La convivencia amenazada por los “haters” de la grieta y el silencio de los inocentes

13 de julio, 2020

Por Oscar Muiño

Hater. Una palabreja en lengua inglesa de moda en Buenos Aires que parece hecha a la medida del desencuentro argentino. El hater no respeta puntos de vista ajenos, reacciona con prejuicios, se niega a aceptar –peor aún, convoca a denostar- a determinadas personas, conceptos, ideas. Una reacción mecánica. Están prohibidas la reflexión, la pregunta, la duda. El hater es hostil a todo asunto relacionado con el motivo de su inquina. Puede estallar por el fútbol, los vecinos, los compañeros de trabajo, las personas. El hater por política evoca las guerras religiosas. Todo intento de comprensión o diálogo equivale a apostasía y traición.

La legitimidad

Carlos Pellegrini lo advirtió en su espléndida madurez: “Donde el pueblo vota, la autoridad es indiscutida, y las rebeliones y conmociones son desconocidas”. A condición, claro, de que los actores no desconozcan la legitimidad cuando es ajena.

La gobernanza depende de la legitimidad que los ciudadanos atribuyan a sus gobernantes. El cristinismo extremo le negó la legitimidad a Mauricio Macri 2015, invocando desde el “engaño” preelectoral hasta continuidad con la dictatadura 1976- 83. Hoy, el macrismo heavy habla de “decisionismo” y un documento usa el término “infectadura”.

Invención por partida doble. Tanto Macri como Alberto Fernández son presidentes legítimos, votados en comicios limpios. Compararlos con la dictadura falta a la verdad y demuestra que los acusadores –sean los de 2016 o 2020- no enfrentaron, no vivieron y menos comprendieron al Proceso de Reorganización Nacional. Es, finalmente, un insulto a los patriotas que efectivamente resistieron –con peligro y sin más armas que su conciencia, sus gestos y su palabra- a ese régimen atroz.

El silencio de los prudentes Una minoría de dirigentes macristas y cristinistas intenta seguir cavando una grieta tan falsa como útil a dos proyectos que tienen en común el desprecio no sólo por los jefes de sus adversarios, sino por la población de la contra. Si esa intolerancia se solidifica en desprecio ideológico, político, cultural, de clase o económico se abrirá el camino del regreso a nuestras peores luchas civiles.

¿Quiénes impulsan la grieta?

Los que creen que es el modo de ganar comicios, los que corren riesgo de prisión y creen que desacreditar al rival les permitirá zafar de una persecución penal. Y también algunos que están convencidos que el adversario es, en realidad, el enemigo.

Fernández lleva siete meses de un mandato descolorido, mediocre, pero distante de las demasías del cristinismo. Aunque no se ayuda a sí mismo al calificar de “odiadores seriales” a los participantes del acto ultramacrista del 9 de julio. En lugar de remarcar el bajísimo número de asistentes para esa convocatoria desestabilizadora y ratificar el rol que más resultado le ha dado hasta ahora: un discurso centrista, sin desacreditar a los rivales.

El mensaje faccioso de los cavadores de foso sería un dato menor si las voces razonables dijeran en público lo que explican el privado. La gran mayoría de la dirigencia radical y del PRO están en contra de azuzar la grieta. Pero si siguen callados, es posible que la grieta termine imponiéndose. Las gentes actúan sobre la base de lo que perciben. Una opción entre discursos visibles. Quien calla, no existe. Y puede verse cómo en redes sociales y demás espacios van creciendo las voces extremas, ante la inacción de los sectores tolerantes, mayoritarios pero silenciosos. Es notable, también, la falta de protagonismo del peronismo albertista.

La primacía de un sector intolerante despertará simétrica respuesta de otro grupo equivalente. Conseguir el 50,1 para humillar al 49,9. Si ganaran quienes fomentan la división, llegaríamos a un punto sin retorno. Acecha no sólo una ruptura electoral, sino política, social y cultural muy difícil de resolver una vez que cristalice. Los espíritus, una vez lanzados al conflicto, difícilmente retrocedan. Las voces razonables pueden llegar demasiado tarde. Que es como decir nunca.

A esto se agrega un horizonte tormentoso. El estancamiento arrancó con Cristina, siguió con Mauricio, se agrava con la pandemia. Para salir del desbarajuste estructural –sumado a la crisis inevitable del confinamiento, que padece el mundo entero- será indispensable la búsqueda de consensos entre oficialismo y oposición. Nadie podrá en soledad y ni siquiera está garantizado que una convergencia desinteresada garantice el éxito. Será, apenas, la única chance de intentar que la crisis social, económica y política pueda ser enfrentada con posibilidad de éxito.

Mientras, dos grupos explicitar su decisión de aniquilar el eje del mal. Si tal cosa ocurriere, quienes se atribuyen el monopolio de la verdad descubrirán que no habrá Patria para nadie…

Esta es la primera de una serie de cuatro notas que se publicarán esta semana

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