El colapso de Wirecard y su jefe Markus Braun amenaza con arruinar la fiesta de las fintech

9 de julio, 2020

Por Pablo Maas

Para los fanáticos de la serie de televisión Billions, la historia de Wirecard, considerada la PayPal europea y cuyo colapso hace menos de un mes promete arruinarle la fiesta a la industria de las fintech, no resulta sorprendente. Con la diferencia de que Bobby Axelrod, el ambicioso gestor de fondos de inversión que abusa de la información privilegiada y el soborno para aumentar su fortuna, es un personaje de ficción interpretado por el actor Damian Lewis. Pero Markus Braun, el CEO de Wirecard, que está en libertad bajo fianza de 5 millones de euros después de ser acusado del mayor fraude contable en la historia reciente de Alemania, es un hombre de carne y hueso.

Hasta hace poco, Braun, un austríaco de 50 años, era considerado un visionario y pionero tecnológico y financiero, reconocible en las conferencias high tech por sus poleras negras a lo Steve Jobs y su relato impecable acerca del grandioso futuro de los pagos electrónicos, el Big Data y la Inteligencia Artificial. Un consumado “storyteller”, lo describió el Wall Street Journal. Exconsultor de KPMG, en 2002 Braun se acercó a Wirecard, que era entonces una pequeña procesadora de pagos electrónicos fundada en 1999 en un suburbio de Munich cuyos principales clientes eran sitios web pornográficos y de juegos de azar online, y se transformó en su principal accionista y máximo dirigente. En 2005, entra a la Bolsa de Frankfurt comprando la estructura de una cotizante difunta, lo que le evitó organizar una Oferta Pública Inicial de acciones y revelar información incómoda, como que sus 300 empleados todavía no se dedicaban a otra cosa que a procesar los pagos de los sitios porno y de juegos. Al año siguiente compra un pequeño banco, XCOM y obtiene la licencia de Visa y MasterCard, lo que le permite emitir tarjetas y manejar el dinero de los comerciantes.

“Este híbrido inusual de operaciones bancarias y no bancarias hace que sus cuentas sean difíciles de comparar con la de sus pares y ayuda a persuadir a los inversionistas a confiar en las versiones ajustadas de sus balances contables”, relata el Financial Times, el diario que destapó el escándalo de las cuentas dudosas de Wirecard por primera vez en enero de 2019 y no le perdió pisada desde entonces. En 2008, Braun contrata como auditor especial de su compañía a EY (Ernst&Young), una de los cuatro grandes del negocio y a partir de 2011 se expandirá fuertemente en Asia, tomando como base a Singapur y comprando empresas de pagos electrónicos en la India y otros 11 países. Un informe positivo de EY en 2017 genera mucho entusiasmo por las acciones de Wirecard, que se duplican. En agosto de 2018, sigue la cronología del Financial Times, la valuación bursátil de la compañía alcanza un máximo de 24.000 millones de euros, convirtiendo a Braun en “billonario” con una tenencia de 1.600 millones de euros. Con 5.000 empleados, procesa pagos para unos 250.000 clientes, emite tarjetas de crédito y prepagas y tiene como clientes a grandes supermercados alemanes como Aldi y Lidl, además de un centenar de aerolíneas. Con US$ 140.000 millones en transacciones, se convierte en un serio rival de la estadounidense PayPal. En septiembre de 2018 llega finalmente el momento de gloria: ingresa al prestigioso DAX 30 de la Bolsa de Frankfurt, desplazando nada menos que al venerable Commerzbank, el cuarto banco más grande de Alemania por activos.

Este paso fue celebrado por muchos como un triunfo: la mayor empresa fintech de Europa, la banca del futuro etérea, digital y moderna reemplazando a un antiguo banco de ladrillo y cemento como Commerzbank fundado en 1870 por comerciantes de Hamburgo, podía finalmente poner a la tecnología alemana en posición de desafiar a los gigantes tecnológicos de Silicon Valley. El ladrillo y el cemento en el caso de Commerzbank, cuyo principal accionista es el Estado alemán, es literal. La sede corporativa del banco es un colosal rascacielos diseñado por el arquitecto inglés Norman Foster y es el edificio más alto de la Unión Europea.

En 2019, y en medio de crecientes denuncias acerca de prácticas non sanctas en su contabilidad, el derrumbe comienza primero en cámara lenta y más tarde se acelera. En octubre del año pasado, el Financial Times publica documentos que muestran que las ganancias de Wirecard en Dubai y Dublin estaban infladas fraudulentamente y que miles de clientes listados en interminables hojas de cálculo entregados a EY directamente no existían. De hecho, mostrará más tarde el diario, la compañía alemana “parece tener una relación inusualmente lucrativa con una colección de casi 4.000 sitios pornográficos y de citas por Internet registrados por 175 empresas en Chipre y el Reino Unido” a las que cobraba comisiones de hasta el 15%, lo que según fuentes citadas por el diario debería haber planteado dudas acerca del cumplimiento de normas anti-lavado de dinero.

Finalmente, el colapso sobrevino el 18 de junio, cuando Wirecard admitió un faltante de 1.900 millones de euros en sus cuentas, que había intentado disfrazar como un fideicomiso en bancos filipinos pero que los mismos bancos desmintieron su existencia. La semana siguiente se declaró insolvente y varios de sus directivos fueron arrestados. Sus acciones en la Bolsa se evaporaron, perdiendo el 98% de su valor.

Muchos analistas ven el escándalo de Wirecard como un “momento Enron” para Europa. La implosión de Enron, hace ya 20 años, llevó a la disolución de Arthur Andersen, entonces una de las cinco grandes firmas de contabilidad y auditoría del mundo. Ahora EY está expuesta a grandes riesgos por su fracaso en informar sobre las irregularidades de su cliente y afronta juicios (además de la pérdida de reputación y de clientes) como el que le ha iniciado el gigante japonés Softbank, que compró el año pasado bonos convertibles de Wirecard por 900 millones de euros, creyendo que invertía en una empresa fiable.

Para el regulador financiero alemán, BaFin, el escándalo podría ser letal para los sueños alemanes de convertir a Frankfurt en el nuevo centro financiero de Europa, en reemplazo de Londres, como resultado del Brexit. Pero posiblemente el impacto de mayor alcance lo sentirá la emergente industria fintech, sobre la cual podrían comenzar a apretarse las clavijas regulatorias. Algo parecido a lo que ocurrió tras la quiebra de Enron y la posterior sanción de la Ley Sarbanes-Oxley, en 2002, para proteger a los inversores de las prácticas financieras fraudulentas.

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