El Mercosur se obstina en ignorar la realidad

13 de julio, 2020

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

El presidente Alberto Fernández nunca dijo por qué su Gobierno creyó necesario empantanar el diálogo económico con Brasil, uno de los más importantes y rentables destinos de las exportaciones del país. Sobre todo cuando además de los otros motivos permanentes que fundamentan la virtud de estimular el comercio, Argentina es rehén de una de sus clásicas pulmonías cambiarias y el intercambio global no para de encoger por las genialidades de Donald Trump y la pandemia sanitaria. Tampoco se advierte a qué fin útil sirve desconocer las reglas de pragmática convivencia con Jair Bolsonaro, a quien sus propios votantes podrán respaldar o castigar sin la ayuda de profetas regionales.

Nunca es cordura prescindir de las opiniones y la experiencia que aportan exgobernantes como los convocados por el Grupo Puebla, si tal ejercicio se limita a expresar un punto de vista y ello no se superpone con la actividad de quienes están obligados a gobernar y hacerse cargo de sus acciones. De ser así, el ejercicio podría ganar en sustancia si también escuchamos a Fernando Henrique Cardozo, Felipe González, Ricardo Lagos, Julio Sanguinetti, Michelle Bachelet, Enrique Iglesias, Angela Merkel y Jacinda Ardem, cuyas gestiones dejan un notable menú de enseñanzas.

Al hacerlo conviene recordar las verdaderas inclinaciones y estrategias de cada interlocutor, materia en la que Lula Da Silva puede dar cátedra y en la que acaba de graduarse con honores Andrés Manuel López Obrador (ver mi columna de la semana pasada titulada “López Obrador no es Emiliano Zapata ni Lázaro Cárdenas”).

Reconectar el diálogo entre Planalto y la Casa Rosada no significa convalidar ni rechazar los insólitos enfoques de su clase dirigente, del mismo modo que mantener relaciones fluidas con Rusia no implica respaldar la ocupación militar de Crimea, la eterna reelección de Vladimir Putin o su nuevo enfoque armamentista. La diplomacia y las relaciones de convivencia con otras naciones cuya clase dirigente piensa distinto no otorgan a nadie el derecho a interferir en la vida política de sus interlocutores. Existen otros medios, de uso común y legal, a la hora de promover los principios de política exterior orientados a garantizar la convivencia pacífica, la plena aplicación de los derechos humanos y la libre elección de modelos y dirigentes políticos.

Todo ello sin contar la pobre visión ética que supone interferir en los asuntos domésticos de otros países, apelando a los peores reflejos intrusivos de las grandes potencias que brotaron como hongos a lo largo del Siglo XX y XXI. Este enfoque no nos alinea con el actual régimen de Planalto. Sólo tiende a ceñir el debate a los principios de la democracia y al obvio interés de no desatender los legítimos objetivos nacionales.

Nada de lo anterior supone frivolidad. Por enésima vez el comercio exterior argentino se vuelve a concentrar en pocos productos y en pocos mercados, hecho que debilita el poder de negociación, ya que semejante jueguito nos hace cada vez más dependientes de un puñado de compradores. Hoy el monopsonio (monopolio de compras) chino y de otros territorios asiáticos de interés (India y Vietnam por ejemplo) absorben crecientes porciones del intercambio de casi todo el Mercosur, lo que no es malo cuando se entiende el riesgo de colocar la mayor parte de los huevos en la misma canasta. Diversificar y atomizar las oportunidades de intercambio equivale a bajar la dependencia de uno o pocos compradores, lo que representa una seria visión de Estado y de los actores del intercambio. También es indudable que los cuatro líderes del Mercosur no prestan verdadera atención a las reglas de acceso a la economía de las naciones que pueden ser de interés comercial, ni a la consistencia de sus enfoques de negociación con lo que hoy se llama, por generosidad o necedad (el lector elige), el neo-capitalismo de mercado.

Veamos un reciente e ilustrativo episodio. Brasil acaba de crear un nueva cuota para la importación de 450.000 toneladas de trigo, la que será licitada por fuera de las reglas y de la cuota que tiene Argentina en el contexto del Mercosur, la que se suma a la de 650.000 tns, cuyo origen se explica en una travesura de Itamaraty (la Cancillería brasileña) en ocasión de la Ronda Uruguay del GATT. Al frente de la Asociación de la Industria del Trigo (Abitrigo), el sector usuario de esa materia prima a importar, se halla el embajador Rubens Barbosa, un hombre que se educó en su Cancillería, quien además influye en la política comercial de la Federación de Industrias de San Pablo (la FIESP).

El Gobierno de Brasil y Abitrigo podían haber armado la importación de cualquier manera, pero eligieron el camino que no favorece a Argentina ya que, según Barbosa, nuestro país no tiene stocks, cosa que nuestros empresarios niegan rotundamente.

En mi barrio a estos episodios se los llama marcar la cancha. Todo indica, por vía de la deducción y sin fundamentos escritos, que la Casa Rosada acaba de recibir una “lección” del prescindible costo de la falta de diálogo. En este caso unos US$ 100 millones.

Digo todo esto después de haber previsto con pelos y señales que el Presidente de México (AMLO) nunca tuvo interés alguno de hacer que su único viaje al exterior en lo que va de su mandato fuera para cruzar espadas con Trump, con quien estableció un meloso diálogo político tras hacer la mayor cantidad de concesiones sensibles que la de cualquier otro mandatario de ese país le concedió a Washington. Confirmó que las supuestas almas gemelas de la política tienen algunas horas dedicadas al Grupo Puebla y toda una vida consagrada al oficio de entenderse, muchísimo más de lo que dicen los diarios, con el Jefe de turno de la Casa Blanca. Ningún Presidente mexicano con vocación de poder se hace el revolucionario con la dirigencia política del país que recibe el 80% de sus exportaciones y da cobijo a unos 38 millones de sus ciudadanos que suelen enviar fondos a sus familias de origen.

Tampoco es dable forjar un Mercosur sólido con los dogmas y la bisoñería profesional que sostienen los tres audaces gobiernos y el gobierno titubeante de ese Acuerdo de integración. El bando de los primeros está dispuesto a generar un apertura unilateral de sus economías, sin percibir que: a) ningún futuro interlocutor de terceros países que acepte negociar un nuevo Acuerdo de Libre Comercio (ALC) con los Miembros del Tratado de Asunción estará dispuesto a pagar un adecuado nivel de concesiones recíprocas a quienes como Brasil, Uruguay y Paraguay dicen estar listos para abrir en forma autónoma el acceso a sus respectivos mercados; ese trío sostiene, con el ministro Paulo Guedes a la cabeza, que la apertura a realizar supone un beneficio promocional que el Mercosur se hace a sí mismo y tiene sus propias virtudes, lo que no me parece mal si alguien juntara paciencia para aclararme cuál es el tangible incentivo que resta para inducir a esos futuros socios a brindar acceso equivalente en sus respectivos mercado o mercados si ya se llevaron sin costo el apetitoso patrimonio de una fuerte apertura no negociada; b) si las liberalizaciones a negociar en el nuevo Acuerdo no cubren por lo menos el 90% de los bienes objeto de comercio entre las partes, cada concesión incluida en tales paquetes es elegible para ser reclamada por los demás miembros de la OMC sin pagar reciprocidad de ninguna especie (principio de Nación Más Favorecida); c) entender que todos los días se complican adicionalmente las normas sobre proteccionismo regulatorio, lo que no figura en las lecturas académicas de quienes sustentan estas ideas.

En el caso particular de la Unión Europea ese proteccionismo hoy se refleja en no menos de cuatro mecanismos horizontales como los nuevos Pacto Verde (Green Deal) aplicable a todos los componentes del desarrollo sostenible; el Programa del Productor al Tenedor (Farm To Fork Program), el recién estrenado concepto de Autonomía Estratégica (lo que suena a gritos como un programa de autosuficiencia agrícola y agroalimentario apenas disfrazado) y, por último, pero no por ello lo menos importante, por el nuevo Proyecto de Estrategia Industrial para Europa que circula a gran velocidad en el Parlamento Europeo.

Muchos de esos temas no estaban oficialmente en la vidriera cuando se adoptó el borrador UE-Mercosur, si bien cualquier observador con oficio conocía su existencia y gran parte de su contenido (ver mis columnas).

Algunos de los mandos de la Unión Europea también adhieren el principio de Soberanía Alimentaria, lo que supone autosuficiencia alimentaria sin tapabocas ni eufemismos. La tal Soberanía consiste en eliminar la dependencia de Bruselas de las modestas y embrionarias disciplinas sobre liberalización del comercio agrícola que hoy existen en la OMC, las que surgieron de una enconada lucha en la Ronda Uruguay del GATT.

Es en este contexto, el Brasil que habla de apertura económica contra modelos donde el proteccionismo regulatorio es la pieza central de resistencia que tiñe y da forma a la política de integración, suena a dogma religioso no a conocimiento de lo que propone. Dudo que Brasilia entendiera el alcance de los referidos programas al suscribirse el borrador de Acuerdo de Libre Comercio (ALC) el 29 de junio del año pasado. También imagino que los demás miembros del Mercsour ignoraban o quisieron ignorar el alcance de las nuevas reglas, algunas de ellas justificadas por la noción de alcanzar la neutralidad en las emisiones de gases de efecto invernadero en el año 2050. Me asombra que Brasilia tampoco entendiera el objetivo de los informes públicos realizados por los comités relevantes del Euro-Parlamento, lo que consta en los trabajos sobre la deforestación de su propio territorio amazónico (ver mis columnas en El Economista y en el IEM de la USAL).

Pero como el dogma es apertura o cierre de la economía y la mayor parte de los negociadores no entienden como se refleja en los hechos el valor real de los intereses ofensivos y defensivos de la negociación, el debate se convierte en una disputa entre un racionalista atado a los hechos y la fe cuasi religiosa de los que enarbolan la apertura unilateral, como si ese fuera el verdadero debate. Mis reservas a los textos en danza ya fueron publicadas y estaría encantado de dialogar sobre su contenido, el que no voy a repetir en esta oportunidad. Sólo enfatizo que hablar de una apertura que descansa en la rebaja o eliminación de aranceles, cuando la madre del borrego es el proteccionismo regulatorio, no suena como respetable testimonio de sabiduría de los proponentes.

La disciplina del enfoque argentino en el Mercosur da la sensación de estar basada en una lista de proyectos cuya factibilidad comercial, financiera y logística no parece tener su hoja de ruta de genuino valor profesional. Ojalá me equivoque. Cuando se enumeran mercados para la exportación de plantas llave en mano a mercados como Bulgaria, Cuba, Rumania y Mozambique uno se pregunta, por ejemplo, y para empezar, cómo y a qué precio competitivo se conseguirá el transporte para algunos de esos destinos. Tampoco, como ya advertí en columnas anteriores, se puede seguir la lógica o viabilidad de los términos ofensivos y defensivos para negociar con mercados tan disímiles, complejos y en ciertos casos extravagantes como Corea del Sur, Líbano, Canadá, Singapur, India, Vietnam, Centro América, Perú y Colombia, por no hablar de la UE y el EFTA. A pesar de ello, me remito a explicaciones anteriores para reiterar que Argentina debería participar en las negociaciones del Mercosur introduciendo en cada una de ellas una lista de asuntos regulatorios, de enfoques defensivos y ofensivos y de requisitos exigibles para zanjar cada uno de los aspectos bajo negociación.

Una curiosidad. En este semestre no sólo la primera mujer que preside la Comisión de la Unión Europea (Ursula von der Leyen); la presidencia del Consejo de la UE (Merkel) y el titular del INTA, Bernd Lange, son alemanes. Interesante.

El hecho de que la pandemia y el nuevo concepto de desarrollo sostenible de la UE traigan consigo una estrategia industrial para Europa (la estrategia) en 2020, no sólo significa regresar unos cincuenta años al fondo de la historia de la segunda postguerra del Viejo Continente, cuando en Francia convivían un ideólogo completamente liberal como Jacques Rueff con el Comisariado del Plan, una estructura con pretensión capitalista pero inspirada en una planificación estratégica casi soviética. Yo no les pido a los doctrinarios del Mercosur que lean el archivo completo, pero al menos que vean los párrafos 3 a 10 de la opinión del Comité de Comercio Exterior, la que sugiere las siguientes pautas: 1) la futura industrialización del Viejo Continente debería sustentarse en desarrollos con bajas emisiones de gases de efectos invernadero (GHG o carbonización); 2) sean tecnológicamente sustentables (tanto los insumos como la baja dependencia de fuentes extranjeras, deducción mía); 3) a prueba de incentivos que lleven a la emigración de las inversiones u otros recursos (humanos por ejemplo) hacia mercados con reglas más laxas o mayores incentivos económicos; es decir a prueba de lo que, en el lenguaje del Cambio Climático se llama “la gotera” (the leakage); 4) compatibles con los objetivos destinados a combatir el cambio climático, el que consiste llegar a la neutralidad de las emisiones en 2050; 5) evitar la desindustrialización del Viejo Continente; 6) industrias que no generen incertidumbre y basadas en materias primas, insumos, conocimiento tecnológico y otros factores que deberían hallarse disponibles en lugares confiables de su propio territorio aduanero (en criollo, la mayor autosuficiencia posible); 7) preservar la viabilidad de las cadenas de valor, lo que en parte suena a contradictorio con los otros requisitos, y 8) garantizar el abastecimiento de las materias primas estratégicas, lo que recuerda a la inquietud que se suscitó por la alta dependencia global de la exportación china de los 17 minerales o tierras raras.

Algunas de las industrias identificadas como prioritarias son las de un paquete de alta tecnología, comunicaciones, químico-farmacéutica, equipos médicos y materias estratégicas. Esto es usar la tecnología para retroceder seis décadas en la vida política, lo que no deja de ser un “notable progreso” aislacionista y mercantilista. Lo que no es muy capitalista es que sea el Estado y no el sector privado quien elija los sectores.