pospandemia mejore este cuadro.

Por ello es útil una legislación que contribuya a equilibrar fuerzas dispares frente al empleador abusivo. Por otra parte, varios sindicalistas temen que el teletrabajo debilite las posibilidades de agremiarse y afecten, consecuentemente, los recursos de las entidades que manejan.

Uno de los símbolos del teletrabajo es la pantalla. A través de ellas nos vemos, nos comunicamos, nos hacemos de información y la expresamos. Que no convirtamos a los trabajadores, ni al trabajo, en las pantallas que oculten privilegios y/o abusos. Vengan de donde vengan.

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