Carrera espacial relanzada

12 de junio, 2020

Por Damián Cichero

 

En 1969, la misión Apolo 11 de la NASA llegaba a la Luna y Neil Armstrong daba su “pequeño paso” sobre ella. Cinco décadas después, y por primera vez en la historia, una empresa privada ha enviado una misión tripulada al
espacio exterior. SpaceX, fundada en 2002 por Elon Musk (cofundador de PayPal), logró lo que hace un tiempo parecía imposible: romper con el monopolio estatal de los viajes espaciales. Gracias a su contrato millonario con la NASA, obtuvieron con éxito que los astronautas Bob Behnken y Doug Hurley llegaran a la Estación Espacial Internacional en su nave Crew Dragon. La NASA también ha obtenido algo muy valioso: la restauración de su prestigio, ya que desde 2011 y ante la falta de una nave propia, pagaron exorbitantes cifras de dinero para enviar sus astronautas al espacio en la nave rusa Soyuz. Cuando en enero de 2019 la sonda de origen chino Chang´e 4 lograba el hecho sin precedentes de alunizar sobe el lado oscuro de la Luna, el país asiático tomaba la delantera en la nueva carrera espacial. Esa cara oculta de nuestro satélite jamás puede verse desde la Tierra debido a la rotación sincrónica: rotar sobre su propio eje le demanda el mismo tiempo que girar alrededor del planeta.

China comenzó su exploración espacial en 2003 y se convirtió en una potencia espacial en 2007, luego de conseguir implementar con éxito su misil antisatélite. El presupuesto espacial chino creció anualmente 10% durante la última década (2009-2019), alcanzando en la actualidad US$ 2.000 millones, y en 2018 fue el país que más lanzamientos espaciales realizó: 37 misiones sobre un total de 112.

Las estadísticas hacían parecer que China sería la gran potencia dominante en el rubro, pero lo recientemente conseguido por SpaceX y la NASA ha metido a los estadounidenses de lleno en esta nueva disputa por conquistar el cosmos.

No hay que olvidar que Estados Unidos también realizó grandes hitos. Durante el último año la sonda New Horizons sobrevoló con éxito el cuerpo celeste más lejano jamás observado: Ultima Thule, ubicado a 6.400 millones de kilómetros de la Tierra. Además, en 2018, la sonda InSight también generó gran revuelo al lograr posarse sobre la superficie de Marte. En diciembre de 2019, la sonda Parker se convirtió en la nave espacial que más se ha acercado al Sol, y en octubre las astronautas Christina Koch y Jessica Meir se convirtieron en las primeras mujeres en realizar una caminata espacial juntas.

El nuevo objetivo del país del Norte es regresar a la luna, pero esta vez para quedarse. Entre todos los nuevos desafíos, el más importante es utilizar al satélite como escala estratégica hacia el principal y gran objetivo: llegar a Marte. Por eso, en 2024 planean mandar a la Luna, por primera vez en la historia, a una mujer, y por ello han denominado a la misión como Artemisa, hermana gemela del dios Apolo.

Pensando en arribar a Marte, la llegada a la luna es crucial por dos motivos: construir una base lunar, la cual ayudaría a que las naves espaciales pudieran reabastecerse de combustible para su viaje final. Pero lo realmente importante es que la fuerza de gravedad del satélite es casi 6 veces menor a la de la Tierra, por lo que los cohetes necesitarían utilizar mucho menos combustible para despegar, reduciendo considerablemente los costos de la misión.

Debemos recordar también que los recursos naturales de la Tierra comenzarán a escasear, y tarde o temprano habrá que remplazarlos. En la Luna se encuentran minerales como titanio, hierro y aluminio, además de abundante Helio-3. Este podría utilizarse a través de la fusión nuclear y  satisfacer las necesidades energéticas de la Tierra por centenares de décadas. Sin embargo, el principal problema es cómo extraerlo de la Luna y transportarlo hasta la Tierra de manera económica. Un análisis de 1986 del Instituto de Tecnología de Fusión de Wisconsin estimó que la explotación de este recurso espacial podría generar billones de dólares en ganancias, lo que demuestra que hay más intereses en juego que el prestigio en sí mismo.

Pero, volviendo a los grandes protagonistas de la nueva carrera espacial, Rusia, la heredera del poderío espacial de la URSS, también tiene grandes intereses. Vladimir Putin planea poner a un hombre en la Luna para el año 2030. En 2019, el país lanzó su cohete Soyuz 2 para colocar en órbita un telescopio capaz de detectar cientos de planetas más allá del Sistema Solar y proyecta tener su propia estación espacial para el año 2024.

Otro país con gran poderío en el rubro será seguramente India, quien en 2019 demostró su capacidad antisatélite (ASAT), uniéndose al selecto grupo conformado por EE. UU, Rusia y China. Sin embargo, no puede todavía afirmarse que son una potencia consolidada, ya que ese año también cosechó un gran fracaso: la misión Chandrayaan 2 no logró alunizar, luego de que su módulo lunar se estrellara, por lo que sus aspiraciones de ser el cuarto país que lograse dicho hito han quedado frustradas.

Por último, debemos mencionar a la Agencia Espacial Europea (ESA) que en 2019 garantizó su compromiso con la Estación Espacial Internacional hasta 2030 y estableció un financiamiento de 14.400 millones de euros para los próximos 6 años, aumentando en 45% la cifra respecto a lo acordado en 2016, y dando así su primer impulso significativo en 25 años según Jan Wörner, director general de la ESA.

Pero los avances tecnológicos y económicos han permitido que países con menor poder en el rubro también alcancen grandes logros. Uno de ellos es Israel, que en 2019 se convirtió en el séptimo país en la historia en poder orbitar la Luna con su sonda Beresheet. La misión fue financiada privadamente y su valor estuvo muy por debajo de lo que es usual en el rubro, solo 100 millones de dólares. Sin embargo, el éxito no fue total ya que uno de los motores de la sonda falló cuando solo se encontraba a 150 metros de completar su misión y se estrelló contra la superficie lunar.

Por otro lado, tenemos a Japón, que en 2005 logró que su misión Hayabusa 1 obtuviera muestras del asteroide Itokawa, el cual poseía restos de agua y reforzó la teoría de que la mitad del agua del planeta Tierra llegó desde el espacio exterior a través de este tipo de asteroides. Además, en el año 2015 pudo orbitar Venus con la nave Akatsuki con el fin de investigar su extraña atmósfera.

Por último, debemos mencionar que las compañías privadas también participarán de esta nueva contienda. SpaceX, Blue Origin y Virgin Galactic son quienes más han invertido en la búsqueda de distintos objetivos. La primera, poseedora del cohete Falcon Heavy, el más grande y poderoso de la Tierra, tiene como prioridad colonizar Marte. Las restantes están más  interesadas en llevar turistas al espacio a través de vuelos comerciales y en la minería espacial. Pero, pese a los diversos objetivos, las tres empresas  saben que la clave se encuentra en reducir costos, por lo que centran la mayor parte de sus inversiones en los cohetes reutilizables. Un ejemplo de esto es el Falcon 9 (SpaceX), el cual lanzó la cápsula Crew Dragon y luego retornó aterrizando en una plataforma flotante en el Océano Atlántico.

Dados todos estos acontecimientos mundiales, el presidente Donald Trump creó la sexta rama de las Fuerzas Armadas estadounidenses: la Fuerza espacial. La idea del Pentágono es contrarrestar los avances de las grandes potencias y además mantener el dominio absoluto del espacio bajo sus intereses. El presidente estadounidense también incrementó el presupuesto de la NASA en US$ 1.600 millones, elevando el gasto total para 2020 a US$ 22.600 millones, siendo 10 veces superior al presupuesto chino.

En este contexto, Argentina ha reducido notablemente el presupuesto de CONAE (Comisión Nacional de Actividades Espaciales). En 2019 ha sido de US$ 51 millones, bajando 62% respecto de 2018. Pese a ello, durante 2020 será lanzado el satélite Saocom 1B, el cual despegará desde Cabo Cañaveral, Florida, a través de un cohete Falcon 9. También debemos mencionar el satélite argentino Saocom 1A, lanzado por la misma empresa en 2018 desde California.

Los dos satélites argentinos trabajarán en conjunto con cuatro satélites de la Agencia Espacial Italiana (ASI) en lo que será el Sistema ítalo-argentino de Satélites para la Gestión de Emergencias, que buscará prevenir y evaluar catástrofes naturales o antrópicas. Tampoco debemos olvidar proyectos en progreso como Arsat 3, satélite geoestacionario de datos y telefonía, cuyo lanzamiento se planea para 2023; y el desarrollo del cohete argentino Tronador 2, que será un lanzador de satélites de órbita baja.

Hay que mencionar que China tiene intereses en nuestro territorio. El gigante asiático considera a la Argentina como el país más relevante de Latinoamérica en materia aeroespacial. Ha instalado una base de  exploración en la provincia de Neuquén que tiene un papel fundamental en todas sus operaciones espaciales, y ha realizado numerosas inversiones.

Nuestro país, asimismo, firmó en 2019 un convenio con Rusia para exploración, cooperación y uso pacífico del espacio, que nos permite recibir ayuda y conocimiento de sus avanzadas tecnologías sobre la navegación de satélites y sus lanzamientos. LIA Aerospace, compañía privada, también pretende realizar inversiones en nuestro país para que cohetes que pueden transportar hasta satélites de 75 kg despeguen desde la costa argentina.

Así, podemos observar cómo nuestro país genera intereses en diversos tipos de actores internacionales y por ello mismo nuestro accionar debe ser muy cuidadoso, ya que la Argentina depende de cada uno de ellos para poder seguir desarrollándose y avanzando en el rubro. Cualquier paso en falso puede perjudicarnos gravemente y dejarnos fuera de esta nueva histórica carrera espacial.