Entre el G2 y el G0: ¿cómo evitar una nueva gran depresión?

8 de junio, 2020

China EEUU guerra comercial

 

Por Augusto Salvatto Politólogo y experto asociado al
CEI – UCA

 

El mundo está a las puertas de una de las peores crisis económicas del último tiempo. La crónica de esta crisis anunciada dice que, según datos del FMI, la economía global se contraerá al menos 3% en 2020, casi borrando las ganancias acumuladas de los cuatro años previos. Como en una tragedia griega, a pesar de las reiteradas advertencias por  parte de analistas y líderes internacionales, el destino parece ineludible.

 

Pero no todas las crisis son iguales. Mientras el crack bursátil de 1929 derivó  en la gran depresión de los ‘30, la gran recesión de 2008-2009 fue seguida de una rápida recuperación de la economía global. ¿Cuál fue la  clave?: El grado de cooperación entre los principales actores del sistema  internacional.

 

¿Cómo evitar una gran depresión?

 

La crisis financiera desatada por la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos  hacia 2007 repercutió rápidamente en el mundo, causando una profunda  crisis de liquidez, fuertes derrumbes bursátiles y hasta una crisis  alimentaria hacia 2008 por la subidadel precio de los alimentos a nivel internacional.

 

Pero esta gran recesión, más profunda en el corto plazo que el crack bursátil de 1929, no se tradujo en la gran depresión de ‘30. Entre otros factores,  porque las principales economías del mundo lograron responder de manera coordinada ante un desafío global. Y el mecanismo para hacer esto posible, no fue ni la OMC, ni el FMI, ni la ONU, sino que, en ese entonces, el flamante G20. Sin embargo, en la actualidad, lo que en su momento fue “el principal  foro de cooperación internacional”, se encuentra debilitado. ¿Qué otra alternativa tenemos?

 

El mundo pos-G20: ¿G2 o G0?

 

Con los organismos multilaterales debilitándose día tras día, avanzamos hacia un mundo donde la coordinación de políticas adquiere un carácter nuevo. En la situación actual se plantean tres escenarios, separados  solamente por un número, pero muy diferentes entre sí: G20, G2 o G0.

 

El mundo del G20 parece estar llegando lentamente a su fin. Si bien resultó  útil para combatir la crisis hace 12 años, la acelerada dinámica del presente  nos ha cambiado el panorama en poco tiempo: Europa debilitada por sus  propios problemas internos, la trampa demográfica y riesgos de  desmembramiento, está perdiendo peso relativo en el ámbito internacional;   los tres países latinoamericanos seencuentran ante grandes  desafíos internos de diversa índole, al igual que otros emergentes como  Turquía o Sudáfrica.

 

Hoy existen dos países cuya colaboración es fundamental para alcanzar  consensos amplios en el plano internacional: Estados Unidos y China son  necesarios y suficientes para coordinar políticas en el mundo pos-Covid. Ningún otro país tiene la influencia necesaria para cuestionar un consenso  alcanzado por el G2, que permitiría salir rápidamentede la crisis y repensar cuestiones tan importantes como el comercio y el rol de los organismos de gobernanza global.

 

Pero si el G20 es parte de un pasado obsoleto y el G2 de un futuro deseable aunque utópico, el presente se ve mucho más como un G0. En este momento tanto Estados Unidos como China están renunciando a asumir los costos que implica el liderazgo internacional. Justo cuando más se necesita ese liderazgo. Como escribieron Ian Bremmer y Nouriel Roubini  en 2011: Estados Unidos no tiene los recursos ni la voluntad de asumir ese liderazgo en soledad, China continúa con enormes desafíos internos, y el  resto del mundo carece de las condiciones objetivas materiales para hacerlo.

 

El mundo del G0 es un mundo desordenado. Donde el poder se encuentra atomizado, dividido por temas y regiones, y careciendo de sin liderazgos claros. Este escenario no es necesariamente malo en momentos de  estabilidad, pero frente a una economía globalizada en crisis, la falta de  coordinación puede ser crítica. En un mundo desordenado, los que se perjudican son los más vulnerables. El gran desafío para Latinoamérica en  general y Argentina en particular es volverse, en palabras de Nassim Taleb, “antifrágil.” Es decir, ser de aquellos pocos que se benefician del caos.

 

Pero para lograrlo hay dos elementos fundamentales: tener un buen  diagnóstico y ordenarnos internamente. Como dice Richard Haas, la política  exterior comienza en casa.

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