Buscando el rebote

30 de junio, 2020

Por Pablo Mira Docente e investigador de la UBA

En muchos lugares del mundo ya se habla de rebote. No se trata del inminente regreso de la NBA, sino de las etapas de recuperación que estarían experimentando un conjunto de variables macroeconómicas. Algunos números reflejan parcialmente esta situación: en todas partes del mundo, las caídas de producción fueron tan negativas en marzo y abril que, tras una leve apertura, las recuperaciones de mayo lucen espectaculares. Cuanto más se desagrega el análisis en las distintas ramas productivas, más pronunciadas son las fluctuaciones, en el tiempo y entre dichos sectores.

Los indicadores bursátiles de los países desarrollados exhiben trayectorias erráticas, con enorme volatilidad y bajas de casi el 40% hasta principios de marzo, caídas que se recortaron aproximadamente a la mitad posteriormente. Los precios de los commodities, de la misma manera, sobrerreaccionaron en febrero y marzo, para luego recortar fuertemente las caídas. El petróleo, que cayó a valores casi absurdos (incluso negativos), se afirma hoy en niveles 30% inferiores a los prepandemia. El trigo y el maíz están cerca del 15% por debajo de los de principios de año, y la soja se recuperó perdiendo apenas 5% contra el promedio de 2019.

Todos estos indicadores tienen una dinámica común: bruscas caídas tras las malas nuevas, y una recuperación rápida posterior bastante rápida y en forma de V. Sin embargo, se trata de una V que se recorta antes de que el trazo que sube termine de escribirse. La recuperación es veloz pero no plena, y hoy los índices navegan en niveles definidamente más bajos.

Una dinámica común de las crisis podría resumirse de la siguiente manera. La perturbación inicial induce una rápida retracción de la producción y una corrección abrupta de las expectativas. Estas reacciones no suelen considerar al inicio con facilidad escenarios de corrección automática de las fuerzas de la economía, que incluyen tanto a los mercados como al gobierno. Pero en cuanto estos ajustes se toman en cuenta, las actitudes mejoran. Pero si la crisis fue dura, la economía persistirá en un nivel inferior durante un buen tiempo, no solo por los daños en la producción, pero también con reconsideraciones del gasto de muchos agentes, que se mostrará más cauto hasta que el clima aclare.

Cada crisis tiene, por lo tanto, un período de reacomodamiento que impide a la economía rebotar plenamente. Lamentablemente, en el caso de la pandemia este lapso de tiempo termina siendo mayor, debido a dos razones. Primero, a la propia incertidumbre dinámica del shock. Con un virus tan contagioso, y hasta que no se desarrolle una vacuna, el riesgo de que se vuelva a retraer la actividad para evitar infecciones exponenciales es de carácter permanente. Segundo, porque la situación fiscal mundial se ha tensado, y en un mundo financieramente globalizado las correcciones potenciales a estos desequilibrios pueden ser traumáticas, como lo demuestran los recurrentes episodios observados desde los años 80s.

Argentina mostrará en los próximos meses algunos números positivos, debido a razones puramente contables (recordemos que si la producción automotriz cae 90% en un mes y luego sube ese mismo 90% al mes siguiente, queda en un nivel un 80% inferior al inicial). Si bien esto podría “engañar” favorablemente a las expectativas transitoriamente, lo cierto es que la V tardará en completarse. Ante esta realidad, quizás convenga asimilar las implicancias de la crisis y apostar a cambios estructurales estratégicos para movilizar la producción más allá del mero rebote que descansa en los mecanismos automáticos de la economía.