Infectocracia: ¿confín de la democracia argentina?

26 de junio, 2020

Por Santiago Leiras Politólogo y Profesor Asociado Regular de la UBA

El título de estas líneas reconoce en parte su inspiración en un libro publicado por el recordado Mario Serrafero allá por 2005, bajo el título “Exceptocracia ¿confín de la democracia? Intervención federal, Estado de sitio y Decretos de necesidad y urgencia”. En aquella edición, Serrafero llevaba a cabo un recorrido sobre el uso (anche abuso) los diferentes recursos de excepción, de carácter constitucional y para constitucional, a lo largo de la discontinua historia constitucional argentina.

Hemos comentado en otra oportunidad que la democracia argentina se encuentra frente a una nueva emergencia, no ya producto de una catástrofe económica como en 1989 o social como en 2001, sino de carácter sanitario, resultado de una epidemia con origen en la República Popular China y declarada como pandemia por la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Tras la subestimación inicial de la crisis por parte del ministro de Salud, Ginés González García, el Gobierno de Alberto Fernández ha llevado a cabo una estrategia realista y enérgica para enfrentar la emergencia sanitaria, estableciendo a partir del 20 de marzo un protocolo de aislamiento obligatorio en todo el país, con el propósito de evitar el colapso sanitario mediante la adecuada preparación del sistema de salud público y privado.

¿En qué situación nos encontramos? Estamos a mitad de año, con una cuarentena prolongada desde el mes de marzo, una sociedad perdiendo su tolerancia hacia el encierro, con el pico de la enfermedad llegando en estas últimas semanas y una economía en vías de colapso. Nos encontramos frente a una tormenta perfecta.

Sin desconocer el aporte de los especialistas, y para evitar caer en posturas minimizadoras como las de Donald Trump, Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador o Boris Johnson, entre otros, resulta necesario destacar que la pandemia parece ser algo demasiado importante como para ser encarado solo por sanitaristas: en esta postura parecen coincidir politólogos como Andrés Malamud o columnistas como Fareed Zakaria desde el Washington Post.

Nos encontramos en consecuencia no tanto frente a una dictadura de los infectólogos y sanitaristas, pero sí ante su gobierno y un muy débil control desde la actividad política. Para explicar un poco este punto permítanme recurrir de manera muy sintética al clásico modelo del principal y del agente.

El modelo principal/agente presupone una relación entre sujetos con recursos para el control y capacidad para hacer cumplir determinados compromisos relacionados con la rendición de cuentas o enforcement (principal) frente a un sujeto que opera en medio de restricciones resultantes de la capacidad de control y enforcement del principal para el cumplimiento y maximización de sus objetivos particulares (agente). Así, en la relación que se establece entre los ciudadanos y los funcionarios públicos, los primeros son el agente y los segundos son el principal. Si lo llevamos a la relación entre líderes y ciudadanos, los primeros son el agente y los segundos el principal. Los líderes políticos, que son agente en la relación con los ciudadanos, pasan a ser el principal frente a los funcionarios profesionales y estos el agente.

¿Cuál es el principal obstáculo para garantizar el control y el cumplimiento efectivo del compromiso de una rendición de cuentas por parte del/los agente(s)? Básicamente, las asimetrías en el conocimiento y la información entre principales y agentes. Así, en esta situación particular de emergencia sanitaria el principal (funcionarios políticos) se encuentra en una situación de desigualdad frente al principal (los infectólogos) en un contexto de información imperfecta y una distribución asimétrica de esa información, de carácter técnico. El resultado de ello es un gobierno de los infectólogos y la debilidad o ausencia de mecanismos de rendición de cuentas desde el poder político.

Estamos frente a, más que una democracia delegativa, a una infectocracia delegativa.

Todo ello en un contexto caracterizado además por la endémica y crónica tensión entre la democracia orientada por la lógica de la igualdad política y la tecnocracia (infectocracia en este caso) por la premisa del saber especializado, tal como nos la señalara el recordado politólogo italiano Norberto Bobbio.

¿Quién custodia al custodio de la salud pública? ¿Está en la infectocracia el ineluctable devenir de la democracia? Si estuviera Mario entre nosotros, podríamos quizás trasladarle ese interrogante.

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