La nueva fiebre del oro: por qué vuelve la “reliquia bárbara”

29 de julio, 2020

Por Pablo Maas

El oro ha sido considerado como un refugio de valor en tiempos de alta incertidumbre y por eso no extraña que haya aumentado 25% en lo que va del año, acercándose a los US$2.000 por onza, un valor nunca antes alcanzado en términos nominales. Este impulso alcista del metal lo ha transformado en el activo de mejor performance en los mercados financieros, inundados como están por la emisión monetaria sin límite de los gobiernos para combatir el colapso causado por la pandemia en sus economías.

El inconveniente que tiene el oro es que es un activo que no paga interés. Pero eso hoy no importa demasiado, porque muchos otros instrumentos financieros tampoco lo hacen, con las tasas de interés o los cupones de los bonos cercanos a cero o incluso a niveles negativos. Los enormes estímulos fiscales y monetarios desplegados por los gobiernos han deprimido los rendimientos de algunas Letras del Tesoro de EE.UU. a niveles negativos si se tiene en cuenta la inflación. Y otros instrumentos en monedas estables, como el franco suizo, por ejemplo, pueden dar tasas negativas aun en términos nominales.

La pandemia y las cuarentenas en todo el mundo dejaron una marca en el mercado físico de oro durante la primera mitad de este año. Así, la oferta se retrajo un 12%, debido a los cierres de las operaciones de más de un centenar de minas. Pero la demanda de oro físico (en la India una forma de ahorro minorista consiste en la compra de joyas de oro) también retrocedió 36%, a 677 toneladas a fin de junio. Según informes citados por el Canadian Mining Journal, una publicación especializada, estos niveles no se veían así de bajos desde comienzos de 2009.

Lo que verdaderamente está alimentando la fiebre del oro es la demanda de los inversores financieros que compran ETF (Exchange Traded Funds), un instrumento “derivado” que está respaldado en oro y que se cotiza en las Bolsas. Según el Consejo Mundial del Oro, los inversores compraron US$ 4.700 millones en ETF del metal amarillo en lo que va de julio. Esto se suma a otros US$ 40.000 millones acumulados en el primer semestre del año.

Otro factor que impulsa la demanda de oro es la reciente debilidad del dólar estadounidense, que hace más barato comprar el metal a los tenedores de otras monedas. El dólar cayó esta semana a su nivel más bajo desde junio de 2018 contra un amplio abanico de monedas. Aún si llegara a traspasar pronto la barrera psicológica de US$ 2.000 por onza, el precio del oro todavía no alcanzaría a su máximo valor histórico, que, si se tiene en cuenta la inflación acumulada, fue equivalente a US$ 2.500 de hoy. Este pico de cotización se alcanzó en 1979, con la invasión soviética a Afganistán. El récord nominal anterior fue de US$ 1.920 en 2011.

Hoy, las crecientes tensiones entre Estados Unidos y China, vuelven a traer recuerdos de esa guerra fría a los mercados financieros, donde muchos piensan que los valores alcanzados esta semana por el oro están lejos de ser los máximos. Goldman Sachs dijo ayer en un informe que ve el precio del oro subiendo 15% en los próximos 12 meses, a US$ 2.300 la onza. El mismo informe proyectó un aumento del 36% en el precio de la plata, que llegaría a US$ 30 la onza a mediados del año próximo. Los metales preciosos como el oro, la plata y el platino, suelen subir “en simpatía” uno con el otro. En el caso de la plata, considerado como “el oro de los pobres”, hay además una demanda adicional, no financiera, sostenida en los usos industriales del metal. Son un insumo, por ejemplo, en las nuevas baterías eléctricas que está probando la industria automotriz. El alza de la plata ha sido aún más espectacular que la del oro. En marzo se cotizaba a apenas US$12 dólares la onza, ayer a US$ 24,50, 100% más. Históricamente, son valores aún bajos. Durante la Gran Recesión en 2008, la plata cotizaba a US$ 46.

Entre las elecciones en Estados Unidos el próximo 3 de noviembre, la guerra comercial entre Washington y Pekín y el golpe de la pandemia sobre la economía global, hay una tormenta perfecta que alimenta la corrida al refugio seguro de los metales preciosos. Keynes llamaba al oro una “reliquia bárbara” para fundamentar su oposición al patrón oro y su reemplazo por un sistema de bancos centrales con mayor libertad para fijar las políticas monetarias. En plena era del Bitcoin y las tecnologías de blockchain en el Siglo XXI, que se proponen como el futuro del dinero, no deja de ser una ironía el renovado interés en un activo que se popularizó durante el imperio romano hace 2000 años. El oro ha penetrado en la cultura bastante más de lo que podría pensarse. Y cuando las papas queman, como ahora mismo, muchos no pueden pensar en otra cosa.

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