La globalización y el mágico catecismo de Joseph Stiglitz

8 de junio, 2020

 

Por Jorge Riaboi Diplomático y periodista

 

Como ya es rutina, las dos mayores potencias económicas, Estados Unidos y China, decidieron agregar una seria disputa política a la canasta de reyertas comerciales y a los terremotos gemelos de carácter sanitario y económico  que hicieron del mundo un temible infierno. Al redactarse esta columna, ambos gobiernos se amenazaban con la total suspensión de sus conexiones aéreas. Washington también procuraba frenar el acceso de títulos chinos a los mercados estadounidenses de capital y deshacer los procesos de tercerización industrial que establecieron sus propias multinacionales en ese territorio asiático. El Financial Times se preguntaba, con insólito candor, si esas peleas de fondo tienen marcha atrás, lo que equivale a especular con lenguaje solemne acerca de la posibilidad de que Donald deje  de inventar mentiras o de maltratar al periodismo.

 

El fundamento de la nueva guerra semanal es altamente sensible. Se trata de  la reacción del gobierno que encabeza Donald Trump a las severas medidas de represión que adoptó Pekín para domesticar a los 7 millones de compatriotas que habitan en Hong Kong y están a gusto con la cultura  capitalista. En la prensa mundial se entendió que Xi Jinping parecía  dispuesto a generar un nuevo Tiananmen, la plaza donde en 1989 el régimen comunista ejerció inusitada violencia contra manifestantes civiles  (ver la columna del embajador Atilio Molteni). El conflicto ilustra acerca del  tipo de escenario que cabe esperar de la realidad asiática en este complejo período internacional. Un escenario totalmente invisible en los radares de nuestra clase política.

 

Ese déficit cognitivo aleja a la Casa Rosada de los asuntos que aporta la  globalización y la hace más dependiente de las ideas de profetas que dan colorido al realismo mágico, como sucede con el Premio Nobel Joseph Eugene Stiglitz, mentor intelectual del Ministro de Economía MartínGuzmán. O, desde una perspectiva más moderada, de intelectuales  como Lawrence (Larry) Summers, un brillante ex Secretario del Tesoro de los Estados Unidos y ex Presidente de la Universidad de Harvard, a quien el último lunes oí reflexionar acerca de los factores que inciden sobre la coyuntura. Gusten o no, Stiglitz y Summers representan una parte no desdeñable del firmamento político y académico estadounidense. El problema es que su gelatinoso progresismo no permite discernir donde empiezan sus relatos y en qué momento discuten la realidad. Ello no hace fácil saber si creen que Estados Unidos debería tener, en esta coyuntura, una propuesta destinada a aumentar su bajísima capacidad de ahorro y  replantear con disciplina asiática su endeble competitividad económica, un objetivo que hoy está fuera del menú prioritario del saber político. Sería mucho más lógico que Washington ponga empeño en acrecentar sus exportaciones en lugar de recortar con mentalidad del Viejo Oeste el déficit producido por la tangible glotonería importadora. O conocer sus recetas para combatir la inflación de costos.

 

Ambos pasaron por las filas del Banco Mundial y por las salas de mando de sendos gobiernos demócratas. Stiglitz dictaminó “la muerte del neoliberalismo”, cuando hasta los gobernantes republicanos ya habían dejado en la baulera el Consenso de Washington. Estos hechos explican más que miles de papers que nadie lee, los porqués del fracaso de la Ronda Doha de la OMC y otros hechos notables.

 

Al llegar la crisis de 2008-2009 vivían en desconcierto. Los líderes del recién nacido G20 miraban la agenda de conflictos con los manuales del Consenso anterior. Washington recién empezaba a tener remordimientos  por haber convencido a Pekín de las ventajas de sumarse al capitalismo y atodas las instituciones multilaterales que nacieron tras la Segunda  Postguerra mundial.

 

Esa parte de la historia me resulta familiar, porque durante más de diez años fui parte activa de la accesión de China a la OMC y vi cómo surgieron, uno por uno, muchos de los compromisos que accedieron a los protocolos   de esa decisión. Por eso me causan risa, pánico y vergüenza ajena las idioteces que declaman los sino-filos criollos.

 

Estados Unidos empezó a sufrir y desdeñar la liberalización del comercio cuando Bill Clinton llegó a la Casa Blanca (ver “Trade liberalization and dangerours political games”, que escribí para el International Law Journal de Fordham University a fines de 1999). Ya entonces estaba claro que la noción de ganar a China para la causa de la economía de mercado, surgió de  un enfoque adolescente. Me consta que Pekín tardó en descubrir todas las   aristas de su ventaja competitiva, pero nunca entendió ni aceptó en serio el alcance de los compromisos adquiridos en materia de reforma que suscribió en la OMC, uno de los asuntos más contenciosos de la presente relación bilateral entre ambas potencias.

 

Tampoco está claro si el actual candidato demócrata a la presidencia de Estados Unidos, Joe Biden, tiene con qué modificar el pantano que creó Trump. En estas horas siquiera hay indicios acerca de qué pasará en las elecciones del próximo 3 de noviembre.

 

El problema que atañe a la Argentina es otro. Al salir por excepción de mi  ostracismo económico, intento exhortar a que el propio Stiglitz, sus cultores o discípulos cuenten cómo y cuándo se proponen lanzar un esquema sensato de desarrollo sostenible (lo que seríala versión  estadounidense del Pacto Verde o Green Deal de la UE), que incluya la reactivación del comercio exterior y el pleno respeto a las complejas necesidades de inclusión social. Y hacerlo en un mundo que, en estas horas, carece de reglas confiables y contractuales, ya que Donald noqueó  deliberadamente la actividad de la OMC.

 

Sin importar cuando se vaya de la Casa Blanca, parece obvio que este Presidente dejará un tóxico legado. Derrapó el sistema multilateral de punta a punta. Sobre eso no escuchamos ninguna palabra útil de Stiglitz o sus cultores, quienes dicen cosas imprudentes acerca del desprecio político de una parte de nuestra sociedad cuando se discute el futuro de los pilares nacionales del crecimiento económico, de la creación de empleo, de la captación de inversiones y del acceso a la tecnología. Son temas que no reconocen la autoridad de las pecheras ni pancartas políticas, ya que dependen de conocer y de estar o no estar integrados al proceso de generación de divisas por exportación (no retornables) y de adherir en serio a la real-politik de la globalización. El mundo podrá cambiar los pilares de  este último proceso, pero difícilmente habrá de prescindir con éxito de sus plataformas, aún con los riesgos sanitarios, de seguridad, ciber-seguridad y  económicos involucrados.

 

Stiglitz nunca aclaró de qué manera sabotear la regla de la ley en el  intercambio global (la OMC), desmantelar las cadenas de valory atacar los   incentivos creados para captar alta tecnología y las macro-inversiones de capital que son necesarias a la hora de generar una sana y moderna actividad económica, pueden favorecer las perentorias y legítimas necesidades inclusivas de la sociedad. En cierto modo, él también confunderelato con realidad. Parece suponer que es bueno o normal caer en el fraccionamiento del comercio mundial, lo que claramente implica alentar la vertiginosa caída de la actividad económica, en momentos en que ya anda por el cuarto sótano (la desocupación en Estados Unidos pasó de menos del 4 al 13,3% en pocas semanas).

 

Mientras esperamos que Stiglitz o sus simpatizantes nos ayuden a entender cómo ven todo esto, vale la pena echar un párrafo sobre el reciente diálogo del doctor Lawrence Summers con lagente del Centro de Estudios  Estratégicos e Internacionales (el CSIS). En ese contexto dijo que hoy la clave reside en no equivocar la política fiscal. Wow. Nadie vio venir este salto copernicano.

 

Pero cuando surgió el tema del gigantesco endeudamiento fiscalque dispuso  Washington para derramar liquidez ante la gravísima recesión en  curso, añadió que era una cuestión de oportunidad y de elegir cuál de los déficits importa más. Si el fiscal o el déficit de servicios que el Estado debería prestar al conglomerado social en el contexto de las presente realidad. La pregunta retórica es válida, aunque la respuesta resultó un fiasco.

 

Summers alegó un sofisma bastante popular en EstadosUnidos y Canadá.  Sugirió que el desequilibrio se podría tener bajo control a costa de NO hacer y reparar la maltrecha infraestructura de su país, NO atender gastos sociales prioritarios, como los originados por la aludida pandemia sanitaria o al descuidar el problema clave que representa el estructural y gigantesco déficit educativo.

 

Canadá es un ejemplo de ese paradigma. Desde los 80´s sus gobernantes impusieron la noción de dominar el déficit fiscal sin importar que quedaran  diezmados los servicios sanitarios, la infraestructura vial y ferroviaria, así como los puentes de ese inmenso país-continente. Uno de los debates prioritarios de la política canadiense, es el lamentable estado de la medicina socializada, a la que muchos de los que ignoran cómo funciona, la invocan  como sueño dorado.

 

El resultado, es que en América de Norte los servicios  públicos se caen a pedazos por falta de mantenimiento y por el uso de  tecnologías y teologías obsoletas. Entonces, dijo Summers, podemos resolver el déficit fiscal que tiene efectos monetarios a costa de seguir subestimando el papel del Estado en esas funciones o asumir que hace falta encontrar el modo de gastar y hacerse cargo del déficit financiero. Ahí me pregunté si este respetable pensador había olvidado aquello de que la economía reside en administrar  “recursos limitados para satisfacer fines alternativos” y me pareció que surespuesta fue irresponsable por duplicado. En ningún momento explicó cómo se habrán de esterilizar las montañas de liquidez que todos los gobiernos de países desarrollados están tirando al mercado. Ni sobre cuáles son los límites o techos que se deben poner a estas acciones.

 

¿Y de qué estamos hablando? El ejercicio fiscal de Estados Unidos que se cerró el pasado 30 de septiembre, ya resultaba escandaloso debido a que,  con las rebajas fiscales inventadas por Donald Trump mediante su épica campaña de bajar impuestos para repatriar inversiones, su patria le venía regalando al mundo un déficit de US$ 1.000.000 millones (ver miscolumnas), en momentos en que el gobierno chino piensa en cómo desprenderse de la masa de títulos que posee de esa deuda. Al aterrizar la pandemia en suelo estadounidense se agregaron paquetes de liquidez que suman, centavo más o menos, otros US$ 4.000.000 millones y todos los días se tiran dólares por la ventana en subsidios. ¿Cuánto tiempo falta para que  la gente empiece a sacarse de encima los títulos del gobierno de Estados Unidos? ¿A cuánto deberá llegar la tasa de interés el día en que los actores de la economía se den cuenta que la sana reactivación no estáa la vista, que no será fácil seguir financiando con ahorro ajeno el déficit propio y que el brutal crecimiento de la deuda pública no tiene en cuenta aquello de “los  recursos limitados”?

 

La visión china sobre el tema es parte del debate. El miércoles 3, en la célebre Chatham House de Londres, se deslizaron varias reflexiones de gran lógica, ya que la cultura de ese país es muy buena para pensar y malita a la hora de cumplir lo que piensa y predica. En algún rincón del foro se sostuvo que la teoría de la desconexión industrial que Washington alienta en la actualidad, resultará muy cara para Estados Unidos. No sólo redundará en una mayor inflación de costos, sino que también perderá mano de obraentrenada y muy eficiente en la relación precio-calidad. Paralelamente, China se ve impotentepara aumentar el ingreso doméstico pensando que  éstos van ir al consumo, ya que lo más probable es que la sociedad termine por dirigir esos fondos al ahorro, lo que no es bueno para el proceso de reactivación.

 

Expandir la economía de ese país asiático no sólo supone aumentar el gasto diario, sino acrecentar la eficiencia y las reformas que permiten mejorar la productividad. Jugar con el tipo de cambio dejó de ser viable. El Gobierno de Pekín repite fuera del país que no importa el color del gato siempre que cace ratones. Además, que Washington no puede hacer pavadas con sus intereses en Asia, cuando General Motors vende más autos en el mercado chinoque en su país de origen. En todo caso, pase lo que pase en estos cortocircuitos políticos, hoy vale más la sabiduría que la astucia,un bien muy escaso en los cuadros del poder. Por ello resulta lamentable que, a la hora de actuar, los mandos de Pekín tiendan a olvidar la filosofía asiática y apuesten a confundir a sus interlocutores, como si formaran parte del gobierno de Donald Trump o del desconcierto argentino.

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