Corea del Norte, en la lista de temas que Trump no resolvió

29 de junio, 2020

Por Atilio Molteni Embajador

A cuatro meses de las elecciones presidenciales del 3 de noviembre, está claro que el presidente Donald Trump no llegó muy lejos con el diálogo cara a cara que eligió para resolver el prolongado conflicto existente entre su país y Corea del Norte. Antes de asumir funciones, Barack Obama le advirtió que esa era una de las cuestiones más difíciles de la agenda del Poder Ejecutivo estadounidense. Lo cierto es que el Gobierno coreano se descolgó con un par de modalidades especiales para expresar su frustración. Una de ellas fue la violenta incursión en la oficina de enlace y representación de Corea del Sur en la ciudad limítrofe de Kaesong, en Corea del Norte, la que fue literalmente destruida el 16 de junio pasado.

Tan serio incidente dio por concluida la etapa de distensión entre las dos Coreas, cuyos problemas ya se habían manifestado por la decisión del líder Kim Jong-un de cortar los contactos con su vecino de Corea del Sur.

El segundo de los elementos lo brindó el canciller norcoreano, quién aclaró oficialmente que la esperanza de su gobierno en torno a la negociación de paz con Estados Unidos y el Gobierno de Seúl se había transformado en una mera pesadilla y que tal hecho indujo al liderazgo oficial de su país a fortalecer la capacidad de las fuerzas armadas para enfrentar las amenazas militares que surgen de las presuntas acciones de ambos interlocutores. Días después de estos sacudones, Corea del Norte bajó el tono del lenguaje empleado contra Corea del Sur.

Ello invita a suponer que el deterioro de las relaciones de Washington con Pekín y con Rusia podría afectar el futuro de la situación coreana al menos durante este primer ciclo de Gobierno (nadie sabe si habrá un segundo ciclo de Trump tras las elecciones), cuando las prioridades de Washington son la pandemia de coronavirus y el resultado de una elección golpeada por las difíciles circunstancias sanitarias, económicas y políticas.

Los enfrentamientos en la península coreana no son animales extraños. Constituyen una persistente amenaza a la paz mundial debido a que Corea del Norte (RPDC) posee armas nucleares y misiles capaces de alcanzar a sus vecinos y también la hipotética posibilidad de llegar a territorio estadounidense. Los tres antecesores de Trump (los expresidentes Bill Clinton, George Bush y Barack Obama) cumplieron la función de “policías del mundo” y durante veinticinco años negociaron, sin éxito, la desnuclearización de dicha península.

El régimen norcoreano considera que su equipamiento militar garantiza tanto la subsistencia como la seguridad del país. El status actual viene de lejos por cuanto tras la guerra de los años ‘50 nunca concluyó con la firma de un Tratado de Paz para dar fin a la Guerra de Corea. Sólo se optó por un armisticio adoptado en julio de 1953 sobre el paralelo 38, el que se considera como una reliquia de la Guerra Fría.

En 2017, Trump impuso su sello personal en una campaña de máxima presión contra al régimen norcoreano a través del aumento de las sanciones económicas y destacando que su país no descartaba utilizar la fuerza si el régimen de Corea del Norte decidía continuar las pruebas nucleares. Sin embargo, todos sabían que una acción militar limitada o una de mayor magnitud podía tener consecuencias extremas, debido a que Kim Jong-un retuvo el poder de infligir daños significativos a Corea de Sur y a las tropas e intereses estadounidenses destacadas en la región.

A pesar de esa temeraria escenografía, Trump llevó a la práctica algunos diálogos directos del tenor que había anticipado en su campaña electoral. En esa etapa había afirmado que estaba abierto a negociar directamente con Kim el programa nuclear y misilístico norcoreano. En marzo de 2018, el jefe de la Casa Blanca aceptó una cumbre bajo las reglas de una política que bautizó como de “máximo compromiso”.

Muchos de los asesores presidenciales sostuvieron que la manera de actuar de Trump, orientado a la gestión directa con otros líderes, se debía a su personalidad más avasallante que racional, mediante la que suele buscar resultados exitosos a toda costa, ignorando las posibles fallas o errores que suelen presentarse en una charla presidida por el interés de acordar En tal proceso cambió la forma negociadora de sus predecesores por un involucramiento personal, ignorando la advertencia de Obama. No quiso tomar en cuenta que podía caer en un grave problema internacional ante un régimen extremo y dictatorial, internamente consolidado y con el respaldo de fuerzas armadas muy poderosas.

En ese contexto se concretaron tres reuniones entre ambos líderes en junio de 2018, en la ciudad de Singapur; otra en febrero de 2019 en Hanoi (Vietnam) y una tercera en junio de 2019 en Pammunjon (Corea del Norte). En el primer encuentro de la diplomacia presidencial se firmó una Declaración Conjunta donde Kim aceptó trabajar para la completa desnuclearización de la Península Coreana, así como en la noción de que ambos países procurarían buscar una paz estable y duradera mediante medidas de fortalecimiento de la confianza. Bajo ese texto Kim procuró obtener la eliminación de las sanciones, terminar el aislamiento de su país y normalizar su estatus legal para obtener el desarrollo económico, debido a que la mayoría de la población norcoreana vive en un nivel de subsistencia. Trump destacó, con poca reflexión, que él había sido el primer Presidente en negociar una medida real de desarme.

A partir de noviembre de 2017 Kim había realizado el gesto de suspender las pruebas nucleares y de misiles de largo y mediano alcance, lo que pareció incluir el desmantelamiento de algunas instalaciones vinculadas el uso y existencia de tales recursos. En ese momento, el ex asesor de Seguridad de la Casa Blanca, John Bolton, opinó que tales compromisos eran viables porque Corea del Norte ya tenía armas suficientemente capacitadas para hacer daño y sugirió un ataque preventivo de su país.

Sin embargo, Trump fue a la reunión de Hanoi y propuso un arreglo político inmediato con el objetivo de desnuclearizar la región coreana y, como contrapartida, proceder el levantamiento de las sanciones y el otorgamiento de garantías de seguridad, pero la parte norcoreana no quiso adoptar una obligación tan comprensiva.

Finalmente, el mandatario decidió abandonar sin preaviso la Cumbre por falta de acuerdo entre las partes. Cabe señalar que, en esa instancia, Estados Unidos deseaba incluir el control de los misiles de gran alcance y la verificación de todas las instalaciones nucleares, mientras los norcoreanos plantearon que todo acuerdo de esa naturaleza debía estar precedido por el levantamiento previo de todas las sanciones.

No obstante tan frustrante resultado, en la Cumbre de Pammunjon, ambos líderes se estrecharon la mano en la línea de demarcación fronteriza y fue esa la primera vez que un Presidente estadounidense piso suelo norcoreano. Esta tercera reunión derivó en un mero ejercicio simbólico y propagandístico, pues no se acordó más que la promesa de que en un futuro cercano se realizarían reuniones técnicas.

Eso no sucedió. El 5 de octubre de 2019, en una de esas reuniones efectuadas en Estocolmo, no hubo ningún tangible avance. Sólo confirmó que la diplomacia personal no había aportado los saldos que Trump esperaba y, en el interín, Corea del Norte pudo haber aprovechado para duplicar su arsenal nuclear y mejorar sus misiles, tratando de obtener el levantamiento bajo la mirada de algunos controles internacionales. A lo largo de esta nueva trama, el Congreso de Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU adoptaron nuevas sanciones. Con esas medidas fueron limitadas las exportaciones e importaciones de Pyongyang y sus relaciones financieras. Asimismo, surgieron dudas acerca del acatamiento chino, puesto que Pekín no quería efectos negativos sobre la población, la eventual caída del régimen norcoreano y el caos posterior.

Simultáneamente, a pesar de que Moscú aceptó las sanciones nunca quedó claro como las aplicó o de qué modo lo hizo, ya que las sanciones podían afectar sus intereses estratégicos en Asia. En diciembre de 2019, ambos países propusieron el levantamiento de algunas de las sanciones de la ONU, pero tal propuesta fue rechazada por la Casa Blanca.

Desde mayo de 2019, Pyongyang reanudó y concretó una docena de pruebas de misiles de corto alcance (de alrededor de 400 kilómetros), violando las resoluciones de la ONU. En diciembre de ese año sostuvo que ya no existían razones para continuar con la moratoria de las pruebas nucleares y misilísticas debido a la permanencia de las sanciones, la realización de ejercicios militares de Estados Unidos con Corea del Sur y el envío de armamentos sofisticados a ese país.

Desde la presidencia de Syngman Rhee (1948-1960), y de sus sucesores, lo que incluye al actual Moon Jae-in, al contar con la alianza con Estados Unidos y las posibilidades que le otorgó la globalización al comercio internacional, Corea de Sur se transformó gradualmente en una sólida democracia y en una próspera economía, lo que incluye a sus fuerzas armadas. Sus objetivos en lo concerniente a Corea de Norte ha sido reducir la amenaza de guerra y la normalización de las relaciones bilaterales. Durante 2018, se notaron ciertos avances, resultado de tres reuniones de los líderes de ambos países que incluyeron visitas recíprocas y acuerdos de cooperación. Moon desempeñó un importante papel en la búsqueda de un acuerdo de desnuclearización que partió de un estrecho vínculo con el presidente Trump.

Ese ciclo no duró mucho. Las relaciones entre ambas Coreas se deterioraron rápidamente hasta el corte de todos los contactos con el Norte, cuyo liderazgo lo acusó de actos hostiles a través del Paralelo 38. Los observadores estiman que el obvio problema real es que los vínculos entre las dos Coreas no avanzaron según las expectativas originales de Kim, quien persigue el objetivo de imitar el proceso que colocó a Vietnam en un camino certero de prosperidad y entendimiento con Washington.

Las acciones de Kim no excluyen la vuelta a la confrontación con Estados Unidos. Semejante estrategia responde tanto a causas internas como externas. Entre las primeras, se halla la persistencia de las sanciones, lo que supone grandes penurias para su población. También los efectos de la pandemia que, entre otras consecuencias, obligó al cierre de la frontera con China de la cual depende su muy limitado comercio internacional. Todo ello indica que la realidad actual no basta para ganar la paz.

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