Virtud, fortuna y coronavirus

26 de mayo, 2020

Por Alejandro Radonjic

 

Los números positivos de Alberto Fernández en los sondeos no hubieran llegado sin el Covid-19. Cuanto menos, en la magnitud en que lo hicieron. Aventurar que hubiera pasado es imposible, pero las perspectivas no eran tan alentadoras en la Argentina enlodada previo a la llegada inesperada del monstruo microscópico. En términos de Maquiavelo, ayudó la “fortuna”. Vale aclarar: la “fortuna” no es algo que se deseó ni algo necesariamente positivo para el país sino un contexto fértil para la construcción de un liderazgo. Fortuna que primero se quiso negar (las pocos fortuitas declaraciones estivales de Ginés González García) y, luego, se abrazó. Como no podía ser de otra manera: es la mayor amenaza a la salud pública mundial en décadas.

 

El tipo de liderazgo presidencial, centralizado y técnico (para resumir), ayudó. Fue la cuota, siguiendo con el florentín, de “virtud”. De saber cómo pararse ante una pandemia que inevitablemente iba a llegar a estas pampas. Argentina fue el primer país de la región en establecer la cuarentena. El Presidente copó la escena, estuvo activo en los medios, abrió el diálogo (gobernadores y epidemiólogos) y se guardó la última palabra.

 

No solo fue presidencial sino que también fue albertista. Vio la oportunidad de imponer su estilo, en el discurso y el armado político. También, para desmarcarse de las sospechas (acicateadas y no tanto) que se instalaron desde el famoso video de YouTube de mayo de 2019.

 

Además del comité de expertos del mundo de la medicina (se podría debatir si no había que “balancearlo” con otras disciplinas), Fernández se ancló en los gobernadores: son voz de consulta permanente antes de las decisiones. El sábado pasado, en la conferencia de Olivos, dijo: “Celebro tener los gobernadores que tengo” y “todos los argentinos tienen que saber que yo prometí que iba a ser un gobierno de un presidente con 24 gobernadores”. ¿Resabios nestoristas? No es lo mismo sentar a los líderes provinciales en la mesa que en la primera fila, como en otros años no muy lejanos.

 

Miró más allá, también. A lo que viene. “Tengo muy buenas expectativas porque en este tiempo de dolor con los 24 gobernadores estoy seguro que tejí un vínculo para el futuro que nos va a hacer muy fácil ponernos de pie porque así como nos unimos en el dolor nos vamos a unir en la recuperación”, dijo.

 

Fernández ganó crédito social y en el mundo de la política (que conoce muy bien), así como autoconfianza: no es lo mismo ser Jefe de Gabinete que Presidente de la República. Pero la “fortuna” va cambiando y las demandas del momento, también. Llegarán nuevos contextos que requieran nuevas virtudes. Fernández puede aprender y replicar, dentro de lo posible, qué manual funcionó mejor en la pandemia, pero cada desafío será distinto.

 

“El problema de Fernández no es enamorarse de la cuarentena sino enamorarse de los números de las encuestas”, dijo Eduardo Fidanza el fin de semana en Infobae. Agregó: “Un político que toma decisiones y que tiene una
coyuntura que lo lleva a la popularidad tiene que ser suficientemente creativo como para cambiar sus decisiones si se modifica el contexto”. El contexto parece complicarse en el margen: aumenta el cansancio con la cuarentena, la situación económica se deteriora y algunas variables se escapan, la oposición está más punzante y el Gobierno parece estar a la defensiva ahora, como teniendo que justificar sus posiciones.

 

Aun con tono calmo, el Presidente estuvo menos paciente que en otras ocasiones el sábado pasado. Un reflejo de cierta incomodidad. Por cierto: en un contexto en el que el Covid-19 se mueve cómodo por el AMBA (donde viven 15 millones de argentinos), el menú de opciones no es fácil ni tuiteable. Será momento de apelar a la “virtud”.

 

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