La empujaron

3 de julio, 2020

 Por Carlos Leyba

El derrumbe del mes de abril (-26,4%) es la crónica de una caída anunciada. Fue la inevitable consecuencia de una medida de protección frente a la pandemia.

La caída no fue un “fenómeno económico” sino la consecuencia de un cierre obligado. Igual a la que sobrevenga hasta julio más las derivaciones “del efecto dominó” de ese cierre obligado.

A la economía la empujaron y rodó a mucha velocidad. Fue la decisión política frente a una pandemia sin vacuna ni tratamiento oficial. Los tratamientos que utilizan los heterodoxos en todo el mundo aquí no logran audiencia oficial ni para descalificarlos. Es otro tema. Volvamos a la economía.

Frente a la caída, los titulares deberían haber explicitado que el empujón o el cierre compulsivo fue el que redujo el nivel de actividad económica y que, en la rodada, llevó para abajo otro tanto por ciento.

La distinción, entre caída autónoma y empujón deliberado, no es banal desde el punto de vista de los que hacen y los que comentan la política económica.

En un caso, simplemente ocurrió. En el otro, fue decidido.

En el primer caso la acción es en dos actos: el fenómeno y la acción reparadora posterior.

En el segundo, el empujón y en el mismo momento cabe la decisión de compensar o amortiguar.

La gestión económica debe ser juzgada, no por el empujón (decisión sanitaria) sino por la compensación que en el mismo momento de empujar debió haber sido tomada. Cuando se tomó la decisión del empujón se sabía de la caída. Un estado de excepción decidido.

¿De qué dimensión fueron las compensaciones de excepción tomadas? ¿No era, en el momento en que se obligaba a dejar de trabajar y producir, la ocasión para un acuerdo de excepción realizado con todas las fuerzas productivas? No se hizo.

¿No será el tiempo de intentarlo ahora? Mejor tarde que nunca. Volvamos al principio.

No es lo mismo caerse porque un tobillo se torció o porque me tiraron. Los reflejos y la agilidad, en el primer caso, pueden hacer que el daño se repare limitándose a curar el problema y que los daños sean mínimos.

Si los reflejos y la agilidad se perdieron antes, la caída produce estragos. Siendo un accidente, algo se hizo o salió mal y se produjo un frenazo que volcó la carga. Un accidente y además falta de agilidad, agrava las cosas.

Las economías sufren accidentes propios de funcionamiento. Pero si las estructuras económicas están preparadas, si son sólidas y sanas, la recuperación, en general, es de bajo costo y es rápida.

Naturalmente el costo se reduce con la velocidad de recuperación.

Lo que se llama salida veloz, en V, reduce los costos mientras que la salida lenta, en L, los agrava.

Para muchos, entre los que me cuento, esa velocidad de salida debe medirse por el empleo. Si el desempleo se reduce velozmente es una cosa: bajo costo. Pero si tarda, es otra, costo alto.

A nadie se le escapa que, en todas las dimensiones, el costo social principal es el desempleo.

Tibor Scitovsky en “Bienestar y competencia”, señalaba que así como el repudio electoral mide el “fracaso” de la administración democrática, la tasa de desempleo mide el “fracaso” de la administración capitalista. Es una versión del célebre planteo de Joan Robinson que decía, más o menos, que en la democracia capitalista cada ciudadano tiene un documento para votar y cada uno es igual a otro: un ciudadano, un voto. Pero en el mercado, de ese sistema, se vota con la billetera y estas son distintas: flacas y gordas.

El desempleo, entonces, es el modo de adelgazar algunas billeteras porque el sistema capitalista es un régimen de distribución por los salarios, los que desaparecen si no hay ocupación. El desempleo es un atentado contra la democracia capitalista.

Ha sido esta una digresión sobre la recuperación de las economías capitalistas luego de la caída accidental.

Pero si la economía se desbarranca porque premeditadamente la tiran todo será peor, cualquiera sean su agilidad y reflejos.

Aunque siempre hay un “salvo”. Salvo que quien la empuja, y aquí viene la “no banalidad” de la distinción, haya previsto los medios para que el desplazamiento forzado, por brusco que fuera, encuentre a la economía ante un sólido sistema de protección que amortigüe la caída.

De ese modo cuando la “economía se ponga de pie”, se verificará que los daños estructurales sean mínimos y pueda recuperar la velocidad de la marcha: salir en V después que me empujaron.

En el primer caso, la caída accidental, la minimización de costos depende de lo que se haya hecho antes, del estado general frente a un accidente.

En el segundo caso, el empujón, la minimización de costos, dependen, además del estado previo, de aquello que se haga simultánea y posteriormente a la decisión de empujar.

La decisión de empujar implica, para que no sea de consecuencias irreparables, la decisión de amortiguar. ¿Lo hicimos?

Todos los países desarrollados pusieron a disposición de los ciudadanos, de las empresas, de las administraciones, recursos que fueron del 10% al 15% del PBI. El peso sobre el PIB de esos recursos, puestos a disposición de la economía en su conjunto, ha sido mayor o igual, a la estimación de la caída del nivel de actividad para todo el año.

La economía argentina no ha recibido estímulos de amortiguación o compensación de magnitudes parejas a la caída. Las razones o argumentos para no haberlo hecho van por otro camino. Lo cierto es que no ha ocurrido. Las compensaciones han sido menores.

Nuestra cuarentena –consecuencia de la pandemia – representó un empujón barranca abajo para la economía y la correcta administración de esa cuarenta económica implicaba el diseño de una estrategia de amortiguación. Fue incompleta y no parece haber sido diseñada con una mirada abarcadora. Admitamos que es algo nuevo y que “se hace camino al andar”. Pero hacer camino. No esperarlo.

Que quede claro lo difícil de la tarea: antes de la pandemia la economía argentina venía derrapando dramáticamente. Eso hace mas necesaria una compensación que tenga valor reparador.

Un número pone en blanco en qué contexto ocurre el derrape. Mi amigo Miguel Ángel Broda, que cito porque confió en sus cuentas aunque habitualmente no compartimos soluciones, ha estimado que nuestra economía, entre 1974 y 2020, habrá crecido a un promedio del 0,2% anual acumulativo (PIB por habitante).

Lo decepcionante se torna dramático cuando preguntamos en cuántos años, a esa tasa, se duplica el PIB por habitante de los argentinos. La respuesta de Broda es: en 390 años. Es decir, así nunca. Camino equivocado.

Ese marco de 46 años se pone dramático cuando recordamos que Martín Rapetti ubica el PIB per capita de 2020 en el nivel del de 1974: volvimos para atrás. Esa fue la consecuencia de la década 2010/2020: una década perdida.

En otras palabras si la caída de abril y de los meses que hemos pasado, cuyos datos se conocerán en unos meses, hubieran sido producto de un “accidente “ económico, los números de 46 y 10 años para atrás, que hemos citado, no hablan de las condiciones de una “economía ni ágil ni con reflejos” que carga con una hipoteca social gigantesca la que resume todas sus falencias.

Una economía, supuestamente capitalista, en la que millones de trabajadores o no son asalariados formales, o no son “autónomos o cuentapropistas” porque viven de la changa ocasional o subsisten por la ayuda social. Es decir viven al margen del régimen salarial del sistema capitalista. Pero además una economía que tiene un costo gigantesco de la administración de bienes públicos, el Estado, cuya oferta, además de minúscula respecto de las necesidades, es de bajísima productividad.

Si esta caída de abril hubiera sido un “accidente”, ¡qué difícil habría sido la salida!

Pero no fue un accidente, sino un empujón que produjo una colosal caída. ¿Y entonces? Una economía con 46 años de lentitud y que hace 10 ha viajado para atrás, ¿cómo se recupera?

Alberto Fernández, el 12 de abril, cuando comenzaban a gestarse estos números de la economía, dijo que prefería “tener 10% mas de pobres y no 100.000 muertos” (porque) “de la economía se vuelve”. Dijo también: “Sé que tengo que preservar a la pequeña y mediana empresa y a las grandes también” y anunció que “la economía se va a hacer trizas para todos, no solo para nosotros”.

Es verdad casi todos los países van a caer en 2020, y tal vez China sea una excepción positiva, pero a tasas desacostumbradamente bajas. La noticia para Argentina es: debilidad y concentración de las demandas externas y presión de colocación de productos importados.

El número de personas bajo la línea de pobreza probablemente supere el que imaginó el Presidente. Ciertamente Argentina difícilmente orille esas cifras de mortandad por coronavirus.

El beneficio en término de vidas estará y el costo social que se infligirá probablemente sea mayor que el estimado. Es cierto que la economía se ha hecho trizas por todos lados. La Argentina va a superar los dos dígitos de caída y agravará la cuestión social.

Entonces, habida cuenta de la plena conciencia de lo que estaba por ocurrir, ¿se pusieron todos los amortiguadores, todas las compensaciones, las necesarias, todas las posibles?

Pongámoslo de otro modo ¿caímos, la cuarentena económica salvó vidas, transitoriamente habrá más pobres y más desempleo, la producción se habrá reducido? Sí. ¿Qué hemos hecho para compensar de modo de evitar los daños irreparables, la desorganización del capital, el cierre de empresas?¿Que hemos hecho para evitar además de los daños directos de la pandemia, los indirectos que son aquellos que van a demorar, limitar, la recuperación?

Hay un examen autocrítico que los gobiernos no acostumbran a hacer por aquello tan perturbador que es el “pensamiento de grupo”. ¿Somos conscientes del drama de nuestra decadencia de 46 años?

Esta es una situación excepcional en manos de hombres comunes.

No cabe duda que la mesa de acuerdo, que no se tendió hasta ahora, es la mejor manera de poder responder a aquellas preguntas que al hacerlas van a despuntar las soluciones necesarias y las posibles.

Empujar obliga a compensar. Y a pensar con todos los empujados. La pregunta es cuándo.

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