Los lugares de los Fernández

19 de junio, 2020

Por Augusto Milano

La posibilidad de que se avance en la expropiación de la empresa Vicentin es, para muchos opositores y analistas, la prueba irrefutable de que quien tiene el poder real en el Gobierno es Cristina Kirchner. Esta afirmación parte del supuesto de que el Presidente se ve obligado a impulsar esta iniciativa contra su voluntad, forzado por su vice, pero no hay ningún elemento concreto para sostener esa hipótesis. Alberto Fernández está convencido de que la expropiación es el camino para este caso puntual, más allá de la estructura societaria que se conforme posteriormente.

Esa lectura va acompañada de lo que es para muchos una frustración: el desestimiento del Presidente a construir el “albertismo”. Es decir, su renuncia a desplazar a Cristina del centro del escenario político. Ese tipo de análisis se equivocan de verdugo. Quien tenía que hacer esa tarea era el Gobierno de Cambiemos. Pero fracasó en el intento. No corresponde pedirle a Fernández lo que debieron haber hecho otros.

Fernández ha definido una estrategia política que parece razonable teniendo en cuenta su situación. Llegó al Gobierno de la mano de una coalición de la cual no es su líder, sino su garante. Ninguno de los sectores que la integran hubiese ganado las elecciones sin el concurso de los otros y el Presidente procurará arbitrar entre ellos para asegurarse gobernabilidad. El mandato que recibió Fernández del electorado no fue el de desplazar a Cristina, pero una buena parte de quienes lo apoyaron, esperaban, que más allá de las coincidencias con la hoy vicepresidenta sobre las políticas que habría que llevar adelante en esta etapa, mostrase un estilo de gestión diferente, una demanda que hasta ahora, en buena medida, satisfizo.

Fernández no llegó con un discurso fundacional sino para reparar los daños que a su juicio produjo la gestión de Mauricio Macri, pero a poco de empezar su gestión se encontró con el coronavirus. De cómo salga parado el país de esta pandemia será un parámetro de evaluación de su Gobierno. El otro será, el conjunto de medidas que impulse para recuperar la economía a la salida de la crisis.

Causa sorpresa que sorprenda a muchos que la expresidenta tenga influencia en el Gobierno. Sería raro que no lo tuviese dado que fue la que diseñó el frente electoral y la que más votos aportó para asegurar el triunfo. Su influencia no deriva de la supuesta renuncia de Fernández a confrontar con ella, sino de su poder electoral que, aunque importante, es insuficiente para ganar por sí sola como quedó demostrado en las legislativas de 2017. Todos lo necesitaron a Fernández para asegurar el triunfo, y allí está su poder relativo.

En este contexto, pensar a que al Presidente se le ordenó expropiar Vicentin es una visión alejada de la realidad. Analizar esta etapa política con sus complejidades, teniendo en cuenta la heterogeneidad de la colación gobernante, puede exigir un esfuerzo mayor que limitarse a pedirle a Fernández que haga lo que no vino a hacer o presentarlo como un mero ejecutor de una estrategia diseñada por la vicepresidenta. Esa lectura solo serviría para fortalecer a los que sostienen las posiciones más duras en ambos espacios políticos y poco ayudaría en una etapa en que la búsqueda de algunos acuerdos debiera ser la prioridad.

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