Se aguardan cambios estructurales en el mercado petrolero internacional

24 de junio, 2020

Por Pablo Maas

Desde que estalló la pandemia del coronavirus y la economía internacional entró en régimen de terapia intensiva, pocos mercados como el petrolero han sido menos aptos para cardíacos. No solo porque en un momento los precios se tornaron negativos a causa del colapso de la demanda, sino también porque desde hace tiempo que desde el lado de la oferta subyace una guerra de todos contra todos en la que se han enfrentado los tres principales productores mundiales: Estados Unidos, Arabia Saudita y Rusia.

Después del susto de los precios negativos, el petróleo Brent se niveló a un valor de US$ 23 por barril a fines de abril. Desde entonces ha aumentado 80% hasta US$ 42 en junio. El repunte obedeció en parte a una leve recuperación de la demanda, en la medida en que la economía de los países más ricos ha comenzado a normalizarse. Pero, sobre todo, la mejora en los precios refleja un brutal recorte en la oferta dispuesto por la OPEP y Rusia, de unos 10 millones de barriles diarios, equivalentes al 10% del volumen del comercio internacional. Nunca antes el mercado petrolero internacional había experimentado un cambio tan violento en tan poco tiempo en los volúmenes ofertados.

A esto hay que sumarle el desplome en la producción de petróleo shale que produce el mismo Estados Unidos, que pasó de un máximo de 13,5 millones de barriles diarios en marzo a 10,5 millones al 15 de junio. Esta era justamente la idea de Arabia Saudita, dejar fuera del mercado a las decenas de productores de petróleo no convencional de Estados Unidos. Según un informe de la auditora Deloitte, estas compañías se verán obligadas a pasar a pérdida unos US$ 300.000 millones de sus activos durante el segundo trimestre de este año como consecuencia del impacto de los bajísimos precios del petróleo en sus balances. Esta suma equivale a la mitad del valor neto de todas sus propiedades, plantas y equipos. El aumento de los pasivos llevará a una ola de insolvencias y reestructuraciones en este sector, agrega el informe.

Misión cumplida, podrán haberse felicitado en Ryad. De hecho, Estados Unidos volvió a importar un mayor volumen petróleo saudita en estos últimos días, en parte para compensar una caída temporaria en la producción de crudo convencional que le provocó una tormenta tropical sobre el Golfo de México. Según la Agencia Internacional de Energía (AIE), Washington compró 1,4 millones de barriles en la segunda semana de junio. Esto es tres veces más de lo que importaba en febrero, antes de que se desatara la guerra de precios.

Ante tamaña reducción de la oferta, los precios se mantienen relativamente bajos debido a los inusualmente elevados stocks de Estados Unidos. Para darse una idea de cuán altos, considérese que este país mantuvo durante décadas unos inventarios de alrededor de 250 a 300 millones de barriles, que ahora mismo ascienden a más de 500 millones. Pero estos excedentes podrían consumirse en relativamente poco tiempo si la demanda repunta. Por ahora esto no está ocurriendo. La mayor parte de los aviones del mundo, grandes consumidores de petróleo, siguen en tierra. Pero si los automovilistas estadounidenses aprovechan los bajos precios de la gasolina y salen masivamente a las rutas durante este verano del hemisferio norte, el balance de oferta y demanda puede volver a experimentar cambios.

Lo que ya comienza a verse en forma de un cambio de más largo plazo es el nivel de inversión de la industria petrolera de Estados Unidos. Ni las pequeñas y medianas compañías que se lanzaron a la explotación del petróleo shale, ni las grandes operadoras, que constituyen el 60% del mercado petrolero (la OPEP representa el otro 40%) tienen previsto aumentar sus niveles de inversión para reemplazar reservas. Están previendo que la demanda, como lo informó la AIE, seguirá reflejando el golpe que sufrió con la pandemia hasta por los menos fines de 2021 e incluso más allá de esa fecha. “Tenemos que suponer que la demanda de petróleo no vuelve a los 100 millones de barriles diarios hasta algún momento de 2022”, dijo Neil Atkinson, jefe de mercados petroleros de la AIE, citado por el Financial Times. “Pero incluso esta proyección supone un fuerte crecimiento económico ese año y que no vuelva a resurgir el Covid-19, de modo que no estamos seguros. Podría tal vez ocurrir bien entrado el 2023”, agregó.

En este contexto, no sorprende que la industria petrolera esté abandonando planes de exploración. De hecho, el volumen de los recursos petroleros “recuperables” en el mundo ha caído desde 2019 en 282.000 barriles, a 1,9 billones de barriles. Este es probablemente el más importante cambio estructural que ha traído la pandemia: acelerar la llegada del “peak oil” (pico petrolero), es decir el momento en el cual se alcanza la tasa máxima de extracción de crudo y tras la cual la oferta entra en un declive. Rystad Energy, una consultora noruega muy respetada, publicó recientemente en su informe anual que, según sus cálculos, el momento del peak oil se ha adelantado al menos en dos años, a 2027 o 2028.

Los precios, pronostica el informe de Rystad, podrían tener un fuerte repunte entre 2023 y 2025, pero para entonces también se espera que los vehículos eléctricos se tornen competitivos con los de motores de combustión interna. Si el mercado petrolero ha sido históricamente complejo y no ha habido experto que seriamente se haya animado a pronosticar nada, las complejidades añadidas por la pandemia lo tornan directamente un misterio inescrutable. Si el teletrabajo se impone, por ejemplo, los viajes en automóvil a la oficina de millones de trabajadores podrían reducirse drásticamente. Si las empresas cambian sus cadenas de abastecimiento para reubicar las fábricas más cerca de sus principales mercados, el transporte marítimo de cargas (un fuerte consumidor) también podría caer sustancialmente, contribuyendo a una meseta en la demanda de petróleo el mediano plazo. De lo que no hay dudas entre los analistas es que esta crisis para la economía del petróleo es diferente a cualquier otra del pasado y que no se resolverá con un recorte en la producción, aunque sea de proporciones históricas, mientras se aguarda una rápida recuperación de la actividad económica.