Una elección presidencial sin claro ganador a la vista

26 de mayo, 2020

Por Atilio Molteni Embajador

 

Si hay algo que no necesita grandes explicaciones en la vida política de Estados Unidos es que ganar una elección presidencial requiere algo más que ser el candidato favorito en las encuestas u obtener el mayor número de respaldos en la votación popular. El triunfo depende de factores tan imprevisibles como absorber un respaldo equilibradamente repartido en las regiones clave y lograr mayoría en el Consejo Electoral. Por no entender a tiempo estas realidades, Al Gore perdió contra George Bush (hijo) e Hillary Clinton volvió a su casa después de haber superado por 2,8 millones de votos a Donald Trump. Los especialistas, y el propio Trump, nunca soñaron que éste último terminaría por ocupar la Oficina Oval. Todos se guiaron por las consultoras y cayeron en un gravísimo error de cálculo.

 

Hasta ahora la gente presume que el calendario electoral se va a cumplir y que el 3 de noviembre de 2020 se realizará la votación presidencial si para entonces la pandemia no impide concretar el cronograma establecido. Los dos contrincantes que darán batalla por ejercer la jefatura de la Casa Blanca son Trump, con sólido apoyo del Partido Republicano y Joseph (Joe) Biden, ex vicepresidente de Barak Obama (2009-2017), quien antes de ello se desempeñó como senador por el Estado de Delaware (1973 al 2009), donde asumió responsabilidades en el ámbito de la política exterior. Todavía le resta confirmar su candidatura por parte de la Convención del Partido Demócrata.

 

Las primarias del partido no oficialista se orientaron a elegir un candidato que pueda vencer a Trump. Biden fue apoyado por un creciente número de votantes por su calidad personal y su prolongada trayectoria política. Su fuerza lo consideró como la mejor opción de los más de 20 candidatos o autocandidatos que compitieron en las primarias.

 

El haber subido a la cúpula no impidió que los simpatizantes demócratas lo hicieran blanco de fuertes críticas por sólo reivindicar la gestión de Obama, la necesidad de volver a una política liberal y por sus objeciones a las ideas más progresistas de los senadores Bernie Sanders y Elizabeth Warren. Esa última corriente volcó todos sus esfuerzos a la noción de armar una plataforma destinada a reducir o eliminar distintos bolsones de discriminación racial, económica y social que no se creyó viable en los debates de la Convención. La casta superior del partido terció con fuerza para que Biden termine en la gatera y sin contendientes.

 

A partir de esa realidad, éste dubitativo líder siguió negociando paso a paso la conciliación y la unidad partidaria con la que forjó su endoso y el de figuras influyentes como la de Obama. Ese enfoque le podría facilitar la victoria electoral y también la eventual tarea de gobernar, en el entendido que deberá transformar la economía que dejará la actual pandemia sanitaria.

 

Los problemas estructurales que ya había en Estados Unidos se incrementaron por el Covid-19. A esta altura el número de víctimas fallecidas se acerca a 100.000 personas; la economía está en una catastrófica recesión y más de 38 millones perdieron su trabajo. Biden enfrenta la necesidad de hacer campaña bajo los designios de esta nueva realidad y también la de ampliar su discurso para convocar a más votantes, sin olvidar los errores que cometió Clinton en 2016, que indujeron a una cuarta parte de los demócratas a votar por Trump o directamente a no concurrir a las urnas.

 

El pasado 13 de mayo el candidato demócrata evidenció su interés por diseñar una agenda inclusiva, al organizar seis grupos de trabajo que integrarán sus aliados políticos y el ala progresista, apelando a una mirada que engloba, entre otros, a los temas sensibles como salud, financiación de estudios universitarios, inmigración, cambio climático y la reactivación económica.

 

No obstante lo anterior, el Partido Demócrata no parece listo para enfrentar el desafío electoral tan cohesionado como sus contrincantes republicanos, encabezados por un líder circunstancial que presenta una imagen plagada de desaciertos y falta de criterio.

 

El hecho de que la elección presidencial sea indirecta y lo que cuenta es la orientación del voto del Colegio Electoral, conformado por 538 representantes de cada uno de los cincuenta Estados, en un número que depende de su población, genera un escenario que se presta a graves confusiones. En las elecciones de noviembre de 2016, Hillary Clinton aventajó a Trump por 2,8 millones de votos, pero perdió cuando en 30 Estados, que sumaron 304 votos del Colegio (más de los 270 que eran necesarios para asegurar la presidencia), se inclinaron por el actual primer mandatario, mientras la exsecretaria de Estado sólo logró el respaldo de 227 representantes.

 

Según las encuestas, en estos días Biden supera a Trump por alrededor de 4 puntos porcentuales, un cuadro que muestra el humor en Estados como Florida, Michigan y Pensilvania, cuyo voto es cambiante. Los analistas imaginan que la misma sensación podría expandir a otros Estados que habitualmente votan a favor de los candidatos republicanos. Si Trump pierde en noviembre, se habría desempeñado por un sólo mandato tal como ocurrió con Jimmy Carter (1980) y George Bush padre (1992), cuyas candidaturas fueron derrotadas por la mala situación económica, hechos que beneficiaron a los candidatos opositores como Ronald Reagan y Bill Clinton respectivamente.

 

Hasta ahora los votantes conservan una llamativa fidelidad hacia el actual jefe de la Casa Blanca, pues las encuestas (siempre relativas) no reflejan una caída en su popularidad a pesar de la lamentable gestión que exhibe ante la pandemia sanitaria. Como es público, Trump comenzó diciendo que el actual virus no tenía gran relevancia para afirmar, con el paso del tiempo, que era una enfermedad muy peligrosa y difícil de dominar. También desoyó los informes de reconocidos asesores científicos y de la comunidad de inteligencia estadounidense, al recomendar tratamientos inservibles y de alto riesgo.

 

Según Gallup, tras haber superado 1.200 días de Gobierno, su nivel de aprobación nacional se mantiene en el 49%, un valor considerablemente elevado respecto de los que exhibió en casi toda su gestión. Sin embargo, otras encuestas realizadas entre los simpatizantes del Partido Republicano todavía consigue el respaldo del 91%, cosa que demuestra que la crisis del Covid-19 es diferente a las del pasado, pues a los problemas económicos se une el temor a lo desconocido, algo que indica la preferencia de la gente por recostarse sobre quien conduce el timón.

 

Tras más de dos meses de cuarentena, los votantes parecen interpretar la pandemia desde una perspectiva política, ya que los demócratas están a favor de la precaución social, mientras los republicanos hacen fuerza por reactivar la economía, tendencia que coincide con la opinión de Trump, quien supone que volver a la normalidad es algo útil para sus ambiciones electorales.

 

A pesar de ello, los analistas entienden que tal disparidad de enfoques refleja la el aumento de la polarización de la política y a desigualdad económica y social, un problema anterior a la actual presidencia. Bajo esta mirada, el Covid-19 no modificó en forma sustantiva la realidad preexistente.

 

Biden intenta conservar no sólo el tradicional voto demócrata, incluyendo el respaldo de las minorías afroamericanas, sino también recuperar el de los trabajadores de raza blanca del Medio Oeste, donde necesitaría aumentar el apoyo a su candidatura en no menos del 3% para llegar a la meta.

 

En las elecciones de 2016 a Clinton la abandonaron, por diversas razones, muchas personas de raza blanca con bajos niveles de educación. Fue menos hábil que Trump en interpretar que valoraban no sólo su bolsillo, sino la perspectiva racial de su grupo. Biden sostiene la necesidad de un cambio real que atraiga a los jóvenes y a las minorías que en estos días no tienen oportunidades de trabajo y favorecen el mensaje progresista, que no suelen votar (en Estados Unidos el voto no es obligatorio).

 

A pesar del saldo de las encuestas los demócratas están preocupados. No lo ayuda el hecho de que Biden deba hacer campaña desde su casa por la cuarentena, sin participar en actos públicos ni desarrollar los contactos personales que son su gran virtud política. Ello no le permite ser visible y comunicarse con el electorado.

 

En cambio, Trump hizo del Covid-19 la oportunidad de dar conferencias de prensa cotidianas, muchas de ellas teñidas por su estilo absurdo y por el escándalo, apelando a los medios digitales sofisticados que le permitieron ganar en 2016.

 

Desde el otro lado, Biden reaccionó tarde y mal ante una denuncia por conducta inapropiada realizada por una ex colaboradora, hecho que supuestamente ocurrió en 1993, un episodio que podría tener algún efecto en el voto femenino. Ello explica porque ahora se propone tener una vicepresidente mujer.

 

Trump intenta hacer de la confrontación con China un gran tema de campaña, porque el electorado se identifica con esa posición, hecho agravado por una pandemia originada en dicho país. La dirigencia republicana se propone manchar las opciones de Biden al recordar que, como Senador, abogó a favor del estatus comercial de Nación más favorecida y facilitar su ingreso a la OMC y que, en su condición de vicepresidente de Obama, permitió que Pekín hiciera empleo discrecional de sus políticas proteccionistas.

 

El partido de Trump no reparó en que la política exterior es uno de sus puntos más débiles que fue de fiasco en fiasco. Sin embargo, dada sus relaciones mentirosas con Ucrania, su oposición al proyecto que permitió eliminar a Osama bin Laden e, inclusive, al afirmar que Obama debilitó las relaciones tradicionales con Israel y los países del Golfo.

 

Las próximas elecciones van a ser precedidas por una campaña política de una gran intensidad, motorizadas por un Presidente que nunca dejó de buscar la aprobación del electorado, y caracterizadas por una economía intermitente hoy sacudida por una de las peores crisis que se registraron en el planeta, lo que incluye una incierta evolución de la pandemia sanitaria y una mala relación con China que es de pronóstico reservado. Eso explica porque todavía hay más preguntas que respuestas.

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