Somos leyenda

28 de julio, 2020

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

Es posible que, mientras se viven, los dramas económicos no se aprecien en toda su magnitud. Al lado de la crisis del Covid, la Gran Recesión de 2009 quedó como una anécdota menor, y según algunas métricas lo sucedido este año en el mundo supera en gravedad a la Gran Depresión de los años ‘30. Nuestro triste consuelo quizás sea que somos leyenda, y que las futuras generaciones hablarán de nuestros infortunios.

El drama de la pandemia nos toma bastante mal preparados desde un punto de vista psicológico. Aun cuando los medios tienden a enfatizar las malas noticias, venimos acostumbrados a un mundo con mejoras más o menos permanentes. Desde la Segunda Guerra Mundial que la mayor parte del planeta da la paz casi por hecha. Desde los años ‘80 varias regiones de Asia dieron un salto cuantitativo y cualitativo hacia el desarrollo, y gracias a China la pobreza se reduce año a año. En los últimos años, las novedades técnicas sobre salud e inteligencia artificial nos sorprenden semanalmente. Pero un día este mundo en constante movimiento se paró, y quienes “se querían bajar” se dieron cuenta de que el famoso dicho no era tan valorable como pensaban. No fue la única vez que esto ocurrió, pero fue la primera vez en cien años que se produjo por una razón suficientemente exógena al sistema capitalista.

Como decíamos al principio, la crisis económica actual se ha comparado con otros eventos disruptivos como el de 2009 o la Gran Depresión de los años ‘30. En principio, las caídas de actividad y empleo de corto plazo provocadas por la pandemia las hace comparables, pero hay una diferencia importante. Esta no es una crisis “sistémica”, o al menos no lo es directamente. Los eventos de 2009 y de 1929 fueron consecuencia de una acumulación de comportamientos especulativos en gran escala, cuya expresión máxima se observó en Estados Unidos. En el primer caso se trató de una burbuja inmobiliaria y en el segundo la burbuja se produjo en el mercado de acciones.

Esta caracterización, podría decirse, es una buena noticia, pues implica que el sistema encontrará más rápido su camino hacia la recuperación. En los años ‘30, y tras varios años de reacciones tibias, se encaró la tarea de combatir la depresión con políticas mucho más activas, pero la “solución” definitiva la trajo, tristemente para la humanidad, la Segunda Guerra Mundial. Para dar una idea de la duración del colapso de aquella época, el nivel de actividad de 1929 se recuperó en Estados Unidos tras ocho años de penurias, y la tasa de desempleo no bajó del 10% hasta 1940. Mientras tanto, la Gran Recesión de 2009 quedó apenas en una recesión y no llegó a depresión gracias a que los gobiernos aprendieron que debían reaccionar de manera mucho más rápida y coordinada mediante políticas expansivas. En lugar de una década, esa crisis duró apenas dos años, y si bien la tendencia de la economía mundial se resintió, los problemas se superaron rápidamente.

La pandemia sí puso de manifiesto de manera completamente inesperada un conflicto rápidamente extendido gracias a una globalización “excesiva”. Las intrincadas redes de conexión modernas hacen al sistema económico mundial muy poco resistente a los shocks. Hasta ahora, estas disrupciones eran provocadas por crisis financieras asociadas a cambios de humor de los mercados, y el debate en curso era si se debían restringir los capitales o mejorar las finanzas públicas de los gobiernos. Algunos dicen que la pandemia transformará esta controversia para siempre y que la sociedad comenzará a poner en primer plano los riesgos del sistema sobre (en última instancia) nuestra salud.

En mi opinión, si se confirma una rápida velocidad de recuperación, esto podría tener el efecto exactamente opuesto: podría demostrar que el sistema es capaz de resistir eventos de enorme magnitud. Y finalmente no seremos leyenda por nuestro sufrimiento y capacidad de introspección, sino por creernos invencibles ante cualquier contrariedad.

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