La reactivación luego de 2020 es todavía incierta

13 de julio, 2020

Por Héctor Rubini Economista de la Universidad del Salvador (USAL)

El panorama del semestre en curso sigue siendo incierto. Existen no pocas estimaciones que tratan de calmar ánimos con perspectivas de reactivación suave, pero reactivación al fin. Dentro y fuera del país pareciera imponerse la dinámica tipo “J de Nike” de mejora en la actividad, el comercio y el empleo luego de un rebote en “V” inicial que no sería reversible. La reactivación en mente sería insuficiente para calmar reclamos de todo tipo ya que la convivencia con el virus obligará a liberaciones efímeras de actividades y reiteradas marchas hacia atrás ante rebrotes de contagios y muertes.

La idea central es que los países que inicialmente optaron por fuertes estímulos fiscales recogerán sus frutos antes que otros. Las presiones deflacionarias sobre bienes y servicios no llegarían a inflación inferior a cero, salvo unos pocos países. La inflación expost para 2020 y 2021 giraría hacia un movimiento ascendente junto a los estímulos monetarios en curso para que, vía monetización inicial y expansión del crédito, la liberación progresiva del transporte y del comercio intra e internacional permitiría sostener esa dinámica tipo J de Nike.

En los países con mercados laborales más flexibles los nuevos entrantes al mercado laboral y quienes acepten al menos contrataciones temporarias serían los primeros beneficiarios de la reactivación prevaleciente en Europa, Asia-Pacífico y América del Note. En los de mercados laborales más rígidos la canalización de los subsidios estatales a empresas privadas evitaría la “masacre” de firmas que se observa en los países menos desarrollados y con programas fiscales menos generosos. Así, la recuperación de empresas y vacantes laborales sería más firme que en los países menos desarrollados, que se enfrentan con las restricciones esperables frente a esta pandemia: sistemas de salud con escasez de capacidad hospitalaria y equipamiento específico, empresas de salud y gobiernos limitados por escasez de recursos financieros propios y existencia de regulaciones que impiden una reacción rápida y eficiente sin confinamientos prolongados, dificultades para acceso a crédito externo, de gobiernos con deuda pública en default (o casi) y agudos problemas de liquidez.

Las perspectivas para el segundo semestre asoman con varios ingredientes que tornan difícil aceptar una reacción tipo “J” gradual, estable e irreversible. Varios países de Europa occidental, Oceanía y el sudeste asiático podrían pensar en algo así. Pero en Estados Unidos, lo que resta hasta las elecciones presidenciales de noviembre es un agravamiento de la pandemia que forzará a controles rígidos en diversos estados. La coordinación o no de esas medidas será determinante para el futuro sendero del avance del Covid-19 y del potencial de recuperación económica permanente y no transitoria.

En buena medida esto dependerá de la reacción del Gobierno de China, focalizado al menos hasta fin de año en la reactivación del mercado interno y el control de nuevos rebrotes del coronavirus. La implantación de medidas proteccionistas selectivas serán lo usual, y esto puede complicar la reactivación tanto de China como de otros países. La supuesta presencia de coronavirus en un cargamento de camarones de Ecuador es la primera prueba del habitual uso (nunca cuestionado ni supervisado desde el exterior) de barreras sanitarias por parte del gigante chino. Pero también se enfrenta a la dura oposición de Estados Unidos con su presencia militar no muy lejos de las costas chinas, la presión a otros gobiernos para no adoptar el sistema 5G de Huawei que los expondría al espionaje “fácil” del Gobierno chino y eventuales medidas proteccionistas más agresivas. El conflicto reciente con India en el Himalaya parece haberse resuelto, pero las relaciones entre China e India no están tampoco en buen momento. Un obstáculo serio para la aspiración china de cooptar gobiernos para su proyecto de la Franja y la Ruta de la Seda, que también molesta (y mucho) a Washington.

En ese contexto, la viabilidad de una reactivación mundial suave y permanente sigue en un terreno de dudas para pronosticadores de organismos internacionales y bancos de inversión. También para las propias empresas. El futuro de las cadenas de producción y suministro enfrentan un horizonte complicado y con ajustes costosos que recién están en sus etapas iniciales. Ajustes que seguirán el sendero esperable de abandonar países percibidos como jurídica y políticamente inestables e inseguros, y con baja o mínima integración a mercados de mayor demanda.

En el caso de nuestro país, el abandono de algunas autopartistas y el creciente atractivo de Uruguay y Paraguay para no pocos empresarios asoman como amenazas visibles para una reactivación sostenible. Más aún cuando no se percibe ninguna estrategia convincente para reactivar actividades conviviendo con el Covid-19 hasta que se aplique la esperada vacuna contra ese virus. Una incertidumbre que no es exclusiva de nuestro país: también es bastante incierto el futuro de países con sistemas hospitalarios desbordados. Ecuador, Perú, Chile, Bolivia y Brasil emergen como varios de los casos en los que es más complicado creer en pronósticos relativamente optimistas.

¿Será la fatídica “W” la reacción posterior a la caída económica del segundo trimestre de 2020? No es fácil saberlo. Pero es claro que los países con más probabilidad de quedar en una “trampa de pobreza” prolongada son los que registran mayores dificultades sanitarias y económicas para enfrentar este shock. Las primeras, condicionarán la dinámica de liberación parcial de restricciones y marcha atrás ante inevitables rebrotes. Las segundas emergen como más preocupante en los países con sistemas sanitarios débiles de recursos y equipamiento y gobiernos con baja demanda de deuda pública y de dinero. En este último aspecto, los gobiernos de Venezuela y Argentina enfrentan la demanda de subsidios del Estado para sostener el mercado interno y la restricción de financiarlo con emisión monetaria sin una estrategia creíble y sostenible para controlar la inflación y alinearla a los bajos niveles del resto de la región.

La necesidad de fondos vía deuda puede resolverse en países de la región que han logrado colocar deuda desde abril entre 1,2% (Chile) y 5,5% (México). Pero el impacto sobre la economía real dependerá no sólo del uso de fondos para promover una reactivación del mercado interno sino también de las exportaciones.

Esto dependerá en buena medida de quién gane las elecciones presidenciales en EE.UU., cómo será su relacionamiento con la República Popular China y cómo afectará a las relaciones comerciales y políticas de los países menos desarrollados. En particular de quienes han girado en las últimas dos décadas a una suerte de “Chinadependencia” comercial cuyos costos, beneficios y conveniencia serán materia de inevitable debate en los próximos meses.

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