Argentina y el Fondo Monetario: en paz, pero sólo por ahora

8 de junio, 2020

Por Héctor Rubini

 

Dos años atrás, el Gobierno de Mauricio Macri huía despavorido a  Washington a buscar una ayuda del FMI para evitar que la corrida cambiaria de entonces se llevara puesto al desflecado “programa” económico y al Gobierno mismo. La credibilidad de los mercados se había derrumbado luego del funesto diciembre de 2017 con la aprobación de la paupérrima “reforma” tributaria y la innecesaria (y lamentable) conferencia de prensa del día de los inocentes armada sólo para convencer a los mercados de que la  política económica dependía del todopoderoso Jefe de Gabinete.

 

El intento de estabilizar expectativas inflacionarias con un inflation   targeting no lograba “anclar” expectativas frente a la dinámica de los tarifazos periódicos que tornaban cada vez menos creíbles las metas de inflación. La credibilidad quedó destrozada con los anuncios de esa conferencia de prensa donde la soberbia “ilustrada” del Jefe de Gabinete reflejaba en público la miopía con que se evaluaba el comportamiento de la   economía y de las políticas en curso.

 

A nadie le quedaron dudas de que el presidente del BCRA debía haber  renunciado, y de que el frágil esquema sostenido con la emisión de deuda  del BCRA a tasas astronómicas iba a caer en pedazos apenas se retirasen del país los dólares que llegaron atraídos por el “carry trade” fogoneado con  esas supertasas con escasa competencia en el resto el mundo.

 

La pregunta latente en no pocos diálogos de esos días (y no sólo en grupos de WhatsApp) era sobre qué ocurriría el día que se reglamentara y entre en  vigencia el demagógico impuesto a la renta financiera incluido en la citada reforma tributaria. Llegó abril con su reglamentación y aplicación,  gatillando la fuga de algunos grandes inversores del exterior y luego la  progresiva dolarización de los jugadores locales. Un BCRA poco y nada creíble optó por intervenciones cambiarias que básicamente convalidaron la  creciente huida al dólar. La caída de reservas internacionales no pudo ser  contenida en mayo de ese año con las tímidas y graduales intervenciones iniciales, ni con la escasa suba de tasas de interés. El mercado se convenció  de que a ese paso o bien el tipo de cambio saltaría a niveles cada vez más altos a medida que se acelere la caída de reservas.

 

La huida de las autoridades a Washington a pedir auxilio no revirtió las expectativas de futuras subas del dólar ni de la inflación.Los programas acordados con el FMI tampoco aportaron estabilidad. Los resultados están a lavista: cuatro corridas cambiarias, un Gobierno que perdió las elecciones y debió dejar el poder, y detrás un endeudamiento  dilapilado básicamente hacia su trasvasamiento a cuentas privadas dejando al cabo de dos años un legado de creciente inflación, recesión, destrucción de empleo y empobrecimiento difícil de revertir.

 

¿De qué sirvió la “ayuda”  del FMI? Absolutamente de nada. El estiramiento de la agonía de una política macroeconómica incoherente con la estabilidad y el crecimiento no sirvió ni para evitar la salida del gobierno de Cambiemos ni para dejar a la economía real en un estado de postración con desbalances macroeconómicos que tornan imposible cancelar los vencimientos de la deuda pública de corto plazo. Los “reperfilamientos” de la deuda luego de  las PASO no evitaron la corrida al dólar antes de los comicios de octubre, y contra el ideario libremercadista sostenido desde diciembre de 2015, el gobierno anterior optó por la aplicación de controles de cambio y dejar caer, de facto, el acuerdo y los desembolsos pendientes del FMI. Algo que se mantiene en la actual administración luego de un paquete fiscal no  totalmente convincente: expansivo y “solidario” para las autoridades, pero recesivo y no tan equitativo para no pocos economistas del sector privado. En ese escenario se inició la negociación de una reestructuración de la deuda que se estiró a los meses bajo el impacto del Covid-19. Resultado: al reperfilamiento de las letras en dólares siguió el impago de vencimientos con el Clubde Paris de U$S 2.100 millones, y el impago de U$S 503 millones de los bonos Global 21, 26 y 46.

 

La actual administración ha contado con un FMI que ha optado por dar un compás de espera para resolver el problema de la deuda, pero inevitablemente será el primero de los que una vez reestructurada la deuda  con los bonistas. Aun con la deuda reestructurada, el logro de un programa “productivista” de los discursos oficiales no puede ignorar la necesidad de conciliar la necesidad de sostener transferencias a los sectores más vulnerables, con una política fiscal y monetaria coherente con la solvencia fiscal, la estabilidad de precios y el auxilio a empresas para evitar una destrucción irreversible de vacantes laborales y de incentivos a la inversión durante la pandemia actual.

 

Un programa económico integral, por etapas, de estabilidad y crecimiento, podrá ser aceptable también para el FMI si es coherente con una mejora de la capacidad de pagos externos. Algo visiblemente ausente en el la proyección a 11 años publicado por el ministerio de Economía. Y que sufrirá inevitables cambios cuando se inicie la  negociación con el FMI de la devolución de los fondos prestados al gobierno argentino en 2018 y 2019. Dichos números no permiten garantizar una década libre de un nuevo  default antes de 2030. Tampoco evitar una renegociación de los  vencimientos de capital e intereses a pagar al FMI U$S 5.335 millones en 2021, luego U$S 18.788 millones en 2022, U$S 19.018 millones en 2023, y U$S 4.789 millones.

 

Habrá que ver si se mantendrá a partir del año próximo la aparente  “paciencia estratégica” de Kristalina Georgieva con nuestropaís. Con el aparente objetivo de estabilizar expectativas y sostener un gobierno con elecciones presidenciales a la vista, el programa aplicado financió la dolarización de carteras e inversores locales y extranjeros, mientras sometió a la población a una aguda estanflación convalidando una estampida de tasas de interés y manteniendo la secuencia de tarifazos  iniciada en 2016. Cuatro corridas cambiarias en dos años y la destrucción del stock de reservas internacionales brutas del BCRA, liquidaron la confianza y la estabilidad de precios y del tipo de cambio. Lo poco que queda de certidumbre y confianza se está tratando de sujetar con controles de cambio cada vez más férreos para detener la velocidad de la sustitución de la demanda de pesos por la demanda de dólares.

 

Una dinámica que ya genera dudas sobre la flexibilidad y capacidad de recuperación de la economía argentina, y también sobre la aparente generosidad del FMI. Una generosidad sostenida en la necesidad de recuperar los fondos prestados. Algo que puede gravitar en la actitud del organismo una vez que complete los créditos librados en los últimos tres meses a decenas de países emergentes con motivo del Covid-19. En suma, la relación con el organismo afortunadamente transcurre en términos  cordiales, pero tarde o temprano llegará la hora de la verdad: la de presentar al organismo la decisión de aplicar un programa políticamente viable y económica y financieramente sostenible de estabilidad y crecimiento. Caso contrario, enfrentaremos nuevas dificultades y escenarios de crisis. Y no  será en ese caso por ninguna pandemia, sino por la recurrente improvisación que caracteriza a las políticas económicas aplicadas en las últimas dos décadas

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