Iniciativa

24 de julio, 2020

Por Carlos Leyba

Una señal de salud política de un Gobierno es su capacidad de iniciativa.

La idea tiene raíces en Santo Tomás de Aquino que entendía por “iniciativa” lo que provocaba el inicio de los procesos. Tomar la iniciativa implica ejercer el derecho a adelantarse a los demás para conducir procesos.

Ir por delante da ventajas en la posibilidad de conducir. Pero no certidumbres.

Pregunta de rigor es si Alberto Fernández tiene él la iniciativa. El análisis comparativo es válido en circunstancias muy especiales. Hay que partir de una cierta homogeneidad. Las diferencias en los detalles.

Los gobiernos, en nuestro país, no son normalmente comparables. Las condiciones de todas las gestiones han sido radicalmente diversas.

Ningún otro Gobierno ha atravesado una pandemia en globalización; ni enfrentado condiciones tan negativas del entorno y de tan previsiblemente larga duración.

No hay nada en el horizonte externo que suene alentador como si lo fue, por ejemplo, el período de términos del intercambio gloriosos del primer y el segundo Gobierno K. Como decía un empresario íntimo amigo de Néstor, él era un hombre de suerte. No cabe duda que fue un afortunado. Hasta ahora Fernández no parece serlo.

Segunda cuestión. Si bien es indiscutible que desde 1975 Argentina se desbarranca económicamente, no cabe duda que los daños de la rodada se acumulan y donde hubo construcción, hoy hay escombros. Es decir “el capital” se esfumó.

Se esfumó el “capital social” que supimos disponer. Las condiciones de seguridad ciudadana, las oportunidade de formación de las nuevas generaciones están intervenidas negativamente por el nuevo condicionante de la mitad de los niños sobreviviendo en hogares dominados por la pobreza. La administración de Justicia sufre un deterioro escandaloso.

En esas condiciones la vida en comunidad se va deteriorando. Todas esas son señales de pérdida de “capital social” que afecta la productividad de la sociedad.

¿Y qué decir del capital material reproductivo? Es evidente que no potenciamos a toda nuestra fuerza de trabajo: generamos más que nada cuentapropismo, informal, planes o empleo público, y una asignación de trabajo a bajísima productividad.

Este es un contexto que pesa negativamente más allá de la coyuntura recesiva e inflacionaria, de un déficit público dificil de contener y de la cuestión gravísima de la deuda externa que, además, arriesga un default cuyas consecuencias sólo agravarán el futuro.

Convengamos que, en esas agobiantes condiciones, a la que se suma el Covid-19 no es fácil tener la energía para tener “la iniciativa”.

Aunque justamente, en esas condiciones, la única manera de dispar la niebla que arriesga accidentarnos, es tener “la iniciativa” y eso es lo que le reclamamos.

Toda elección es la decisión de la mayoría del pueblo de otorgarle, a un grupo que se ofrece para ello, la capacidad de ejecutar su iniciativa e iniciar, poniéndose delante, un proceso que, en este caso, deseamos que sea liberador de la decadencia.

En síntesis decimos, Fernández tiene un escenario dificil como nadie antes tuvo y una obligación, como nadie antes por el mismo estado de la sociedad, de tener lo que Tomás de Aquino entendía por iniciativa.

Llegados a este punto caben algunas aclaraciones.

En la tarea de administrar y en la de gobernar, hay dos “estilos”.

El típico modelo de administrar es responder a los problemas. Se presenta un problema lo resuelvo o trato de resolverlo. Es, sin desmerecer el título, la tarea típica de un “intendente”. Pepe rompe. Un bache. Lo que todos imaginamos. La “eficiencia” de un intendente “se nota” porque resuelve los problemas que se han presentado.

Gobernar es otra cosa. Gobernar es evitar que los problemas se presenten. Es dificil que el pueblo llano “note” que “los problemas que no se presentaron” se hayan evitado. Por eso los líderes convocan al futuro, al sueño del porvenir.

Por las razones del aplauso fácil, por la mecanica electoral y en ausencia de partidos, la política se colma de “intendentes” y no de “gobernantes” o estrategas.

Hay políticos que encuentran lo central de su vocación en resolver los problemas que se presentan, y vaya que es necesario. Cosechan aplausos de lo inmediato. Eso exceso de “resolver problemas” llevó al delirio de pretender convertir al grupo de Gerentes que acompañaron a Macri en “gobernantes”. Hay otros políticos, los verdaderos, los estratégicos que planifican a largo plazo y que lo hacen para evitan problemas y abrir futuro. Esos problemas no se presentarán. El evitarlos no cosechará aplausos porque “no habrá soluciones” a la vista. La adhesión deviene de la realización de los sueños que se convocan. La política “en serio” se sostiene con sueños porque se gobierna para hacer futuro.

Dicho esto se entenderá la imperiosa necesidad que tiene nuestro país, en este abrumador contexto, de disponer de una estrategia, de comprometer el pensamiento estratégico para evitar los problemas drámaticos que sobrevendran si nos limitamos a administrar esta coyuntura.

Administración que es imprescindible pero absolutamente insuficiente.

Martín Guzmán afirmó que su programa era “administrar la crisis”. Es insuficiente: administrarla es evitar que se desborden las variables que representan valores críticos.

Que no se descontrolen, la inflación, la desocupación, la pobreza, la recesión, el déficit fiscal, el déficit de la Balanza de Pagos. No es su administración lo que evitará que esos problemas, aunque esos números no se agraven, continuén generando el efecto telaraña de la decadencia.

Romper la telaraña es cambiar la dirección; y eso requiere del pensamiento estratégico que ataca las causas y transforma las estructuras.

Es la estructura, que dice el ministro administrar con la crisis, la que produce todos esos desequilibrios y desbalances que impulsan la telaraña de la decadencia.

¿Quién toma la iniciativa?

Hay una enorme tentación simplificadora que nos alivia de la tarea del pensamiento estratégico.

Es la tentación de la heteronomía: ausencia de autonomía de la voluntad y vocación de regirse por paradigmas externos. Lo contrario a la autonomía, en este caso, estratégica, que es lo que permite saltar los cercos de la información condicionante. Hay una suerte de “iniciativa heterónoma”, es decir, la iniciativa que replica el interés de otros y no el propio de la Nación.

Lo hemos estado viviendo desde el mismo momento en que se abandonó el modelo de industrialización para el desarrollo. Los grandes impulsores “a la occidental” fueron J. A. Martínez de Hoz, Carlos Menem y Mauricio Macri: ellos predicaron la iniciativa heterónoma que conocimos como “el desarrollo se logra a través de la apertura”, sin política industrial y financiado por deuda externa. Su fracaso no necesita citas. Cristina Fernández, por su parte, abrió la puerta “oriental” con el Acuerdo Estratégico con China que, al igual que los otros, suma destrucción industrial, relación primarizante y deuda externa, aunque se llame swap.

En todos estos años, van 46, no hubo una sola propuesta estratégica autónoma. Propuesta que no significa un cerco comercial, ni “vivir con lo nuestro”, sino un comercio estratégico inteligente.

Volviendo al comienzo. ¿Fernández tiene “la iniciativa”? ¿Sugieren sus pasos una “iniciativa autónoma”? En 1925 un economista amigo de Ortega y Gasse,t de vista en Argentina, advertía, en Revista de Occidente, que era imprescindible esa “autonomía de pensamiento” para lograr, con otras palabras, ese salto hacia el desarrollo.

Lo tuvimos y tuvimos sus frutos, pero lo extravíamos y aquí estamos.

¿Cómo salir de este marasmo sin ese pensamiento estratégico autónomo?

Sin embargo hoy, conspicuos y progresistas miembros del gobierno, alientan el “modelo productivo primario dependiente chino”, como la fuente de dólares y de déficit comercial financiable, que nos permitiría mantenernos en las condiciones actuales.

Una idea simplificada, grosera pero no muy alejada de la expectativa oficial, es la de instalar decenas o cientos de criaderos de cerdos en joint ventures con empresarios chicos, asociados a productores argentinos, para resolver las carencias que, a causa de la peste porcina, ha sufrido ese país.

En ese contexto y en ese modelo, más que las buenas relaciones, lo que se exige es más que la reciprocidad comercial, se trata de la especialización en la compra de bienes industriales chinos que, en caso de mantenerse el actual balance comercial negativo, sería sostenido por la cuenta de swaps chinos que se registran desde el segundo Gobierno de CFK, la adminstración Macri y que siguen siendo parte hoy de las reservas del BCRA.

La otra “idea estrátegia” en boga es la continuidad CFK y Macri en apostar a Vaca Muerta como la fuente mágica y generosa de los dólares necesarios para liberarnos de la “restricción externa”, dejando de lado el desarrollo de las fuerzas productivas que dan vida al conjunto social o territorial.

Ni Vaca Muerta, ni el mercado chino, pueden dejar de ser protagonistas importantes de nuestro futuro.

Pero tienen, ambos, ese tufillo a salida fácil, a apuesta unilateral y excluyente.

Es esa la tentación de la iniciativa heteronoma. Modelo dependiente y especializado de proveedores de materias primas, a cambio de bienes industriales y todo financiado con deuda. Modelo que ha tenido el patrocinio explicito de los que hoy conocemos como “liberales” y de “la izquierda” desde 1905 en pluma de Juan B. Justo quién lo definió como el acceso al bienestar de la clase trabajadora.

Con una sociedad profundamente dolida – la mitad en la pobreza, la economía casi paralizada, la Justicia en un estado lamentable, un Estado exhausto e ineficiente, el movimiento obrero atomizado y sectorializado, el capital híper concentrado, con nuevos ricos inmensamente ricos con fortunas súbitas y “exprés”, generadas pari passu con la decadencia económica y social. Y ahora, en una de esas, preservadas por leyes tributarias confeccionadas a medida, es hora de la iniciativa estratégica autónoma para evitar que lo peor esté por venir.

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