Una cumbre del G7 sobre la futura coexistencia con China

16 de junio, 2020

Por Atilio Molteni Embajador

Con alguna excepción, los líderes del capitalismo tradicional nunca saben muy bien a qué atenerse cuando dialogan con el actual Presidente de Estados Unidos. En especial, cuando se trata de un foro donde todo indica que se discutirán temas de alta sensibilidad política como las relaciones con China y sus aspiraciones hegemónicas; la pandemia que afecta al conjunto del planeta y la difícil situación económica global que emergerá a medida que se produzca una diferente normalidad.

Por lo pronto, Donald Trump, el anfitrión de este año, decidió postergar hasta septiembre la presente cumbre anual de los Jefes de Estado y de  Gobierno con la expectativa de que para entonces los tentáculos del Covid-19 se hayan apaciguado. Y si bien la actividad principal se  desarrollará en Washington, algunos temas de agenda podrían derivarse a las instalaciones de Camp David.

La otra novedad que introdujo el mandatario estadounidense es su propósito de invitar a líderes que no son parte del G7 como los de Corea del Sur, Australia, India y la Federación Rusa, un bloque al que horas después se agregó Brasil. Entre las incógnitas del evento se halla el fuerte interrogante que supone la presencia de Moscú, por cuanto la UE tiene en cartera como sunto irresuelto la ocupación de Crimea por parte de las tropas rusas. De  hecho, la canciller Angela Merkel invocó riesgos de salud para no ser de la partida.

Otro asunto que puede haber influido en la decisión de Merkel podría ser, como explicó El Economista la pasada semana, el hecho de que la UE está  negociando un Acuerdo de Libre Comercio e Inversión con China y no parece tener interés en hacer catarsis grupal contra Pekín.

Como es sabido, el G7 es  un grupo informal de consulta integrado por Alemania, Japón, Francia, Reino Unido, Canadá, Italia y Estados Unidos. En conjunto esas naciones se caracterizan por su raigambre democrática y por representar el 50% de la economía mundial. El origen del foro se remonta a 1975, etapa en la que existía gran interés político de discutir la gobernanza  económica mundial, la seguridad internacional y la política energética, debido a la gran inflación con recesión que existía entonces y fuera en granparte causada por el embargo petrolero de la OPEP.

La presidencia del G7 es rotativa y el país sede tiene la facultad de proponer la agenda. Desde 1981 se estableció la posibilidad de que la Unión Europea participe en estas reuniones como invitado no miembro.

Trump explicó en persona que deseaba invitar a Rusia, lo que sería  retrotraer las cosas al período 2008/14, en que el G7 era el G8.

Las invitaciones especiales de líderes de países no miembros del foro a estas deliberaciones fueron justificadas por el Jefe de la Casa Blanca como la necesidad de incorporar las nuevas voces que hoy existen en los acontecimientos mundiales. Sin embargo, el argumento no tiene gran racionalidad ante la obvia existencia del G20. Los observadores creen que la movida es un intento de expresar el interés de Washington de ganar el apoyo político de países con miradas afines a la Casa Blanca respecto del papel de China en el escenario global. La presencia de Moscú es un capítulo aparte.

Otro tema que podría justificar el deseo de bajo perfil de la dirigencia alemana es el debate sobre el Fondo Europeo de Recuperación, que integra la Próxima Generación de la UE (“The EU’s Next Generation ”) y la transición a una economía digital y verde, así como la embrionaria y difícil negociación vinculada con el divorcio del Reino Unido de la Europa continental (Brexit).

Merkel también insinuó su oposición a la presencia del presidente Vladimir Putin hasta que éste no cambie el enfoque ruso (el utilizar áreas grises y operaciones híbridas contra Europa y Occidente). Pero, en el fondo, porque después de tres años de desavenencias y tensiones, tampoco reconoce el presente liderazgo del Presidente Trump, y el de Estados Unidos, cuyas acciones incidieron en la creciente pérdida de su condición de potencia hegemónica.

Desde la Segunda Guerra Mundial, Washington invocó su carácter de país  excepcional para fomentar un orden mundial basado en normas e instituciones internacionales, en la apertura de los mercados, en la  cooperación multilateral y en valores liberales, una estrategia que le permitió mantener la paz frente a la URSS, aunque esos hechos fueron parcialmente motivados en intereses geopolíticos como, por ejemplo, sus intervenciones militares en Vietnam e Irak.

Esa cultura experimentó un brusco cambio al llegar Trump con la idea de enarbolar la consigna “América Primero”. Esa miopía intelectual afectó a  sus aliados, contaminó la relación transatlántica y la visión de los problemas globales, al dar primacía a sus objetivos políticos y económicos internos y cuestionar el sistema multilateral de comercio y otras organizaciones internacionales, cuya última expresión es el retiro de Estados Unido de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Los problemas en el seno del G7 no son nuevos. Afloraron en Italia (2017) y en Canadá (2018), al tratarse temas comerciales, ambientales y la situación de Rusia. Y si bien en ese último caso fue posible adoptar un comunicado final, Washington notificó, poco después, que retiraba su endoso al texto y el apoyo al consenso. En Francia (2019), el G7 optó por redactar un breve comunicado sobre el desarrollo de las deliberaciones, pero el presidente  Emmanuel Macron promovió temas opuestos al pensamiento de la Casa  Blanca e, inclusive, sugirió que Europa podría ser el puente mediador entre Estados Unidos y China.

Al describir este escenario conviene recordar que la alianza occidental enfrenta serios problemas, como el debate sobre la financiación de la OTAN  y las dudas acerca de si Washington defenderá o no a sus socios en caso de un ataque armado; el apoyo europeo a la vigencia del acuerdo nuclear con Irán del que Trump se abrió unilateralmente, así como su falta de interés en temas vinculados con el medio ambiente y el cambio climático. No menos serias fueron las desavenencias sobre el plan de paz de Trump para Medio Oriente, donde antepone los intereses israelíes al proyecto global de paz.

Rusia llegó al G7 por iniciativa del presidente Bill Clinton, cuando al colapsar la URSS buscó atraer a la dirigencia rusa encabezada por Boris Yeltsin e incorporar a ese país a la OTAN. Ese interludio duró poco, ya que  más tarde su membrecía fue suspendida (sin caer en la figura de la expulsión) volviéndose al formato anterior del G7. El motivo de la disputa fue la anexión de Crimea en 2014, lo que generó el conflicto todavía irresuelto con Ucrania del Este. Tras esas acciones tanto la UE como Estados  Unidos le aplicaron sanciones que aún persisten y el tema sigue en un limbo favorable a Moscú. En cambio, desde que asumió la presidencia Trump, este defendió, por razones poco claras, la participación de Putin en todos los  foros.

La celebración del G7 en Washington podría favorecer la imagen de Trump con vista a las elecciones de noviembre, pues el escenario electoral hizo daño a la imagen del Jefe de la Casa Blanca, ya que causó miles de víctimas  en su país, una desocupación que alcanzó al 13,3% y una mayor desigualdad social.

Las complicaciones del inquilino de la Oficina Oval se complicaron el pasado  25 de mayo cuando el ciudadano afroestadounidense George Floyd fue asesinado por la policía de Minneapolis, lo que provocó multitudinarias manifestaciones de protesta -en su mayoría pacíficas-, en decenas de ciudades estadounidenses y en todo el mundo. En ellas se cuestionó la desigualdad racial de Estados Unidos, la violencia policial y el tratamiento de las minorías en el ámbito de la justicia de ese país. El resultado de todo ello fue una grave crisis institucional.

Trump reaccionó con mucha torpeza. Eludió lanzar un mensaje de unidad nacional y propuso aplicar medidas rigurosas contra los manifestantes, a  quienes calificó de terroristas y saqueadores, amenazando con enviar al ejército a los Estados que no fueran capaces de controlar la situación. En la práctica, se impuso el toque de queda en 40 ciudades y la Guardia Nacional se desplegó en 23 Estados.

El 1 de junio, una protesta pacífica en Washington fue contenida por la policía militar, a fin de que Trump pudiera caminar hasta la Iglesia de San Juan (próxima a la Casa Blanca), donde se fotografió con una Biblia en la mano, buscando dar una imagen de defensor de la ley y del orden. Esa conducta fue muy criticada en todos lados, y en su propio Partido, ya que el  ex Secretario de Defensa, general Jim Mattis, calificó su accionar como abuso de poder y de desconocimiento de la Constitución, por utilizar a los militares para ejercer política interna. Como fruto de todo ello, las encuestan indican que el 66% de los estadounidenses simpatizan con la protesta y consideran que la autoridad moral del país se ha desintegrado.

Esa postura presidencial contrastó con la del exvicepresidente Joe Biden, quien decidió apoyar los objetivos de las protestas y prometió reformas para superar la injusticia racial y la supremacía blanca en el ámbito de las leyes y las instituciones.

Aunque en 2016, el Colegio Electoral favoreció a Trump en las elecciones presidenciales, nadie sabe si en noviembre próximo logrará obtener igual resultado en la batalla por ser reelecto. La combinación que supone un país en estado de masiva protesta, a la que se suman la pandemia y el colapso económico, no es la mejor carta para seguir en la Casa Blanca.

Aunque Biden en estos momentos está ganando terreno en las encuestas, Trump no es un fácil adversario. Éste último aún dispone de la solidaridad de muchos republicanos, que temen una radicalización racial. El candidato demócrata debería consolidar la unidad entre los moderados y la izquierda de su Partido, a fin de atraer a los votantes independientes que en 2016 votaron a Trump. También para movilizar a la juventud y promover con  fuerza la consigna de una sociedad más inclusiva e igualitaria.

Dejá un comentario