La caída de los dioses: Mark Zuckerberg, de héroe innovador a oligarca monopolista

10 de junio, 2020

Por Pablo Maas

 

Las reputaciones empresariales suelen ser criaturas frágiles. Y en tiempos de pandemias y crisis políticas como la que está atravesando Estados Unidos, mucho más. Hasta hace poco, Facebook todavía podía sacarle lustre a una imagen de empresa moderna y canchera en la que todos querrían trabajar. Nacidos en un dormitorio estudiantil universitario o en un garaje de California, los emprendimientos tecnológicos devenidos en gigantes corporativos en tiempo récord se transformaron en el símbolo del Capitalismo 2.0, innovadores y disruptivos de las viejas empresas del capitalismo industrial. Hasta que crecieron tanto y adquirieron una centralidad tal que comenzaron a asustar.

Facebook, la red social a través de la cual la mayoría de los estadounidenses dice que se entera de las noticias, está en estos días en el centro de un movimiento de reacción y desencanto (Tech Lash, abreviación de Technology Backlash) que está cambiando la imagen de su creador y máximo ejecutivo, Mark Zuckerberg, de héroe a bandido.

Thomas Friedman, el columnista estrella de The New York Times lo llama “el barón de las redes sociales”, en alusión a los llamados “barones ladrones” del acero, el petróleo y los ferrocarriles en EE.UU. de fines del siglo XIX y comienzos del XX. Esa era de monopolistas terminó cuando la legislación antitrust del presidente Teddy Roosevelt (1901-1909) procuró instaurar un capitalismo más competitivo en la entonces emergente nueva potencia mundial.

Esta semana, Mark Zuckerberg protagonizó un escándalo al permitir la publicación sin cortapisas de unas declaraciones odiosas de Donald Trump (“cuando comienza el saqueo, comienza el tiroteo”). Twitter, su más pequeño rival, en cambio, “intervino” esa declaración e inmediatamente se transformó en el objeto de la ira del presidente. La plataforma del pajarito decidió ocultar el tuit presidencial, sin llegar a borrarlo, junto con un mensaje que decía que había roto las reglas de la plataforma sobre “glorificar la violencia”.

Zuckerberg, en cambio, evitó indisponerse con el personaje más poderoso de Occidente, con el argumento de la libertad de expresión y de  que no quiere transformarse en el “árbitro de la verdad”. Pero Jack Dorsey, el creador de Twitter, lo cruzó. “Esto no es una cuestión de libertad de expresión. Esto es una cuestión de pagar para volverse viral”, escribió en Twitter, ratificando su compromiso de que esta red social no publicará propaganda política. “La publicidad de internet es increíblemente poderosa y muy efectiva para los anunciantes comerciales. Pero ese poder se torna sumamente riesgoso en política, donde puede ser usado para influenciar en los votos y afectar las vidas de millones de personas”, agregó.

La reputación de Zuckerberg ya había sido dañada en 2018 con el escándalo de Cambridge Analitica, cuando los datos personales de millones de usuarios de Facebook fueron recolectados sin consentimiento por esa consultora para ser utilizados principalmente para publicidad política.

En su columna del 2 de junio (America, we Break it, It’s gone), Friedman  describió a Zuckerberg como “el Rupert Murdoch de su generación”. Murdoch, el magnate australiano de 89 años dueño del mayor conglomerado de medios de comunicación, es el propietario de Fox News, la cadena de televisión predilecta de Trump. “¿Quién va a salvarnos de la basura tóxica que circula por las redes?, se preguntó Friedman. “Ciertamente no Mark Zuckerberg. El siempre está justificando sus cobardes decisiones con trivialidades vacuas acerca de la libertad de expresión, pero es obvio que está en eso solo por el dinero”, atacó.

Rana Foroohar, en una columna de opinión del Financial Times, dijo el domingo 7 que Zuckerberg se ha transformado en un oligarca estadounidense, es decir en un “líder de negocios inmoral, que utiliza su proximidad con las autoridades para recibir superganancias”. La tesis de Foroohar es que esta conducta es parte del modelo de negocios de Facebook, que para seguir siendo gigante y desregulada, no puede darse el lujo de contradecir a los gobernantes de turno, no importa cuán aborrecibles sean sus acciones. “Lo hemos visto en Myanmar, donde personal militar utilizó Facebook para incitar a masacrar a la minoría Rohingya. Y lo vemos ahora en Estados Unidos, donde Facebook se rehúsa a llevarle la contra a un presidente que acaba de convocar a las tropas para arrojar gas lacrimógeno a sus ciudadanos”, escribió. Foroohar  es una fuerte crítica de los gigantes tecnológicos, y el título de su último libro publicado a fines de 2019 es elocuente: “Don’t Be Evil: How Big Tech Betrayed Its Founding Principles – and All of Us”.

La furia contra las Big Tech no ha hecho otra cosa que multiplicarse en estos meses de pandemia, en las que la recesión colosal que afecta a la economía mundial ha derribado la ventas de miles de compañías y está dejando exhaustas las arcas de los gobiernos que salen al rescate de sus economías pagando salarios y repartiendo subsidios. Las seis mayores tecnológicas (Facebook, Apple, Amazon, Netflix, Google y Microsoft) tienen una capitalización de mercado que, sumadas, las convierten en la cuarta potencia económica mundial, después de Estados Unidos, China y Japón. Pero se caracterizan por eludir el pago de impuestos en la friolera de US$240.000 millones, según cálculos de la OCDE.

Durante esta pandemia, Booking.com, con sede en Amsterdam, le pidió al Gobierno holandés que subsidiara el 90% de sus salarios para evitar despidos, a pesar de haber ganado US$5.000 millones en 2019. Como “empresa innovadora”, Booking también se benefició de exenciones impositivas que otorga el estado holandés por US$2.000 millones entre 2010 y 2018. “Esto podría haber cubierto los salarios de los 5.500 empleados de Booking en Holanda durante siete años”, observó la holandesa Marietje Schaake, directora del Ciber Policy Center de la Universidad de Stanford.

Pero, en un comportamiento típico en este tipo de compañías, Booking no utilizó sus ganancias de los años de vacas gordas para construir un colchón contra los malos tiempos, sino que aprovechó para recomprar sus propias acciones por un total de US$16.000 millones en los últimos tres años, beneficiando a sus accionistas, ejecutivos y “capitalistas de riesgo”.

“Ahora mi propio país está descubriendo el lado negativo de ser un paraíso fiscal para las tecnológicas. Hay que corregir la asimetría entre las ganancias de las tecnológicas y el interés público”, escribió Schaake en el Financial Times en un artículo titulado “No ha habido un mejor momento para hacer que Big Tech pague lo que corresponde”. En momentos en que lo poco que mejora en medio de la recesión global de la pandemia son las suscripciones a Netflix y Zoom, no es sorprendente que sociedades y gobiernos se sientan crecientemente traicionados, empiecen a tomar nota de las asimietrías y actuar en consecuencia. El desencanto con las tecnológicas pasó a un nivel más alto con la pandemia y es difícil que retroceda.

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