La danza y la emisión, entre Pueyo y Keynes: el Estado tiene que demostrar que te salva

29 de junio, 2020

Por Alejandro Radonjic

El problema es la pandemia, dice el Gobierno. El problema es la cuarentena, dice la oposición. “La más larga del mundo”, “infinita”, “cavernícola” y otros adjetivos con connotaciones negativas. Hay recortes parciales que abonan ambas posiciones.

Que la economía se está desplomando no admite debates. Las cifras están ahí y el PIB no entra en la grieta. Tampoco admite debates que el sistema de salud del AMBA puede colapsar pronto y que la cuarentena puede influir sobre ese ritmo y hacerlo menos brusco. Esa fue “la” variable elegida por el Presidente en su último mensaje. Que todos los que tengan necesidad de ser atendidos, puedan. Con crudeza, como ocurrió en Italia y otras latitudes, graficó el colapso con la infeliz decisión de tener que dejar morir a algunos pacientes por falta de infraestructura, por ejemplo, respiradores.

Mientras tanto, la economía cruje con impactos productivos y distributivos enormes. Esto implica que los más débiles sufren más, algo que las estadísticas no captan o lo harán con retraso. Un ejemplo.

Según Martín González-Rozada (UTDT), su última actualización ubica a la pobreza en 41,4% y llega hasta mayo. ¿Cómo dará a fines de julio, o agosto, si se extiende el confinamiento? Una tasa de pobreza que ya había escalado 8,7 punto (desde 26,9%) en los cuatro años de Cambiemos, según estimaciones de Zack, Favata y Schteingart. El 2019 terminó en 35,6% y ya escaló 6 puntos. Casi 15 puntos desde 2015. Considerando que la estimación llega hasta mayo, la pobreza puede terminar subiendo cerca de 20-25 puntos en un lapso de 5 años porque los problemas, en rigor, arrancaron en 2018. Inadmisible (más en democracia) y, sobre todo, evitable.

Según estimaciones del Ministerio de Economía, el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) de $10.000 evitó que entre 2,7 y 4,5 millones de personas cayeran en la pobreza. Hasta ahora. El Gobierno está analizando si habrá un IFE en julio y aseguró que, si lo hay, será más restrictivo. Sabiendo su potencial impacto en la pobreza, es más que evidente su necesidad, y no sólo en julio y agosto.

La Oficina de Presupuesto del Congreso (OPC) señaló, días atrás, que el Gobierno ya gastó $179.630 millones en el IFE. Una cifra no menor, por cierto.

La situación fiscal es dramática y Argentina va camino a un déficit primario de 6% del PIB en 2020, o más, a pura maquinita. El 2019 cerró en 0,4%. En abril y mayo, el gasto primario promedió un crecimiento interanual de 98%. Los ingresos, 8%. Una brecha ochentosa que da vértigo y preocupa, también en el Gobierno. “En lo que va de Junio, el BCRA ya financió al Tesoro con otros $200.000 millones, acumulando un total de $1.200 millones en 2020 (3,3% del PIB) y casi $1.700 millones en los últimos 12 meses (7,1% del PIB)”, estima Fernando Marull (FMyA) en su último reporte.

El problema es que el Covid-19 agarró a la Argentina ya enferma. En 2020 va a derrapar feo y la caída del PIB perfila hoy para más de 10%, como muchos otros, pero venía cayendo desde que “pasaron cosas” en 2018 y, si se quiere, venía estancada desde 2011. Para colmo de males, sin financiamiento fresco, una herramienta que tienen y están usando todos los países del vecindario y en situación de default, es decir, sin pagar siquiera lo que ya debe.

La recuperación, que desde hoy se vuelve a alejar pero algún día llegará, será lenta y, como se está viendo en varias regiones del mundo, no lineal. De hecho, Argentina va a endurecer su cuarentena desde hoy y, aun cuando la relaje en 15, 30 o 45 días, ¿quién puede descartar nuevos brotes en octubre, diciembre o febrero de 2021?

Aunque asimilar la ausencia de cuarentena con la recuperación mágica del nivel precoronoaciris es errado, es evidente que la nueva cuarentena golpeará más a la economía, que va a empeorar antes de mejorar.

Y, aun en el mejor escenario sanitario posible a futuro, las empresas estarán complicadas (además, serán menos), las familias estarán endeudadas, la inversión será muy selectiva y la tracción exportadora seguirá siendo un sueño eterno. El repaso sobre los determinantes de la demanda muestra que el gasto público está solo en el escenario.

“En el largo plazo todos estaremos muertos. Los economistas se dan una tarea muy fácil e inútil si en épocas tempestuosas ellos solo pueden decirnos que, cuando la tempestad pase, el océano estará calmo de nuevo”, dijo John Maynard Keynes. El Gobierno dice que las economías se recuperan y que es no pasa eso con las vidas humanas. Es cierto, pero hay que tener más cuidado porque la economía, más allá del PIB, puede caer muy hondo y la recuperación, que llegará, puede ser un tren lento que cargue poco gente en cada estación. El capital quedará muy desorganizado y la situación social será crítica. Quizás sea inevitable la tendencia, pero la magnitud importa y mucho.

Hoy, aun con enormes dificultades fiscales, el Gobierno debe hacer más para que, cuando pase la tempestad, el océano no se quede sin agua. Eso implica, lisa y llanamente, emitir más dinero para sostener ingresos y empresas. Con criterio, pero toda la emisión que sea necesaria. Hay margen para hacerlo sin fogonear una hiperinflación o un descalabro nominal que nos lleve al peor de los mundos. Eso demandará que el BCRA sea inteligente (y aspire excedentes luego) y que el gasto no se pase de largo para siempre, es decir, que sea un shock de pesos enorme, pero transitorio. Hoy, el riesgo mayor es una depresión económica y social. Cuanto más gaste el Estado ahora y más agua quede en el océano, quizás menos necesaria sea su acción fiscal a futuro y los privados podrán tomar más la posta.

Según la terminología de Tomás Pueyo, el Gobierno volvió a aplicar un “martillo” sobre AMBA, que no será neutral sobre la economía en sentido amplio. Mientras y después, deberá sumar la otra pata de la estrategia (la “danza”), enfocada en bajar el R debajo de 1, es decir, la tasa de transmisión del virus. Hasta hora, el Estado aplicó mucho de lo primero y poco de lo segundo. Hay algunas “danzas” que hicieron otros países (incluso aquí, aunque tímidamente), funcionaron y permiten usar menos el martillo.

Te salva el Estado y no el mercado, dicen cerca del Gobierno. Que lo demuestren. El momento es ahora.

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