El poder y la imaginación

26 de junio, 2020

Por Carlos Leyba

El título remite a la consigna que estalló en las calles de París en mayo de 1968: “la imaginación al poder”.

Más allá de lo que fue y de lo que significó en su momento, lo que aquella consigna nos recuerda es que hay un tiempo en el que se agota la capacidad de entender el presente si es que no se vislumbra un horizonte vital.

No entender el presente y perder la razón, bien pueden ser los términos que transitan entre la depresión y la falta de proyecto. Siempre.

Sin proyecto, las personas y los países se deprimen y pierden la razón. Ortega lo expresó como una condición de existencia: la vida en común, sin proyecto, carece de razón y torna en fuga de energías. La falta de proyectos es crisis de futuro, dijo Octavio Paz.

Tal vez siempre el presente es inaceptable o invivible sin tener una imagen del futuro con capacidad de atracción.

El futuro es el lugar donde vamos a vivir. El presente es inaceptable cuando escala en sus dificultades y ningún proyecto asoma: un proyecto, en esas condiciones históricas es el aire de salida.

Estamos en un presente que más que nunca reclama futuro. Salir de la incertidumbre, que nos consume, requiere alumbrar una salida. Anote Fernández.

No es sólo por el agobiador presente planetario que genera incertidumbre. Un planeta gobernado por respuestas incapaces frente al coronavirus y condicionado por las herencias de la crisis financiera no resueltas, por la explosión de la conciencia de las crecientes desigualdades y atribulado por la velocidad y las condiciones que, la actual estructura económica, le impone al cambio climático.

Aquí no sólo por lo que nos rodea y nos invade y condiciona, sino por nuestras propias cuitas, que arrastramos hace añares, necesitamos una cuota de optimismo.

Venimos de un largo estancamiento económico, de un enorme deterioro social y una declinación colosal del Estado que es quien está a cargo de las crisis colectivas: no sólo el responsable del presente sino el responsable de alumbrar el futuro.

Seamos conscientes que estos desafíos gigantescos, los que debemos afrontar, nos encuentran empobrecidos y con un aparato público desvencijado desde hace décadas. Es ridículo imaginar que todo se derrumbó hace cuatro años, como recita la flor y nata del kirchnerismo. Es ridículo y afecta al diagnóstico, no asumir la responsabilidad de los doce años de Gobierno K.

Recuerden todas las formaciones políticas que, si el número de pobres es un indicador de la decadencia colectiva, este ha crecido a la tasa anual acumulativa de 7% a lo largo de los últimos 45 años.

Todos aportaron y aportamos, para que pobreza sea el hecho social más destacado de las últimas cuatro décadas: no lo fueron ni la cultura, ni la ciencia, ni el desarrollo, tampoco la seguridad, ni hablar de la lamentable calidad de la Justicia.

Lo que creció por excelencia en estos cuarenta y tantos años es la pobreza como resultado de una estructura económica y social que, de no transformarse, seguirá generándola más allá de la sensibilidad que demostremos por esos sufrimientos y de los cuidados que sanamente les prodiguemos. Se trata de eso pero, definitivamente, no es eso lo que lo resuelve.

La única manera de resolverlo es la transformación de la estructura que lo produce. Repetir lo que hicimos, diagnósticos y terapéuticas, garantiza que la pobreza, después de la pandemia, crezca.

Es que con previsiones generosas sobre el resultado económico previstos para este annus horribilis de 2020, en el mejor de los casos, el PIB por habitante rondará el de hace 46 años atrás. Pero la pobreza pos cuarentena condenará a la mitad de la niños y estará amenazando a la mitad de los argentinos como hace 18 años.

Los cuatro años del experimento macrista son responsables de parte de esta regresión en la que son causa sus hombres y las ideas que los animaron.

Cambiemos, con su idea de un país sin industrias, basado en turismo, vaca muerta, el litio y los jóvenes de las esdrújulas griegas, la alegría de los mercados, los acuerdos de libre comercio sin leer sus clausulas, demostró –si cabía alguna duda– que ese camino llevó a la locura populista extrema del incremento de la deuda externa, a tasas y plazos absolutamente irresponsables, administrada por inexpertos que dieron buenos exámenes universitarios, capaces de rebobinar una materia e incapaces de comprender la realidad.

Pero la mayor parte del retroceso no es obra del macrismo sino de todos los experimentos anteriores. Son los inmediato anteriores, el kirchnerismo original y la versión dura que le sucedió, los que dieron lugar al surgimiento de Mauricio Macri conduciendo al radicalismo y a una fuerza que hizo de la moral pública su razón de ser. Sorprendente delegación.

Pero antes de todo eso, sin su presencia nada se explica, ocurrió el menemismo. ¡Una obra de destrucción cuyo líder, condenado por la Justicia, fue “perdonado” de sus delitos por la misma Justicia en razón del paso del tiempo!

La demolición histórica que significaron los dos gobiernos de Carlos Menem, el gran protagonista del regalo de las joyas de la abuela, la destrucción del tren, la industria y el sistema social, nos legó la crisis con la que comenzó para los argentinos el Siglo XXI.

En los años 2002 aparecieron en Buenos Aires unas pintadas que decían “Basta de realidades, queremos promesas”.

No era una expresión original porteña, pero con ella la sociedad manifestaba una conciencia agotada del presente.

Manifestaba una voluntad clara, que transpiraban las gentes del común, de darle sentido a ese tiempo reclamando escuchar “promesas”. Háblame del futuro

Pasivamente, es cierto, pero se manifestaba una voluntad de cambio. No hubo entonces promesas. Ni una palabra acerca del futuro imaginado. No hubo esfuerzo alguno para pensar el futuro.

Los que ocuparon el poder se limitaron a abrir las compuertas para dejar correr lo que tenía que correr sin voluntad de canalizar esas energías.

Sin embargo el cambio ocurrió. ¿Todo cambio construye una dirección de futuro? Un cul de sac también es un cambio de dirección. Por es sólo un retorno.

No hay cambio de dirección sin un mapa imaginado del futuro.

Nuestros grandes momentos históricos como Nación fueron aquellos en que los grandes hombres habían diseñado un mapa del futuro. Un mapa en el que se trazaba la dirección.

El cambio de 2002 fue un cambio sin mapa, sin idea de futuro, sin mínimo sentido que el cambio de dirección no puede ser un giro al pasado.

Sin embargo lo que vivíamos antes de 2002 nada tuvo que ver con lo que ocurrió después. Fue una ruptura (tal vez transitoria) con la cultura del “deme dos, de Villa Luro a Miami”.

Fue una ruptura de la cultura que ofrecía un escenario de objetos de primer mundo montado sobre los pies de barro de una miseria creciente que se hizo aluvión cuando la devaluación derrotó, en un minuto, esa cultura y al mismo tiempo aceleró la consolidación de la pobreza manteniendo los pies de barro del escenario.

No fue un “milagro argentino” la causa del “cambio” sino el salto monumental de la economía china que, entre otras cosas, llevó los precios de soja a niveles inimaginables e irrepetibles. Eso nos regaló el crecimiento por arrastre derivado de los términos del intercambio. Cuánta confusión en el relato.

La ausencia de promesas, si por ellas entendemos algo así como un proyecto acerca de la Nación, dejó a la sociedad acumulando males una vez que la ráfaga de la fortuna de los términos del intercambio tornó en brisa y todo lo que sostenía “los falsos escenarios” se anegó dejando a flor de piel las miserias que, el pequeño mundo de los afortunados, no puede ocultar porque las miserias tienen la costumbre de golpear a la puerta.

La de la crisis de 2002 fue una gran oportunidad, la única y gigantesca en varias generaciones, cuando las paredes dijeron “basta de realidades, queremos promesas”.

Una oportunidad incomprensiblemente perdida.

El “éxito” de una recuperación, que fue efímera como la ráfaga, finalmente mezquina, hizo que quienes tenían a cargo la cosa pública privilegiaran la preservación del “poder”, el sustantivo que se tiene, en lugar del “poder hacer” las cosas que es la dinámica de poner las promesas, los proyectos, las aspiraciones en marcha.

Hay una cuestión moral en la concepción del poder. La opción es disponer de él para poder hacer las cosas o bien disponer de él para pertrecharse y mantenerlo y hasta lograr, al estilo monárquico, garantizar la continuidad de la sucesión. El Abbé Pierre decía “uno sólo posee aquellas cosas de las que se puede desprender y si no puede desprenderse está poseído por ellas”.

La política desciende muchos escalones cuando la idea “del poder” se apropia de los dirigentes y el hacer se posterga para dar lugar a la custodia “del poder” como razón última de la gestión

Alberto Fernández es tal vez partícipe del pasado que hemos señalado. Pero hoy es simplemente un heredero.

Sobre sus espaldas pesa hoy un enorme parte de la responsabilidad del presente y por sobre todas las cosas, la responsabilidad del futuro.

Hoy, tal vez, anuncie una prórroga y una vocación para la salida de la cuarentena de 120 días. Por su parte, el ministro de la Producción ha señalado una vocación federalista que, tal vez, intente replicar el Acta de Reparación Histórica de 1973 para inducir la migración de a industria al interior. El ministro de Economía anuncia su vocación de salir del default.

Todas y cada uno de esos anuncios, que nadie puede criticar por su ánimo, si no forman parte de una imaginación integrada del futuro no conforman un programa. No anuncian que la imaginación está presente en el poder.

La situación es demasiado grave como para obscurecer el futuro sin alumbrar las ideas. El ejercicio del poder obliga a la imaginación. Un proyecto de desarrollo de las fuerzas productivas y creativas de la Nación.

La pandemia, el default, la depresión económica son problemas. Pero no hay demasiado tiempo para seguir postergando el anuncio de un programa de este gobierno. Un programa, la imaginación del futuro, es lo único que puede generar optimismo.

Sin él, el propio mundo es peligroso.

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