Crisis económicas argentinas, un ovillo que no se deja desatar

8 de julio, 2020

Por Darío Judzik, Camila Perochena y Santiago Rodríguez Rey 

Supongamos que estamos a mediados del Siglo XIX, luego de la derrota de Juan Manuel de Rosas en Caseros, y nos proponen un negocio: criar ovejas. En esa época, el mercado lanar parecía destinado al éxito. El contexto internacional, en un principio, nos acompaña. Gracias a la guerra de secesión en Estados Unidos exportamos y crecemos. Pero, el final de la guerra cambia el panorama y tras el triunfo del norte, nuestro principal cliente, Gran Bretaña, que ha estado invirtiendo y evaluando otras opciones, diversifica su cartera de proveedores. Con la consecuente caída del precio internacional de la lana, entramos en 1866 en la primera crisis económica de una Argentina unificada. Ni la recién fundada Sociedad Rural logra que el Gobierno nos ayude, y terminamos teniendo que liquidar nuestro stock ovino. La entrada en el mercado mundial nos mostraba tanto sus bondades como sus problemas.

En los siguientes 150 años, Argentina encontró en la inestabilidad macroeconómica un patrón sistemático, casi una forma de ser. Pero las causas de la inestabilidad no siempre fueron las mismas y las recuperaciones no descansaron en los mismos motores. En el podcast “Hay que pasar el invierno” de La Nación, recorrimos 12 crisis económicas que tuvieron lugar desde 1866 hasta nuestros días (1866, 1873, 1890, 1914, 1930, 1952, 1959, 1975, 1981, 1989, 2001 y la larga recesión de la última década). En cada episodio, analizamos las causas, las consecuencias, las reacciones de los diversos sectores y los planes económicos elaborados para salir de ellas. En este artículo buscamos hacer una evaluación global a partir de problemas o dilemas que se repitieron transversalmente en nuestras crisis económicas.

El primer problema es la dificultad para administrar el balance entre la capacidad de generar valor y el consumo de recursos que se desea. Ya sea por deuda o por inflación, la dirigencia y la sociedad de Argentina se encuentran con frecuencia con que el balance entre el consumo de bienes y servicios y el nivel de vida promedio, no se corresponden con la capacidad de crear ingresos. Eso se puso en evidencia de manera traumática en la crisis de 1890, una de las más importantes de la Historia Argentina. Durante la década de 1880, Argentina obtuvo muchos préstamos para financiar su desarrollo y un crecimiento potencial que tardó más tiempo del esperado en aparecer. Con la demora de la rentabilidad, surgieron dudas sobre si el Estado iba a poder cumplir sus promesas. Como sabemos, impaciencia y deuda externa hacen un cóctel peligroso en los países en vías de desarrollo. Se produjo así la primera gran crisis financiera, que Argentina exportó a otros países.

Esta crisis muestra el segundo problema: la deuda. El trauma de 1890, reapareció en las grandes deudas que se fueron acumulando desde mediados de 1970 y que nos van a llevar al default en 1982 y 2001. El crédito, técnicamente, es una máquina del tiempo, en el sentido que permite consumir hoy recursos que se van a producir en el futuro. Tomar deuda conlleva implícitamente una promesa de futuro, una certeza sobre el incremento de la riqueza y el flujo de ingresos, que va a permitir el repago de dicha deuda con creces.

Argentina padece una especie de miopía autoimpuesta y el devenir a mediano plazo, casi siempre, termina siendo peor de lo que se esperaba. Esto pone en evidencia un tercer problema señalado por diversos entrevistados: al no contar con una moneda sólida que inspire confianza, no hay volumen de ahorro en moneda propia que le permita al Estado financiarse más fácilmente. De aquí los recurrentes encuentros con la deuda externa y la necesidad de divisas para repago de créditos.

En cuarto lugar, tenemos la inflación. En este caso, la semilla de la crisis se planta durante épocas de crecimiento económico, cuando la política económica en vez de ser contracíclica, como recomiendan todos los manuales (esto sería gastar menos en las expansiones, para tener la posibilidad de hacerlo cuando la cosa se pone difícil), se vuelve procíclica y los gobiernos gastan más. Cuando cambia el ciclo, y comienza la siguiente caída en la actividad, el gobierno que venía creciendo en gasto se queda sin nafta, caen los ingresos y para sostener el gasto (que es rígido a la baja) tiene dos caminos: recurrir a endeudarse o a expandir la base monetaria. Miremos a Juan D. Perón en su primera y segunda presidencia: a partir de 1949, luego del ciclo virtuoso de tres años que implicó una expansión del gasto, aparecieron las señales del agotamiento económico. Con la caída en los términos de intercambio y el aumento de la inflación apareció la primera crisis de los que se denominó los ciclos de “stop and go”. A diferencia de crisis anteriores, que se dieron en un contexto de economía abierta y freno del flujo de capitales extranjeros, esta crisis ya es de una economía semicerrada.

En ese contexto se empiezan a ver los dilemas que genera la inflación: un fenómeno monetario cuya solución excede la política monetaria. Según puede verse en diversos episodios, la inflación nace como un tema monetario, por la necesidad de financiación de déficits públicos, pero luego su aumento, persistencia, e inclusive la dificultad para remediar o reducirla, excede estrictamente la política monetaria. Una vez generado el monstruo, la problemática se irradia a lo ancho del sistema y ya depende de temas institucionales, de contratos, de las estructuras de costos, del tipo de cambio y, en definitiva, de inercias muy difíciles de modificar.

Ese gasto que crece y luego nos cuesta regular, dejando deudas y/o inflación, tiene que ver con un clásico dilema de política económica: la llamada curva de Phillips. Básicamente, la idea es que existe una disyuntiva entre el nivel de desempleo y el nivel de inflación. Si un gobierno prioriza el desempleo bajo, y genera política monetaria y fiscal expansiva, va a generar inflación. Además, en tiempos de vacas gordas la negociación salarial es más picante, distintos sectores quieren un pedazo de esa torta creciente, generando más presión inflacionaria. En cambio, si el gobierno tiene por meta la estabilidad de precios, y mantiene una severa disciplina en su presupuesto, puede haber más desempleo y menos actividad económica, pero a la vez menos reivindicación salarial y baja inflación. En Argentina, la inflación fue en muchas ocasiones resultado o síntoma de una puja distributiva mal resuelta donde no le encontramos la vuelta a ese equilibrio.

Por último, un dilema persistente es el del tipo de cambio real. ¿Cuánto vale o debería valer el peso? Una moneda muy débil favorece exportadores y perjudica trabajadores en industrias de mercado interno, mientras que una moneda muy fuerte lleva a mayor capacidad adquisitiva del salario pero menos competitividad internacional de los productos argentinos. Por esto es que Pablo Gerchunoff y Martín Rapetti postulan que en Argentina el tipo de cambio que deja a todos más o menos contentos, el tipo de cambio de equilibrio social, es distinto al de equilibrio macroeconómico, llevándonos a la permanente inestabilidad.

De la Argentina que basaba su política en un modelo agroexportador a la que pasó a sustituir importaciones y se cerró al mundo, pasando por la que quiso hallar un punto intermedio y luego se abrió al mercado global sin contar con las herramientas necesarias para hacer frente a la competencia han pasado muchas cosas. El punteo que incluye deuda, restricción externa, inflación y un mercado financiero en moneda local pequeño es solo un recorte. Los factores en juego son múltiples y, como estamos aprendiendo, ni el más precavido espera por una pandemia. Sin embargo, de la esperanza de la cosecha salvadora a la que remite el personaje de Julio de Grazia al final de la película “Plata Dulce” a la adaptación económica a un mundo competitivo en medio de una Cuarta Revolución Industrial, hay mucho trabajo por delante para adaptarse. Mucho más que prenderle una vela a Dios, por más que él sea argentino.

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