La pandemia se viste de rojo punzó

17 de junio, 2020

Por Agustín Lapietra Politólogo

Hay una verdad que los habitantes del interior, religiosos o no, aceptan como un orden establecido de otro tiempo: Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires. Buenos Aires, hasta para los propios habitantes de la provincia homónima, implica necesariamente a la Capital Federal. Y esto  es así en una amplia gama de órdenes: los tres poderes nacionales trabajan allí; la conectividad aérea tiene como hub casi exclusivo a Aeroparque y Ezeiza; los casos graves de salud son derivados a hospitales porteños; el puerto de Buenos Aires concentra el 60% de la carga de contenedores del país, y la educación universitaria gratuita encuentra la excelencia en las  aulas de la UBA, por citar sólo algunos aspectos.

Por densidad poblacional, por concentración de habitantes en metros cuadrados y por su flujo de transporte, Buenos Aires es el foco donde el coronavirus anidó y registró la mayor cantidad de contagios. Tal es la influencia de la Cudad que las medidas dictadas por su jefe de Gobierno, Horacio Rodríguez Larreta, impactan tanto o más en la provincia frontera que las medidas tomadas por el gobernador Axel Kicillof. Y es que se estima que la mitad de las personas que trabajan en la ciudad de Buenos Aires reside en la provincia gobernada por el exministro de Economía de Cristina Fernández. Por este motivo, la reapertura de comercios en la Ciudad  contradice el acatamiento de las políticas de Kicillof, quien opta por el aislamiento estricto para evitar el desborde sanitario.

Pero más allá del AMBA hay vida, y el ritmo de ésta es una panacea comparada con las limitaciones de la primera. Si la pandemia llegó para  cambiar ciertos hábitos laborales y culturales, por qué no preguntarse si no puede promover un debate para desconcentrar la primacía de la Ciudad hacia el resto del país. Raúl Alfonsín, en 1986, intentó mudar la capital a Viedma, Río Negro. “Hay que crecer hacia el sur, hacia el mar, hacia el frío”, dijo el por entonces presidente. El Plan Patagonia significaba, además, impulsar la creación de empleo y la desconcentración de la ciudadanía del AMBA hacia el sur. La inestabilidad democrática, la amenaza del poder  militar y la crisis económica dieron por tierra el proyecto que el menemismo
terminó de enterrar.

Hoy en día, la actividad legislativa y judicial está prácticamente frenada en el país a causa de la pandemia. Si bien el Congreso está trabajando algunos proyectos, todavía se debate sobre la legalidad de las sesiones virtuales. La Justicia, ya de por sí lenta en condiciones sanitarias óptimas, se justifica en el virus para no avanzar con las causas pendientes y las que surgen hoy en  día. ¿Hubiera pasado lo mismo si el Congreso estaba en Viedma? ¿Y si los tribunales tuvieran su sede en Santa Rosa?

En el mapa aéreo es dónde mejor se plasma la primacía de Buenos Aires sobre el resto del país. Aproximadamente el 90% de las rutas se generan o tienen como destino Ezeiza o Aeroparque. La conexión interprovincial está dada en algunas pocas rutas como Mendoza – Salta, Córdoba – Mendoza, Córdoba – Rosario y Calafate – Ushuaia. Es decir, que un fueguino que quiera visitar Neuquén, o un jujeño que quiera ir a San Rafael deberá desviar su trayecto hacia Buenos Aires para conectar. De modo similar, son pocas los aeropuertos provinciales que realizan vuelos internacionales (Salta,  Rosario, Córdoba, Mendoza e Iguazú) y los destinos se concentran en Latinoamérica. Un mendocino que quiera conocer la Torre Eiffel o un cordobés interesado por el arte neoyorquino deberá hacer, como mínimo, una escala en Ezeiza.

En el fútbol también se observa esta tendencia. Pese a que en provincias como Mendoza, Santa Fe, Córdoba y Santiago del Estero la caída de contagios está dando lugar a flexibilizaciones y permisos para la práctica deportiva, la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) no permite que los equipos de esas provincias se entrenen para no perjudicar deportivamente a los del AMBA. En caso de que la situación hubiese sido a la inversa, ¿alguien cree que Boca y River habrían continuado sin actividad en solidaridad con sus colegas del interior?

En campaña, Alberto Fernández realizó un spot donde proponía “sacar a  Dios de la ciudad de Buenos Aires para hacerlo circular por todo el país”, lo que suponía la creación de una capital alterna en cada provincia y la promesa de que el Gobierno se trasladase una vez por mes allí para atender las cuestiones sobre el terreno. El 12 de febrero, el Presidente envió el  proyecto al Congreso, aunque como toda ley, ésta también sufrió el freno  legislativo producto de la pandemia. Si bien la ley intenta ser un avance hacia un país más federal, la misma supone una movida de peón en el tablero de ajedrez dominado por la centralidad porteña.

Huelga preguntarse también si la movida federal sólo debe ser promovida desde el seno nacional. Si no hay también responsabilidad en los entes  provinciales por la falta de proactividad, y de comunicación entre pares para romper el cerco del monopolio de la capital. Claro que la descentralización de los servicios educativos y sanitarios durante la gestión de Carlos Menem supusieron una importante carga para las arcas provinciales, y que la inversión en unidades de alta complejidad, universidades y escuelas dejó lugar a la subsistencia, al pago de los magros salarios y el mantenimiento edilicio. Más allá de esto, el faro a seguir siempre estuvo dado por la figura  presidencial y el adoctrinamiento de los ATN para sumar voluntades.

El Covid-19 está obligando a las provincias a reinventarse sin Buenos Aires. El turismo interno es un tibio intento para amortiguar la caída de las economías regionales, aunque está limitado al tráfico terrestre dada la precariedad de rutas aéreas por fuera de Aeroparque y Ezeiza. Salvo el  proyecto de Alfonsín, es curioso que sea un presidente porteño el que de  algunas señales para mudar a Dios de sus oficinas de Puerto Madero.

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