López Obrador no es Emiliano Zapata ni Lázaro Cárdenas

6 de julio, 2020

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

Suponer que Andrés Manuel López Obrador (AMLO), el Presidente de México, es una versión moderna de Emiliano Zapata o de Lázaro Cárdenas (el Presidente que nacionalizó la industria petrolera el 18 de marzo de 1938), y siente nostalgia por los tiempos de la doble bandolera cruzada en el pecho, fusil en alto y ardiendo en ganas de exportar una revolución, implica desconocer cuáles fueron y son las decisiones que caracterizan el andar de este líder desconcertado por la cruda realidad que encontró el 1ero de diciembre de 2018, cuando recibió los atributos del mando. O de cómo se desarrollaron los pasos previos a su puesta en funciones, cuando convalidó el texto destinado a reformar el Acuerdo de Libre de Comercio de América del Norte (el nuevo Nafta), rebautizado como Usmca o T-MEC en inglés y castellano respectivamente.

Esos hechos indican (ver mis numerosas columnas anteriores sobre la negociación del aludido acuerdo y sobre las concesiones efectuadas por México a los Estados Unidos en el plano comercial y político), que el Presidente argentino cree ver un alma política gemela y un líder dispuesto a promover cambios copernicanos en América Latina, cuando en los hechos sólo trata de sobrellevar como puede los gravísimos acontecimientos que le tocan vivir.

Más bien la tarea de AMLO está severamente condicionada por las diversas presiones y disparates que emergen día tras día de la Casa Blanca. Es también un líder jaqueado por los siniestros barones del narcotráfico, por la simultánea y titánica lucha contra el Covid-19, por el enorme sobreendeudamiento y desorden que impera en Petróleos Mexicanos (Pemex) y por una sempiterna injusticia social. Todo o casi todo lo demás es relato épico.

En el México de las últimas décadas nunca hubo genuino espacio para ideas más revolucionarias que las de afianzar la integración en el mercado norteamericano y en los vértices más clásicos del neocapitalismo proteccionista que hoy intoxica a todo el planeta. Ninguno de los gobiernos de ese país suele ignorar la premisa de evitar la injerencia en asuntos de otros Estados. Y, relatos aparte, algo parecido intentó el Brasil que se propuso jugar en el “primer mundo” bajo la batuta del expresidente Lula, lo que se corporizó en gestiones que nuestra clase dirigente no logra entender o computar.

El premio Nobel de literatura Octavio Paz ganó fama universal con un minúscula tesis-reflexión escrita en 1950 titulada El Laberinto de la Soledad, que perfila de manera singular esa caracterización del poder y del espíritu del ser mexicano, hoy inserto en las imágenes que nos brinda el antedicho neo-capitalismo.

A pesar de todas esas reservas, la economía de esa nación está muchísimo más entera que la de Argentina, ya que sucesivos ciclos políticos iniciados en 1983/84, tras la crisis de la deuda externa que surgió de una elevadísima sobreexposición del sector privado, generaron un desparejo e inequitativo país con ganas de futuro.

En estas horas el Presidente de México se dispone a efectuar la primera y única visita oficial al extranjero que hasta el momento decidió protagonizar. El miércoles 8 de julio llegará a Washington para reunirse con Donald Trump y festejar la puesta en vigor del nuevo Nafta, lo que legalmente ya sucedió el miércoles 1ero de julio. De ahora en más ese Acuerdo es la única y tangible verdad. Su texto fue originalmente suscripto por los tres líderes de los países miembros a fines de noviembre de 2018, en la ciudad de Buenos Aires, como actividad lateral de la Cumbre del Grupo de los 20. Y aunque López Obrador no fue quien estampó la firma en esa oportunidad, dio su explícito y espontáneo consentimiento al texto suscripto por el entonces presidente Enrique Peña Nieto. Previamente había designado como conegociador oficial de las nuevas disposiciones a quien en este momento es el Subsecretario para América del Norte de la Cancillería, el embajador Jesús Seade.

Pero sus gestos simbólicos no son gran cosa comparados con el texto que AMLO aceptó al reformular el ALC original, un diseño sólo orquestado para reducir con vergonzosas manipulaciones el déficit de Estados Unidos en las corrientes de comercio bilateral con México, aceptando reglas de origen, estándares laborales y otras formas de comercio administrado no sólo indignas de un líder revolucionario, sino de las que se le pueden ocurrir a un negociador sensato que conozca a fondo las reglas referenciales de la OMC.

¿Tenía su Gobierno muchas alternativas mejores? Tal vez no. Según venían las cosas era eso o nada, puesto que los lobbies estadounidenses que adhieren a la liberalización del comercio no pudieron hacer entrar en razón a su impetuoso presidente. América del Norte es una economía regional indisolublemente unida por vía terrestre, marítima y aérea, que tiene una división de trabajo que privilegia de facto al país con costos energéticos y mano de obra más baratos de la aludida región (México). En semejante tinglado ninguno de sus actores tiene mucha elasticidad para sacar los pies del plato y sobrevivir con ventaja. Las multinacionales estadounidenses son las primeras en poner por delante esa realidad.

AMLO llegó al poder tras haber pasado por la escuela del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la fuerza que retuvo el poder ininterrumpidamente por 71 años, en la que inició su vida política. Al poco tiempo contribuyó a fundar el Partido de la Revolución Democrática (PRD) hasta encarrilar su ideario y ambiciones en Morena, el movimiento que lo situó en la oficina más encumbrada del Palacio Nacional. Hoy es el mandatario que mayor cantidad de concesiones sustantivas hizo y hace cotidianamente para convivir con la impredecible y alocada gestión del Jefe de la Casa Blanca, lo que le vale la despiadada y lógica crítica de propios y extraños.

Su perfil tampoco parece muy distinto a la cambiante clase política de carne y hueso con la que uno se fue topando desde la crisis de la deuda externa mexicana de 1982, donde a ningún partido político con posibilidades de ser gobierno se le ocurre plantear el divorcio económico, comercial y político de los Estados Unidos. En esa nación los discursos de barricada sólo caben en el relato, en la tribuna y en el cineclub, casi nunca al concebir las acciones sustantivas y sensibles del poder. Después vienen los errores de juicio personal, sobre los que nadie más que el número uno del país suele opinar y salir indemne hasta el final del sexenio. Y si bien el Siglo XXI trajo numerosas reglas de juego adaptadas a la modernidad, el PRI deja huellas imborrables en casi todas las criaturas políticas que llevó a las riendas del país. Y lo que no se aprende en el partido se halla en instituciones selectivas como el Colegio de México o en otras rutinas de prestigio y formación socio-académica de dirigentes, de donde muchos saltan al doctorado en las mejores universidades del planeta.

Los mexicanos suelen decir que la primera revolución del Siglo XX fue la mexicana, no la rusa que generó la ex Unión Soviética. Tampoco se privan de alegar que si Kafka hubiese nacido en su tierra, sería un parroquial escritor costumbrista.

México también acaba de actualizar el ALC que suscribió con la Unión Europea, así que si hay asonada revolucionaria, ésta no va a dirigirse a las dos primeras potencias comerciales del capitalismo mercantilista o del neo-capitalismo proteccionista que rige en el Viejo Continente. Por otra parte, también es Miembro, al igual que Chile y Perú, de la nueva Progresiva y Comprensiva Asociación Transpacífica, el ALC que hoy incluye a Japón, de modo que si decide exportar alguna rebelión social tendrá que ser por el lado de Guatemala o Cuba, naciones con las que no suele tener incidentes de molesta envergadura. Todos estos acuerdos incluyen tácitas reglas de juego y de comportamiento que, a grandes rasgos, la dirigencia que se alterna en el Palacio Nacional nunca cuestiona. Y López Obrador no hizo, hasta donde se sabe, un inesperado destape exitoso de ideas volcánicas.

El comentario que le hizo el presidente Alberto Fernández al expresidente Lula de Brasil sobre AMLO debe haber generado la perplejidad de varios espíritus inquietos del mundo político, económico y social. Se necesitaría una larga y detallada sesión esclarecedora acerca de lo que discutieron en el Palacio Nacional para lograr tan ambicioso objetivo. Sobre todo porque hasta el momento no se conoce el plan económico y de política internacional que permita ver el GPS de semejante replanteo cósmico.

Lo que hoy tampoco se conoce es cómo seguirán las cosas con Canadá, el tercero de los socios del nuevo Usmca/T-MEC, porque otra vez Washington quiere retener un arancel a las importaciones de aluminio que llegan del Norte. Inclusive hay quien especula con que el viaje a Washington de AMLO podría suspenderse, a último momento, con la excusa de que su Secretario de Hacienda tiene el Covid-19 y él mismo pudiera ser un transportador sano del virus.

Con anterioridad destaqué, desde esta misma columna, que el Presidente mexicano aceptó reglas como las normas especiales de origen, estándares laborales y propiedad intelectual que implican total digestión de los patrones hegemónicos que estableció Washington para reducir el déficit del comercio bilateral, esencialmente originado por el alto impacto de las exportaciones automotrices de México hacia los Estados Unidos. La industria mexicana de ese sector es la cuarta del mundo en importancia, la más actualizada en calidad y tecnología y es controlada por las empresas multinacionales que industrializan ciertas tareas en el país vecino para bajar costos y aumentar su rentabilidad.

Según el Bureau Agrícola (Farm Bureau), una especie de Sociedad Rural de Estados Unidos, el nuevo acuerdo acrecentará en US$ 2.000 millones las exportaciones agrícolas de ese país a México y en US$ 65.000 millones la expansión económica originada por otras disposiciones y compromisos del ALC. Esto le viene bien al mercado agrícola estadounidense, que en el trienio 2019/21 espera perder unos US$ 50.000 millones por la caída de los precios internacionales de las exportaciones de origen agropecuario.

Tampoco es un acto incorrección política la candidatura del Subsecretario para América del Norte de la Cancillería (Seade) a Director General de la OMC. Es Ingeniero Químico y doctor en economía por la Universidad de Oxford, con el antecedente de que ya fue Jefe de la Misión de su país ante el ex GATT y el primer Director General alterno por América Latina de la OMC.

El sistema político mexicano también produjo al actual Secretario General de la OCDE (en el cargo desde 2006), Angel Gurría, quien fue Secretario de Hacienda y Canciller, sacó un Master en la Universidad de Leeds y exhibe gran cintura política. A los veintiocho años logró renegociar con apabullante pericia la deuda externa de su país.

Lo que le dijo el doctor Fernández al expresidente Lula tampoco cuaja con la visión del ex mandatario. Quien fuera su canciller, el embajador Celso Amorim, dedicó una parte central de sus gestiones a un intenso, reconocido y prioritario lobby con Washington y Bruselas orientada a salvar la Ronda Doha de la OMC y para explorar la posibilidad de poner a su Presidente en puestos internacionales de alto relieve.

Después de concebir la idea del gran escándalo de la Conferencia anti-globalización de Mar del Plata, en la que se enganchó Néstor Kirchner con armas y bagaje, Lula y Amorim se fueron de Buenos Aires antes de que termine el show para reunirse en Brasilia, a solas, y discutir asuntos bilaterales con el ex Presidente George Bush (h) y su asesora de Seguridad Condoleezza Rice, quienes salieron en estado de shock de nuestro país. En ese conclave íntimo ya se hablaba, muchos antes que lo hiciera el gobierno de Jair Bolsonaro, de la posibilidad de negociar un proyecto de Acuerdo de Libre Comercio (ALC) entre Brasil y Estados Unidos, no entre el Mercosur y Estados Unidos (ver el libro Breves Narrativas Diplomáticas de Amorim prologado por Aldo Ferrer, lectura que debería ser obligatoria en nuestra Cancillería). Yo destaqué esa intención antes de que apareciera el libro, pero sólo tomaron nota los pocos que suelen entender el oficio.

La semana que viene retomaré la movida agenda de política comercial, donde en las últimas horas se vieron novedades que no le hacen bien al futuro del golpeado Mercosur ni al comercio global, ya que persiste la vocación de Washington, Bruselas y Pekín de embarrar un poco más al baqueteado capitalismo de avería que supimos conseguir.

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