La diplomacia de las ciudades inteligentes

28 de julio, 2020

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Por Juan Ignacio Pascual Lic. en Relaciones Internacionales y Lic en Ciencias Políticas, docente UCA y Coordinador de Investigación CEI-UCA

La pandemia ha provocado una disrupción en el tejido social de forma generalizada y ha impactado en cada faceta de la vida comunitaria. Demás esta mencionar las consecuencias económicas que dejó y seguirá dejando el fenómeno del coronavirus alrededor del mundo. La política en este punto tiene un rol clave y que no puede evitar tomarlo, es la mejora de sus procesos y engranajes internos de cara a atender al bien común.

En términos más específicos, y si hacemos un doble foco en la cohesión entre los diversos pilares que componen a la sociedad en general, se puede ver la cristalización de una triple ruptura entre la ciudadanía, el sector público y el sector privado. Existen dificultades para movilizar demandas en el contexto del aislamiento y en la posibilidad de comunicar inquietudes propias de la dinámica democrática, así como se acentúa la emergencia de las cuestiones socioeconómicas que afectan al bienestar social. Por otra parte, las empresas enfrentan contratiempos para mantener la performance y la innovación en un momento donde se evidencia un freno productivo y del flujo de capitales. En último lugar y no menos importante, existe un esfuerzo clave en la administración pública para afrontar un reto nunca antes visto, que termina empujando a su capital humano a encontrar soluciones contra reloj. Esta triple ruptura supone una descoordinación generalizada que no tiene una perspectiva clara de resolución temprana, pero que necesita ser atendida en un esfuerzo comunitario para salir de la mejor manera de los aislamientos obligatorios, mejorando al mismo tiempo la situación económica y dotando de eficacia a los procesos de toma de decisión pública.

Las unidades subnacionales más primarias, que son al fin y al cabo las ciudades, poseen a nivel general problemas de coordinación y cuestiones de ineficiencias técnicas.

En primer lugar, hay una cuestión de problemática material y de coordinación, puntualmente en los flujos de personas en transportes públicos con dificultades de colaboración interjurisdiccional, en los problemas de accesos viales, en la gestión de residuos y contaminación creciente, entre otros.

En segundo lugar, existen problemas en términos de provisión de servicios básicos como energía y agua, que en los principales centros urbanos no son un problema existencial, pero en los sectores más alejados sí, y también en la expansión de espacios verdes que mejoren la calidad del aire y ofrezcan recreación.

En tercer lugar, vemos ineficiencia en términos de conexión entre el sector público y los problemas sociales, más específicamente, dificultades para canalizar demandas ciudadanas y con pocos vínculos con las organizaciones civiles.

En cuarto y último lugar, retomando la cuestión privada mencionada anteriormente, la poca conexión que intenta generar la administración pública afecta principalmente la casi nula proyección en términos de financiamiento, innovación y en la posibilidad de acceder a nuevas ideas que impulsen el trabajo conjunto en cuestiones estratégicas a largo plazo, pensando en la renovación de las ciudades en su totalidad.

La instalación del coronavirus a nivel global expuso una cuestión clave que ya se gestaba en el ideario de las ciudades con miradas estratégicas a largo plazo: la redefinición de las urbes y el impacto de la tecnología. Frente al conjunto de problemáticas mencionadas anteriormente ¿Cuál es el mainstream en términos de innovación para llevar a cabo mejoras? Las Smart Cities han llenado los foros académicos especializados nacionales e internacionales de expositores y oyentes porque arraiga un concepto más que interesante. Esta tipología de ciudades (que puede sonar novedoso para algunos), en pocas palabras son las que se valen de innovaciones técnicas y tecnológicas para mejorar la vida de los ciudadanos, principalmente poniendo el foco en el hábitat y el ambiente sostenible.

Las ciudades inteligentes ofrecen una respuesta a las cuestiones clásicas que afectan al funcionamiento adecuado del entramado material y social de las urbes, implementando las innovaciones del avance de la ciencia y la tecnología. Las conexiones interjurisdiccionales estratégicas, el transporte inteligente, canales ciudadanos vía web, cámaras de vigilancia y rastreo, son algunos puntos básicos que fueron adquiriendo las capitales más importantes del mundo a través del tiempo para alcanzar una modernización adecuada que mejore la calidad de vida y la sostenibilidad medioambiental. El punto central es incorporar los recursos humanos capacitados con miradas estratégicas que puedan llevar las ciudades a otro nivel, desde lo tecnológico y desde la interconectividad.

Es importante destacar en este sentido, que en esta nueva mirada sobre el rol de las ciudades, los integrantes de la sociedad tienen la oportunidad de participar en el diseño urbano, principalmente a través de nuevos canales de comunicación, potenciados por el uso de los portales web y el alcance de las aplicaciones móviles. Si mejoran o no la participación democrática, es otra cuestión, pero es inevitable que la sociedad civil que en tiempos de pandemia se vio relegada, tiene una proyección de la curva participativa mucho más optimista.

Las Smart Cities pueden proporcionar soluciones para optimizar recursos y mejorar la calidad de vida. Predicen comportamientos específicos y generales, utilizan Big Data para mejorar los flujos de información, y priorizan la performance de los procesos a través del uso de Internet. Es importante consolidar la idea de que todo es en vistas del crecimiento económico y sostenibilidad, cuestión clave de cara al escenario post pandemia.

Sin embargo, la gobernanza de las ciudades no puede quedarse afuera de la coordinación con la gobernanza regional y con la gobernanza internacional. En el contexto del coronavirus, las ciudades miraban a sus pares y a las principales capitales, tomando como ejemplo en términos de gestión de la curva de contagios, pero también en las soluciones a las salidas del aislamiento, las medidas económicas tomadas y a la interacción con el sector privado. Es preferible, en este sentido, poder gestionar una respuesta conjunta, potente y temprana, antes que llevar a cabo políticas replicadas. Los esfuerzos serían dobles en la perspectiva del capital humano, pero ayudarían de cara al futuro a repensar la interconexión entre actores de vital importancia.

El sistema internacional en su conjunto se vio afectado por la pandemia a niveles críticos y el multilateralismo particularmente está cada vez más matizado. En este contexto, la diplomacia de las ciudades se convierte en un vínculo crítico entre las políticas de las grandes capitales que escapa a la conexión nacional protocolar estigmatizada por la cuestión ideológica.

La diplomacia de las ciudades es una herramienta extremadamente importante para comprometerse con el sistema global y todo lo que conlleva, desde el flujo de personas hasta la incorporación de know how. Se revitalizan los temas más actuales, como la interculturalidad, el desarrollo económico, la migración y el cambio climático. En todas las instancias, el objetivo final es la promoción de los intereses de la ciudadanía y mejorar su calidad de vida.

En conclusión, la pandemia habrá dejado atrás pérdidas incontables en cualquier aspecto que estemos evaluando. Pero también consolidó una oportunidad única para reconstruir la relación del triángulo sector público, sector privado y ciudadanía, y que habilite una mirada estratégica para el futuro de las ciudades en sus facetas más innovadoras. La interconexión de las ciudades y su relacionamiento será el punto clave que ayude a repensar las perspectivas a largo plazo del bienestar de la sociedad en general.

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