Como decíamos ayer

5 de junio, 2020

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Por Carlos Leyba

 

Una frase que goza del prestigio de Miguel de Unamuno. La pronunció, al retornar a Salamanca luego de la dictadura de Primo de Rivera, repitiendo la atribuida a Fray Luis de León, allí en Salamanca, al salir de la cárcel de la Inquisición.

 

Cabe pronunciar “decíamos ayer” y repetir una y otra vez las verdades de los hechos que las interpretaciones capciosas, que se imponen en los medios, desvanecen.

 

Un reciente tuit del economista Martín Rapetti nos recuerda que el PIB por habitante de 2020, a los precios constantes de 2004, será igual al de 1974. Una tragedia: medio siglo de estancamiento.

 

 

¿Cómo ocurrió? Una secuencia de administraciones que se han sucedido, con distintos colores políticos y notable diversidad, pero unanimidad sorprendente en el contenido de las políticas estructurales de la economía. Unanimidad estructural en las políticas, con diversidad de maneras coyunturales, logró el estancamiento.

 

Volver al nivel de agregación de valor por habitante de 45 años antes es único en nuestra historia que supo crecer, en promedio, todos los años de su vida económica hasta 1975. No fue esta peste lo que derrumbó la economía.

 

¿Desde cuándo? En 1975 comenzó un largo viaje de destrucción del aparato productivo, que incluyó el cambio ideológico de intelectuales notables cuyo ejemplo paradigmático es el de Guido Di Tella. El muy querido profesor Di Tella, autor de la estrategia del desarrollo indirecto, una voz industrialista, mutó al tiempo que la fortuna industrial heredada, que llegó a fabricar un automóvil emblemático, se desvaneció. Ese periplo personal culminó con dos frases tan extremas como emblemáticas.

 

En julio de 1989, cuando Carlos Menem se preparaba para asumir de manera anticipada por el desastre económico, sentenció: “Nos hace falta un dólar recontraalto”. Expresaba su vocación, tal vez limitada a un solo instrumento, por la producción industrial destruida al amparo del atraso cambiario de José A. Martínez de Hoz en pos de una estabilidad imposible mientras la productividad declinaba por la migración de la fuerza de trabajo al desempleo o a sectores de bajísima productividad.

 

Esa vocación industrialista desapareció, no sólo en Di Tella. Legiones de economistas, y políticos que repiten, suscribieron la idea que la Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) se había agotado a pesar que la restricción externa estaba en su apogeo y los dos canales en los que se derrama no cejaban en crecer, la deuda externa y la deuda social.

 

Siendo canciller, cuando las privatizaciones y la convertibilidad habían completado el camino iniciado en 1975 y profundizado por la Dictadura, afirmó que “la mejor política industrial es no tener ninguna”. Di Tella estaba sintetizando el pasado desde 1975, el presente del menemismo y anticipando el futuro que se proyectó hasta nuestros días. No tenemos y no hemos tenido ninguna política industrial durante cuatro décadas.

 

Entre 1975 y el presente logramos dos defaults. Acumulamos deuda externa que no pudimos pagar en los términos pactados. En los días que corren, más allá de la muy probable negociación exitosa, transitamos el precipicio del default que, de concretarse, sería el tercero.

 

En este período duplicamos el peso del Estado sobre el PIB a pesar que el Estado regaló empresas y servicios públicos, redujo provisión de servicios educativos y de salud –el sector privado se multiplicó incluyendo las obras sociales sindicales– y sufrió el deterioro grosero de la administración de justicia y la seguridad. Podríamos agregar la debilidad del servicio de relaciones exteriores que acompañó nuestro retroceso económico. Un Estado duplicado que ofrece pocos bienes públicos describe la profundidad de nuestra crisis. En estos años, el Estado, dejo de proveer un bien público esencial que es el mapa del futuro por donde deberemos transitar.

 

¿En qué mapa del futuro se encontraría destruir el sistema ferroviario? ¿En cuál mapa del futuro se econtraría la destrucción de 4 millones de hectáreas de bosques naturales? ¿En qué mapa del futuro se encontraría la construcción de una represa empuntada que ni siquiera tiene la línea de transmisión programada? Todo eso y más, continúa hoy.

 

Eso no es todo lo que ocurrió para tener el resultado de la cuenta de Rapetti (hoy el mismo PIB per capita que en 1974).

 

Lo que cierra el inventario de la decadencia es la tasa de crecimiento del número de pobres de 7% anual acumulativo a lo largo de 45 años. En estos días de pandemia escuchamos, vemos y leemos en los medios el “asombro” de los comunicadores sociales, de los economistas entrevistados, de la dirigencia política. ¿No los vieron llegar a los conurbanos día tras día generando villas miserias? ¿Dónde miraban cuando se duplicaron? En 1974 eran 800.000. Carlos Menem, cuando ya eran millones, dijo “pobres habrá siempre”. Hoy son 16 millones.

 

Mientras la población se duplicó, mientras logramos duplicar el Estado y a la vez entregar el patrimonio público, el número de pobres se multiplicó por 20.

 

Fue Federico Sturzenegger, también economista del pensamiento dominante, quien en su último libro afirmó que desde 1900 hasta 1975 el PIB por habitante de la Argentina fue –siempre en esos años– el 75% del de Australia. Y a partir de 1975, el PIB por habitante, en relación al de Australia, declinó. Hoy dificilmente sea el 25% del de ese país. En 1974 era el 75%.

 

La dictadura del pensamiento único, vigente desde la última Dictadura hasta nuestros días, y el encarcelamiento del debate científico sobre nuestro pasado económico, que se mantiene hasta hoy, ha ahogado los hechos colmándolos de interpretaciones por parte de dirigentes políticos, economistas y sobre todo de “comunicadores sociales” de todas las divisas que han ahogado los hechos en capciosas interpretaciones exculpatorias. No es la macroeconomía, por cierto desastrosa, de todos estos años la responsable de la pobreza, la deuda y el derrumbe de la productividad. Es exactamente al revés.

 

No hay macroeconomía sana posible en una estructura económica inviable en la que el 80% de la fuerza de trabajo está asignada al sector servicios; en la que el número de personal doméstico es igual al de la industria manifacturera; en la que el empleo público, sin empresas ni servicios públicos, suma 4 millones de personas; en la que el desempleo real, bien medido, hace largo tiempo que es el 10% en los mejores momentos. Una economía que no produce bienes transables, en la que apenas se invierte de modo de ni siquiera reponer el capital productivo desgastado, en la que los fondos de argentinos del exterior multiplican la masa prestable local. Una economía capitalista sin crédito no es viable como tal. Una economía sin proyectos se agota a sí misma. Ahí estamos.

 

Pero, ¿qué pasó en 1975?. El 4 de junio de ese año ocurrió un hecho inexplicable en un Gobierno que pretendía ser la continuidad del de Juan Perón. Un hecho si se quiere inesperado en esa continuidad que, ese 4 de junio, demostró no ser tal.

 

En vida de Perón, los Montoneros fueron, sino los materiales, los autores intelectuales del asesinato de José Ignacio Rucci, el líder sindical en quién Perón había confiado la conducción de lo que para él era la “columna vertebral”.

 

Los montoneros por “izquierda”, una izquierda Hollywood si no hubiera sido trágica para el país, trataron de liquidar la continuidad del proyecto de desarrollo que Perón estaba conduciendo junto al movimiento obrero y a la mayoría de los sectores empresarios que firmaron las actas de compromiso sectoriales.

 

Con la muerte de Perón también murió el liderazgo político indispensable para todo proceso de aire transformador. Y a ella le sucedió el avance de los sectores más regresivos a los que sólo la violencía podía incorporar al poder.

 

El “golpe de palacio” lo dio José López Rega y su ejecutor fue Celestino Rodrigo. Un ingeniero dignatario de su propia secta, “Los Caballeros del Fuego”, que conducía López Rega e integraban Ricardo Mansueto Zinn y Pedro Pou, y arrebataron la conducción económica del desgobierno de Estela Martínez. Hacía nueve meses, el tiempo de un embarazo, Alfredo Gómez Morales, impuesto por Lorenzo Miguel, había engendrado el monstruo que produce toda economía cuando la conduce la inacción. Rodrigo, sometido a la personalidad de Zinn, devaluó 100% el dólar financiero; 61% el comercial; el dólar turista se multiplicó por 4,5; el combustible aumentó 180% y todas las tarifas de los servicios públicos, en promedio, se duplicaron. Zinn acordó su programa con el Consejo Empresario Argentino que presidía entonces Martínez de Hoz quien fue luego ministro de Economía de la Dictadura.

 

El Rodrigazo fue la tarea sucia para el programa de Martínez de Hoz y la Dictadura, la condición necesaria para poder imponerla.

 

Treinta y dos años antes, el 4 de junio de 1943 se produce el golpe de Estado que derroca al presidente Ramón Castillo. El Coronel Perón, en una reunión con empresarios muy importantes entre los que estaba Mario Hirsch (Bunge y Born) y hombres de la política como Manuel V. Ordoñez, declara que el golpe se realizó ante la inminencia de un “golpe comunista” conducido por la CGT, entonces en manos del comunismo, según sus declaraciones. Las banderas de la Revolución de Junio fueron reivindicadas muchos años después por el propio Perón señalando que muchos de sus propósitos anunciaban lo que sería su doctrina de gobierno.

 

La realidad es que ese 4 de junio de 1943 significó un cambio en la vida económica y social de Argentina. Un cambio que aceleró, pero con el peso siniestro de la interrupción institucional, el proceso de desarrollo industrial e inclusión social. Treinta y dos años después, el 4 de junio de 1975, la Argentina descarriló dramáticamente en lo económico y luego en lo institucional.

 

En estos días (hoy es 4 de junio), después de la cuarentena, sí o sí, nos debemos a una profunda reversión que deje atrás la espantosa historia iniciada hace 45 años.

 

Esta vez reivindicando, a la vez, el valor de la Constitución y el consenso que implica y la economía del desarrollo y la inclusión.

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